domingo, 17 de octubre de 2010

PUGNA POR LA PIRINDOLA




La marea alta les obligó a moverse por la vereda del bardo. Caminaban con mil ojos junto al vallado de higos de sangre, pues sabían que la arena roja no solo estaba ardiendo, sino minada de púas tan largas como un dedo. Tenían los pies encallecidos y los tres sabían por experiencia que una de aquellas puyas* podían atravesar hasta las suelas de los zapatos de los domingos.
Carmelo arrancó una caña a la altura del tiro de pichón y fue dando estocadas y cañazos a tunas y  pitacos hasta que llegaron a la casa mora. Caminaba el último y fue dejando el sendero zalao de puyas*. A los pieleones*, como llamaba a la uña de león, los respetaba porque, según decían los mayores, eran flores de muertos.
Un letrero rotulado en negro sobre una chapa pintada de blanco les avisó que estaba prohibido el paso. Pendía de la alambrada de espinos con la que los dueños del chalé intentaban evitar el trasiego de bañistas por la terraza de la propiedad.
Guillermo cogió una laja de debajo de su pie y le dio tal pedrada a la chapa que la hizo sonar como un gong.
-Adelante, chavales. Pasen.-dijo con sorna Segundo.
Pisó el alambre inferior,  colocando con cuidado un pie entre dos espinos y, agarrando el segundo alambre con una mano, lo estiró hacia arriba como si montara  un arco. Hizo una exagerada reverencia usando la mano lastimada e invitó a sus ilustres acompañantes  a pasar al muro que les llevaría a la terraza.
-Ya pueden pasar los señores.- añadió  el de Lepanto riendo tanto que se le escapaban los mocos.
Caminaron por encima del muro unos ocho o diez metros, casi rozando por un enorme vallado de higos de sangre. La travesía del tapial era peligrosa. Un fallo podía hacerlos caer a la playa o a las tunas. Los tres pasaron por delante del chalé. Los salpicones del oleaje llegaban hasta arriba y aprovecharon para darse un refrescón antes de seguir avanzando.

Óleo de Diego Montalbán
De Villa Blanca a Villa Carmen, se encontraron con un camino empedrado de civiles secos. Los lentiscos estaban sembrados de camaguas* de mariscadores y caminantes de vientre fácil.
En la puerta del castillo vieron a Javi hablando con Aurelio, quien se dirigió a Guillermo.
-¿Adónde vais?
-Al Muellecito. ¿ se vienen*?-invitó Guillermo.
-Yo no puedo hoy. Tengo que entrar ya. Quedamos en eso, Aure.-dijo Javi dirigiéndose a la puerta de las hermanitas.
-Vale. Este domingo por la mañana te traemos las cañas.   No me vayas a fallar con los plásticos.Carmelo, ¿ya las tienes?
-Sí.- contestó Carmelo despidiendo con una sonrisa de complicidad a Javi.

Óleo de Manuel Sáenz
Segundo se había adelantado mientras hablaban; de manera que,  antes de que retorcieran la esquina que ocultaba La Rebalaera de la Muerte*, vieron correr por el suelo un reguero inconfundible que delataba el motivo de sus prisas.
Entonó el canto ritual de las micciones grupales al tiempo que se recolocaba el pernil.
Currín,  currana.
Quien no mee ahora,
después le entran ganas.
Guillermo no pudo resistirse y adornó con unas grecas la base de La Rebalaera de la Muerte*. Alguien la había  regado con aceite para quitar el empicaero* de niños de aquella zona.
Currín,  currana.
Currín, currana...

