viernes, 15 de octubre de 2010

BOMBARDEO EN EL TRAPITO

Óleo de Juan Pedro Viruez


Manolo no atinaba a quitarse de encima al cromo.  Su madre se lo había dejado de pegote  y lo único que tenía claro era que se le iba a escojonciar* por la pared del corral, como en otras ocasiones.  Los corrales estaban a medios y los caños soltaban agua como torrentes salvajes. Invitó a su hermanillo a subir a hombros y se levantó la camiseta por encima del pecho, para no mojarse. El agua evacuaba con prisa, como si se le estuviese haciendo tarde para llegar a alguna cita. Las mareas siempre son puntuales.
Las olas aún golpeaban con fuerza en el muro y salpicaban de forma traicionera cuando el poniente las rompía estrellándolas en el ángulo de la rebalaera* grande.
Carmelo seguía con la mirada una pared de verdín infestada de piojos de la mar y salpicada de  zapaterillos timoratos cuando se le heló el cuerpo con un latigazo gélido que le corrió como un calambrazo de la cabeza a los riñones. Un oleón* los pilló de pleno por la retaguardia y puso pingando caballo y caballero. Manolo se estiraba como un caballo de Domeq, para que el agua en torrentera no le mojase otra vez el pantalón ya empapado. Y salió dando saltitos de puntillas con el agua a los tobillos.
Exprimió las dos camisetas y las puso a secar enganchadas en el alambre que usaban  las monjas para colgar el búcaro. Dejó al pelmazo de su hermano al cuidado del tendido y subió a grandes zancadas el bardo para volver al poco con un trozo de caña en una mano y una botella de cerveza en la otra. Rompió la botella sobre uno de los postes del sombrajo y se quedó con el gollete en la mano, como si fuese a iniciar una pelea callejera. Afinó la caña estrenando el puñal de cristal ante la atenta mirada de Carmelo.


Manolo miraba para el Trapito más que para la caña y se hizo un cortecillo en el dedo índice de la mano izquierda. Se llevó el dedo a la boca antes de que le saliese la primera gota de sangre y se levantó lanzando el gollete contra el muro.
-Esto ya está.
Cogió la caña y las dos camisetas con una mano y avanzó decidido hacia el corral, con la otra de chupete.
-Vente, que me vas a ayudar.
Cavó un hoyo en la orilla y le dijo al cromo que fuese echando en él coñetas y zapateros por si se quedaba sin carná.
-Tú te quedas por aquí hasta que yo vuelva. Los niños de las monjas bajarán dentro de un rato. Que te ayuden  o que te presten un cubo. No te vayas para casa que me tienes que ayudar a llevarnos los cangrejos. ¿Vale? Te estaré viendo desde allí lejos.
Y puso rumbo a la pared del corral. Caminó sobre ella hasta llegar a la punta y se echó abajo, desapareciendo de la vista de Carmelo. La bajamar ya estaba casi tocando su punto más bajo. Al poco lo volvió a ver por detrás del corral, avanzando hacia el horizonte. Y se sintió más tranquilo.
En poco tiempo ya tenía un par de docenas de coñetitas en el hoyo. Las cogía por la orilla del corral, de pared a pared. Carmelo disfrutaba con varias en la misma mano, de todos los tamaños. La mayoría, pequeñas.
En ello estaba cuando vio a Agustín haciendo bolas de fango y tirándolas al centro de una de las lagunas más profundas del corral.
-¡ BUUUUMMMMM ¡¡ BOINNNNNCHCHCH!- Exclamó el bombardero Agustín recreándose en el salpicón vertical de la bomba que acababa de lanzar al centro del charco.
Carmelo se acercó al centro de operaciones y le preguntó si podía jugar.
El bombardero le dijo que sí, que rebañara el fango de las piedras y que hiciera una bola gorda.
La costra de limo sobre las lajas del Trapito se amasaba aquella mañana con facilidad.
Pronto tuvieron un arsenal de bombas alineadas en el piélago para lanzarlas sobre el enemigo camuflado en las profundidades marinas. ¡Si hubiesen tenido una gorra ¡
-¡¡ÑIIIIIIOOOOOOOOOOOOOOOOO!!- La pareja de bombarderos despegó con las bodegas repletas de bombas hacia el objetivo.
Las bolas más gordas hacían un sonido espectacular al entrar en el agua, especialmente si se lanzaban bien altas para que cayesen a plomo. Luego estaba la onda expansiva, que alteraba el ritmo del oleaje en la laguna. Carmelo y Agustín se quedaron embobados mirando las olitas circulares que iban desde el punto de impacto hasta todos los recovecos de los piélagos que rodeaban la laguna. Tras el último lanzamiento dejaron el mundo fascinante de la aviación de combate para alistarse en el cuerpo de zapadores.
Carmelo se cansó de hacer bombas y empezó a taponar con fango los hilillos de agua corriente por los que se desangraban tanto la laguna grande como otras más pequeñitas.
Agustín se hizo zapador sin mediar palabra. Había faena de sobra para los dos.

Cangrejo zapatero macho
Un zapatero con un buen paquete de huevas llamó la atención de Carmelo en una lagunita . Lo cogió con un movimiento rápido y lo sacó tras darle un enjuague para quitarle la arena.
Agustín vio con los ojos desorbitados cómo Carmelo le arrancaba las huevas de un mordisco y devolvía el cangrejo al agua.
-¡¡ keka !!- exclamó Agustín separando los brazos al tiempo que flexionaba las rodillas con una expresión de jíbaro sanguinario.

Carmelo imitó el gesto y lo acompañó con el mismo grito de guerra.
-¡¡ keka !! ¡¡ keka !!
-¡¡ keka!! ¡¡ keka !! ¡¡ Akeka !!
Y se dieron un festín de huevas de cangrejillos y de camarones vivos; dando saltos y riendo a carcajadas.


Cangrejo, de Alfredo Zarazaga

Las coñetillas caían enteras, con huevas o sin ellas, al igual que los camarones. De los zapateros sólo aprovechaban las huevas, pues el cuerpo y las patas tenían un sabor amargo, como el abdomen de los cigarrones gordos.
Les subió la marea sorprendiéndolos en el frenesí del banquete; en plena mariscada.

Camarón, de Alfredo Zarazaga Jurado
Manolo llegó con las dos camisetas atadas, henchidas de cangrejos de pelos.
-Pelma, date un enjuague y vámonos. ¿has cogido muchos cangrejos?
-Se han escapado todos.
Los dos guerreros rompieron a reír.

(Dedicado a mi amigo Agustín, a quien otros llaman Tony)

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