jueves, 21 de octubre de 2010

OCHO INDIOS PARA DOS FAROLAS

Diego Montalbán


A Guillermo lo sorprendieron los civiles con un plomo de red porque Aurelio  no vio acercarse a la pareja. Los esperaba por el puente o por la parte de la caseta de vigilancia y no estuvo pendiente de la salida del bar.
Guillermo dio un respingo cuando sintió que le tocaban la espalda y oyó una voz grave diciéndole:
-Deja eso ahí y ven aquí.
-Yo no lo he arrancado. Estaba ahí, suelto.-se defendió Guillermo.
-Vale, vale. Déjalo ahí y vete para tu casa, que ya hablaré yo con tu padre.-intentó tranquilizarlo uno de los números.
-Y con el tuyo, también.-amenazó el cabo dirigiéndose a Aurelio.
Abandonaron el muelle a paso ligero, parapetándose del viento y de la arena con el muro escalonado que separaba el muelle de las dunas.
Pasaron por delante de los de Villanea* y no volvieron la cara hasta que se supieron escudados tras el rancho de Micaela, ya embocando la calle del Barrio. Continuaron hasta El Lejío para no llevarse algún peñascazo* extraviado, pues la chavalería de la zona ya se había fijado en ellos. El callejón del 18 de julio también estaba más concurrido de lo que hubieran deseado y trotaron hasta la casa del Conde para continuar andando, ya más relajados, hasta la Placita de la Iglesia.
Los bancos de ladrillos toscos estaban ocupados por pandillas de niños y de niñas que jugaban a torito por lo alto. Ya era tarde para que los dejaran participar en el juego y estuvieron buscando algo sólido para caer unos dátiles de la palmera grande del centro de la placita. No encontraron nada a mano. Además, Durán estaba al liquindoin*.
Se entretuvieron un rato escupiendo en los ojos de las caras de hierro fundido que adornaban las farolas, hasta que Durán abrió la caja y elevó la palanca con la ayuda del bastón. Era la señal. El encendido del alumbrado público daba por terminada la jornada.
-Hasta mañana, Guillermo. Mañana voy a coger caña de azúcar con Carmelo. ¿Vienes?
-¿A qué hora?
-A las nueve.
-Ni muerto.
-Vale. Adiós.
-Adiós.
Arrojaron el último escupitajo a las caras de los indios y cada uno se fue en una dirección.
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