Óleo de Manuel Sáenz
Continuaron cantando los cuatro hasta que enfilaron el paseo de la Cruz de la Mar, que les llevó hasta el techo de uralitas blanqueadas del  bar Tani.  Esperaron sentados a que Carmelo diese un rieguecillo a uno de los cañones que protegían los quicios del callejón del “Bueno de Castellanos”.
-Currín, currana… -Cantaban bajito.
-Carmelo, méate en la bola- vociferó Aurelio.
Y se echaron a correr por la estrecha escalera que bajaba a la playa.
Carmelo se adecentó el pernil, se agachó para coger una piedra y la estrelló contra la primera caseta de madera, la más cercana a la escalerilla. Se puso serio y  bajó por los escalones con parsimonia, recreándose en el olor a pavías de bacalao, pimientos fritos y otras fritangas que se confundían con el aroma inconfundible de las especias para caracoles.
Unas niñas salieron asustadas de la caseta y lo vieron bajar. La más morenita sabía que había sido él y lo esperó  apoyada a uno de los palos del sombrajo.
Carmelo soltó una pregunta antes de que le hablase.
- ¿Vienes a bañarte al Muellecito?
- A lo mejor. Voy a preguntarle a mi madre.
Se acercó a un corrincho de mujeres que reían sentadas en la arena, a la sombra de las casetas. Volvió al instante con una respuesta negativa.
- Estoy en digestión.
- ¿Todavía? Son las cinco y media.
- Es que acabo de comerme una Carmela del Chato.
- Que aproveche. Vamos a estar ahí detrás, por si quieres venir.
- Vale.
Las olas golpeaban la plataforma de hormigón sobre la que se asentaba el bar y los comensales habían tenido que retranquearse acercando las mesas a la barra. Había poco espacio para pasar y los camareros iban locos con las bandejas por encima de la cabeza. Hablaban a gritos a los de la barra y a la cocina, desde donde les replicaban aún con más fuerza.
Aurelio pidió un vasito de agua y se lo quisieron comer con la bulla.
-La han cortao.- le contestaron de mala manera.
Carmelo asió el búcaro  de la barra y se lo empinó al chorro.
-¡Niño!- le increpó uno de los camareros.
-Me ha dicho el padre de Ricardo que beba cada vez que quiera.-aseveró Carmelo.
-¿Quién?-preguntó el incrédulo camarero.
-Ése. Pepe.-añadió señalando a Pepe Naval.
-¡ Ah ! Bueno.- se deshinfló .
Estaba demasiado ocupado para explicaciones.
Aurelio cogió el botijo y lo dejó como el ojo de un tuerto antes de devolverlo al platito donde rezumía.
- Ahora rezumará padentro* el agua del platito.-pensó.
Segundo y Guillermo se sentaron en la arena seca con una buena troupe de niños de todas las edades. La mayoría de ellos se arrimaban arena al pecho para darse calor y secarse con rapidez. Miraban al mar como  una manada de focas. Los mayores luchaban sobre El Muellecito por hacerse con el control de la pirindola. Era todo un espectáculo.
La pirindola era una pequeña protuberancia de piedra, del tamaño de un cubo de pozo. Suponía el punto más elevado de la roca y estaba situado en uno de los extremo del Muellecito, a metro y medio de distancia del rebaje  que lo entroncaba con la pared del Corral de la Longuera. Muchos años antes de convertirse en la torre del homenaje de una fortaleza flotante, o en el carajo de algún galeón forrado de escaramujos, la pirindola del muellecito había ejercido como noray de un embarcadero singular. La construcción de un  moderno espigón mucho mayor en el otro extremo del Corral de la Longuera alejó las embarcaciones de la Cruz del Mar y entregó a la chiquillería un cofre de fantasías sin parangón.
Dejaron las cuatro camisetas juntas, al pie del Curricán y buscaron un sitio preferente cerca de la orilla. Había que tener cuidado al poner los pies para no pisar a nadie y notaron que la mayoría eran conocidos. También había muchos pupilos, casi todos con toalla. La expectación era enorme.
Se libraba una batalla a empujones sobre la roca. Los mayores mantenían el equilibrio a duras penas sobre la resbaladiza piedra ostionera. Desde la orilla les llegaba el aliento de los más pequeños, que pelaban sus gargantas vitoreando y jaleando al calor de la arena seca.
Carmelo reconoció a sus hermanos,  a los de Guillermo  y a Norberto luchando sobre el antiguo embarcadero. Habían conquistado la pirindola y no permitían que nadie se acercase. Cualquiera que lo intentaba volvía al agua de un buen empujón o era lanzado después de ser columpiado entre dos, sujeto de pies y manos.
-¿La cunita o empujón?- preguntaban a la víctima antes del lanzamiento.
Los cinco se hicieron con el control absoluto de la roca. Los contrincantes habían ido saliendo del agua, señal inequívoca de rendición. Norberto se puso de pie sobre la pirindola para proclamarse vencedor y Lucas, Pepe y los dos manolos lo sujetaron como si acabasen de clavar una bandera en Okinawa.
La algarabía fue enorme entre quienes no llevaban toallas.
La decepción de los pupilos no fue menor que la euforia de los lugareños.
La manada de focas ya podía tirarse desde el embarcadero; pero  la pirindola estaba reservada a quienes gozasen del beneplácito de los vencedores.
Guillermo y Carmelo estaban de suerte porque no tendrían que ponerse a la cola.
Aurelio y Segundo gozaban de patente de corso por ser quienes eran.
Los pupilos no tenían derechos; pero, al rato, ya estaban de nuevo compartiendo el portaviones mágico.
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