sábado, 23 de octubre de 2010

EL MURO DE LOS PIOJOS




Carmelo bajó a la playa henchido como un pavo. Llevaba el tiraíllo  nuevo con uno de los aparejos ya montado, listo para soltar el anzuelo y cebarlo. No se lo creía.
Fueron directos al Muro de los Piojos para surtirse de cebos vivos.
Manolo apoyó la caña sobre el rompeolas que hacía las veces de resbaladera cuando subía la marea  y sacó dos latas de leche condensada La Lechera. Una de ellas estaba casi repleta de muergos salados desde hacía un par de días; aunque, por el olor, cualquiera podría creer que llevaban tapados bajo el trapo más de un mes.  La otra estaba vacía, con el filo matado y con un trozo de trapo blanco dentro. Estaba acondicionada para llenarla de piojos de la mar.
-Lucas, esta para los piojos. Los muergos me los llevo yo.-organizó el mayor.
-Vale.
Cogió la lata vacía, le sacó el trapo y comenzó a coger piojos. Con la navaja en el bolsillo no estaba dispuesto a discutir. Estaba impaciente por comenzar a pescar; aunque tuviera que bregar con Carmelo todo el tiempo,  mientras Manolo pescaba con la caña sin  ningún mequetrefe que le molestase.
Había bajado al pozo y tenía su navaja y dos aparejos con tragaeritas. ¿Podía pedir más?
-Os echaré una mano cogiendo piojos, que el pescao ahora no pica. Hasta que el agua no venga parriba no hay nada que hacer.-dijo dándoselas de entendido.
Manolo destapó la lata para echar los piojos que iba atrapando y notó que el nivel de los muergos había descendido.
-Kiyo, ayer estaba la lata llena y mira por donde está hoy. Por la mitad.
-Eso es porque ha mermado con la sal. Los muergos encogen mucho.-apreció Lucas.
-¡Que si merman!
Carmelo no habló. Tampoco iban a creer que se había dado un festín de muergos salados la tarde anterior.
-Pelma, no cojas los grandes. Contra más chicos, mejor. Los grandes no les caben en la boca a las putitas.-advirtió Lucas a Carmelo.
-Si no pican con piojitos, probáis con ostiones.- informó Manolo-Los rompéis con una piedra y los encarnáis tapando la tragaerita entera.
La pared estaba a tope de piojos que corrían como liebres. Carmelo estaba dispuesto a cogerlos todos. Manolo cogía los más gordos y los echaba en su lata, según decía, por si los sargos no tenían ganas de muergos.
-Eso será si no se mueren de asco los piojos… y los sargos..-apuntilló Lucas.
Los veraneantes se paraban para mirar la cacería. Nunca habían visto nada parecido. Y no paraban de hacer preguntas para luego seguir caminando sin haber comprendido las respuestas.
-Chaval, ¿qué tienes en esa lata que apesta tanto?
-Muergos.-contestó Manolo sin dejar de perseguir piojos gordos.
-¿y para qué los tapas?
-Para que no se escapen.-se mofó sin perder la compostura.
-¿Están vivos?
-Claro. ¡No se van a escapar muertos!-contestó sin levantar la cabeza.
Lo de tener que explicar qué es una putita rayaba en lo esperpéntico. Esas explicaciones más sofisticadas se la dejaban a Carmelo, para reírse a gusto y que pareciese que se estaban riendo de él y no de quien lo hubiese preguntado.
-Pelma, explícalo tú, que te sale mejor que a mí.-decía Lucas.
-Una putita es un pescaíto ajín, -decía Carmelo cortando el dedo índice con el pulgar- de colorines, igual que una morena…de las de pescao; no de las mujeres, sino de la mar; que se come los piojitos chiquetitos de un bocao, con tragaerita  y . Ajín: ¡Jam! Y entonces jalamos del tiraíllo y la cogemos para  echársela al gato…bueno, al gato no porque se lo ha cargao mi hermano, que es éste…y éste también, que tiene una navaja muy grande en el bolsillo que ha cogío del pozo. Y un zapito de carne valiente no sé lo que es porque todavía no he visto ninguno; pero me lo va a enseñar hoy el Lucas, que ha hecho los tiraillos  pa cogerlos. Es otro pescaíto, pero no sé como es.
-Es como una cría de merluza, pero marroncita y con la cabeza como un zapo roncaó*, pero con las quijás más chiquetitas.-intentó definir Lucas.
Las mujeres decían “qué niño más mono” pero también seguían caminando sin comprender muy bien  qué era una putita…ni un sapito de carne valiente.
Manolo se colgó la talega en bandolera, echó en ella la lata de la carná*, bien tapada; cogió la caña y se encaminó a la punta del corral por el exterior. Se adentró hasta dejar el corral a su espalda y empezó con los primeros lanzamientos. Fue reculando hasta que el agua le alcanzó al pecho. Entonces siguió lanzando desde la mismísima punta, que era su verdadero objetivo.
Pescó cuatro mojarras negras y dos sargos burgo.
Lucas estuvo casi todo el  tiempo pinchando piojos en las tragaeritas de Carmelo porque éste se pinchaba los dedos cada vez que lo intentaba.
Así y todo sacó media docena de putitas y ocho o diez sapitos. Pero tenía necesidad de coger la navaja.
Abrió media docena de ostiones con la punta de la  navaja y los esparció por una de las primeras lagunas del corral. Ya estaba casi lleno.
Recogió las tragaeritas y dio la pesca seria por finalizada.
-Al menos no se ha pinchado ningún ojo, -pensó satisfecho.
Las putitas, los camarones y los sapitos de carne valiente llegaban de todas partes atraídos por los verdes manjares gelatinosos, casi sin dar tiempo a que se asentasen en el fondo.
-Lucas, ¡qué asco! Parecen mocos y gargajos.-observó Carmelo a punto de vomitar.
Lucas estuvo lanzando la navaja a los pececillos que se acercaban para degustar los frutos del mar.
-¿Ámono?-propuso Manolo poniendo cara a la Cruz del Mar.
-Amo.-asintió Lucas.
-¿Qué le ha pasao al Pelma hoy?
-Na, que se ha pinchao un montón de veces con las tragaeritas. Pero en las manos nada más.-dijo tranquilizadoramente Lucas.
-Mira, cuatro mojarras negras y dos sargos burgo.-exhibió Manolo abriendo la talega para que sus hermanos pudiesen admirar su pesca.
Lucas le enseñó su pesquera y la echó a la talega.
Manolo colgó la talega en el cuello de Carmelo para ir más cómodo y para darle el gustazo de llevarlo.
Los pupilos se interesaban por lo que habían pescado. Los más curiosos hasta salían de la sombrilla para mirar, y Carmelo abría la talega con orgullo para enseñar los trofeos.
-Mira, estos son los pescaos grandes y estas de colorines, las putitas. Y esto es un sapito de carne valiente. Comen mocos verdes.-explicaba Carmelo cogiéndolos por la cola.
Carmelo subió la escalera de la Cruz del Mar más inflado que la bajó.
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