lunes, 11 de octubre de 2010

ESPERANDO DEBAJO DE UN RESTAURANTE

Pepe estuvo de murciélago desde antes de que descoronillaran* los corrales hasta que bajó la marea. Cambiaba de posición haciendo aspavientos con los brazos y elevando el tono de su voz para que todos reparasen en su gesta.
-¡Que me caigo, que me caigo!, ¡ayudalme!- gritaba cada vez que decidía cambiar de posición.
Los más pequeños alucinaban viendo cómo pendía cabeza abajo, sujeto al palo sólo con los dedos de los pies. Le faltaban dos cuartas para tocar la arena con las manos. Era poni, pero recio. Permanecía así hasta que flexionaba el cuerpo para  agarrarse al palo descortezado y bruñido. Entonces soltaba los pies y se elevaba a pulso introduciendo las piernas entre los brazos hasta que se sujetaba de nuevo al palo con las corvas; soltaba las manos y volvía a una postura de murciélago más recogida que la anterior y bastante menos espectacular.
Guillermo y los dos manolos hacían un correpalos*.  Miraban de reojo al murciélago cuando gritaba, deseando que hubiese tocado el suelo y fracasara en su empresa.
-¡Socorro! ¡Billelmo, que me caigo!
Y no cayó sino que cambió de tercio para descansar.
Los dos manolos avanzaban por los palos exteriores como dos orangutanes sin rabo. Habían empezado  al pie de la escalera levadiza y volvían al mismo punto sin apenas descansar. Les costó resistirse a la tentación de apoyar los pies sobre el poyete que reforzaba los bajos de la resbaladiza pared del castillo, ya en el último tramo de su rodeo al palafito. Descansaron un poco mirándose las ampollas de las manos y  volvieron a dar otra vuelta después de alternar sus posiciones y de haberse escupido en las ampollas dos o tres veces. Tener las manos empedradas  de callos tenía un plus. Y arrancarse con los dientes los pellejos de las ampollas reventadas imponía respeto; especialmente, si se escupían contra los gruesos palos verticales que sostenían la estructura sobre la que se montaba el restaurante del castillo.
Un certero escupitajo con pellejos de tu propia mano estampado sobre un palo te habilitaba, como mínimo, para escoger como capitán uno de los equipos del partidillo de fútbol sobre la arena. La capitanía solía durar poco. Unas veces se perdía antes de terminar de escoger equipo; otras, se perdía al primer fallo o por falta de agresividad en el juego.  El capitán  terminaba de portero, sin galones y con las manos peladas. Toda una humillación para un guerrero.
Aquel sábado no se jugaría al fútbol porque había una buena marea de chocos.

Luis vigilaba el ceroncillo de esparto  con las fijas*, los francajos* y los cuchillos de marea de sus hermanos y de su primo Antonio. No le gustaba hacer el mono en los palos . Tampoco era muy amante de ir a la marea*.
Estuvo  jugando con Carmelo a enterrar los pies en la orilla. Un juego muy simple que terminó poco después de que el agua dejase de llegarles a los tobillos. Luis se quedó velando armas y Carmelo se unió a su hermano, que se entretenía con  Antonio en una distracción más atractiva.
-Kiyo, kiyo, que me mato.-Pepe volvió a llamar la atención cambiando de postura. Nadie miró.
Lucas trazó un choco sobre la arena con la punta del cuchillo de marea. Se esmeró en los detalles, describiéndolos al tiempo que los dibujaba. La cabeza de ojos grandes y saltones. Los rejos menores y  los dos más largos ondulados como látigos. La gallineta. El cuerpo con la puntita de la concha asomando como el cuello de una camisa. Las aletas laterales ondulantes como una medusa… Y Antonio le clavó la fija justo en el centro. Lucas se unió al festín de golpes de cuchillo y  estocadas con el tridente de la fija hasta que el choco se desdibujó en la arena.
-No importa. Da igual. Ahora dibujo una jibia*.- dijo Lucas elevando y encogiendo los hombros a ritmo de  carcajada.


Óleo de Alejandro Montalbán

Y fue dibujando jibias, chocos, agujas y capitanes que desaparecían en la arena antes de que se les presentase  alguna oportunidad de huida.
Carmelo  se unió a ellos pero fue ignorado.
-Tú te quedas con  Luis cogiendo coñetas*  y zapateros*. Cuando venga subiendo la marea los utilizaremos de carná* para coger cangrejos de pelos.- Le ordenó su hermano Manolo
No era la primera vez que Carmelo tenía que contentarse con semejante tarea. Era algo denigrante. De manera que se hizo a la idea de aprovechar lo que quedaba de tarde. Lo pensó rápido. Cogería un puñado de coñetas en la arena, que era mucho más fácil que atrapar zapateros en la pared del corral. Lo haría rápido para tener tiempo de sobra para comerse unos camarones vivos.
-Kiyo, ¿dónde está  Guillermo?- preguntó  el segundo de los manolos.
-¡Billelmo!- Gritó  Pepe. Soltó los pies para caer sobre la arena . Apoyó las manos para dar la vuelta del pino y se puso de pie.
-Voy. Estoy aquí arriba.- Contestó Guillermo desde  el interior del castillo.
Sabía que había hecho gracia y se exploró sobreactuando.Salió subiéndose los pantalones y bajó como los orangutanes de Gabón; o como las golondrinas cogen el fango, que es igual pero no es lo mismo. Ya en el suelo dio un trotecillo cochinero y se tiró al agua para asearse.
Los clínex eran cosa de americanos y ya era plena primavera.
Lucas trazó un par de docenas de chocos antes de dar por terminado el entrenamiento . La teoría había terminado. Los apuntes sobre la arena durarían poco más que los palos.
-Maricón el último a la rebalaera*.- dijo alguien.
Y todos galoparon hacia el corral de Ramoncito.
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