martes, 19 de octubre de 2010

LA FACTORÍA

-El Gundo sabe respirar debajo del agua. Me lo ha dicho mi hermano.
Con estas palabras justificó Guillermo la hazaña de Segundo en El Muellecito y abrió las puertas a una de las leyendas que estuvieron a punto de costar la vida de más de uno.
Aurelio sabía que Segundo era capaz de mantener la respiración bajo el agua durante bastante tiempo y quería medirse con él. Lo había visto desaparecer como un submarino  para salir por donde menos se le esperaba. Llevaba tiempo dando vueltas a la idea de comprobar la resistencia de su amigo.Hasta que dio con la tecla: lo desafiaría a una varita a recalá* en cuanto se le presentara la ocasión. No lo podía remediar. Su espíritu competitivo le podía y siempre estaba desafiando a los demás. Fuerte y decidido, necesitaba medirse con otros más que ninguna otra cosa. No daba un respiro a la vara de medir…” ¿Te echas una varita a caer conmigo?, ¿Una varita a correr?”…”Maricón el último a la farola…al banco…a la pared…al palo…etc.”. Las ganaba casi todas. Quizás porque arrancaba antes de que los demás tuviesen tiempo para reaccionar.
A Segundo no le ganaría recalando*. Estaba seguro; pero aún así, se iba a dar el gustazo de retarlo. Por una que perdiese, no le iba a pasar nada.

                                                      *****
Carmelo bajó la escalerilla del Tani con las papas fritas en la boca y ya estaba allí su amiga sentada con una prima. Hundían la espalda sobre un enorme neumático negro. En el sombrajo contiguo, Juanma y Rafael daban pataditas a un balón de Nivea, molestando a toquisqui*. Se habían quejado los de las sombrillas airadamente y por ahí se habían perdido. No pensaban darles tregua.
-Niño, deja ya la pelotita, hijo.
-¡Qué pesaíto eres, miarma!
Y así, en carriolera *, se iban sucediendo los comentarios y las quejas de las familias  que se temían algún balonazo.
Carmelo se quitó la camisa para pelotear con los malabaristas del balón y pidió permiso a María antes de ponerse de portero entre los palos del sombrajo.
-¿Puedo dejar la blusa en la caseta? Es que hoy llega el agua a la pared del Curricán.
-Se está cambiando mi hermana. Déjala cuando salga.
Carmelo soltó la camisa sobre la cámara y corrió para cubrir la portería. No pudo evitar el primer gol. Tampoco el segundo. Se esforzó un poco más, pero el tercero entró al ratito.
-Y tres. Cambio. Venga, otro portero-dijo quitándose de la portería.
Ninguno quiso ponerse.
-¿Nos bañamos?-propuso Juanma pretendiendo dar una salida al problema.
-Venga.-añadió Rafael como si pusiera firma a un armisticio.
Juanma se acercó a coger la cámara de goma en el mismo momento que quedaba libre la caseta. Carmelo cogió la blusa del suelo, la tiró dentro y encajó la puerta.
-¿Quién se viene al agua?-preguntó Juanma a las tres niñas.
-Estamos en digestión.

La mar empezaba a tocar los pies del Muellecito con sus primeras avanzadillas cuando los tres de la goma comenzaron el baño. El oleaje era escaso y el viento del suroeste no se aclaraba del todo. Refrescaba demasiado para ser pleno verano. En el agua se estaba bien, pero sobre la goma daba bastante repeluco.
-Tengo más frío que un perrito chico-dijo temblando Rafael-. Me voy pafuera*.
Carmelo tenía las tetillas negras y le escocían una barbaridad. Se lo comentó a Juanma y éste le dijo que era de restregarse por la goma y que a él ya no le dolía porque la cámara era suya. La explicación era lógica, aunque a Carmelo no le satisfizo. La goma perdió su encanto y  El Pelma decidió salir del agua para calentarse en la arena.
-Me voy a la arena. Estoy arrecío*.-le dijo a Juanma, enfilando la orilla con los brazos cruzados sobre el pecho y resoplando de frío.
-Yo también me salgo-dijo Juanma aprovechando la ocasión, sin querer reconocer que también estaba aterido.
En la arena seca, al sol, pronto entraron en calor. Se enarenaron como se enharinan los boquerones antes de bañarse en la sartén. Vuelta y vuelta para coger calor por todo el cuerpo; y  terminar bocabajo arrimando arena al pecho en cantidad suficiente como para poder apoyar la barbilla.
El cambio repentino de temperatura y la placidez de la postura complicaba bastante el tema de la continencia. Carmelo no estaba dispuesto a volver al agua y se disolvió allí mismo, originando en la arena seca una porción de humedad  más que suficiente para amasar dos bolas  de cañón como las que lucían a ambos lados del callejón Manuel Bueno Castellano. La industria se puso en marcha en cuanto  la materia prima estuvo en la cadena de montaje.
Entre risas cómplices, cada uno se dedicó a fabricar su propio armamento. Compactaron la masa de arena húmeda, a manotazos, antes de que se secase.
Siguieron el proceso tradicional: la dejaban sobre la arena y la espolvoreaban con arena seca para volver a modelarlas con suavidad. Así varias veces hasta que quedaban duras y bruñidas, como las de los leones del Congreso. Todo un ritual.
De la armería de Rafael salieron tres proyectiles de mediano calibre, fáciles de lanzar y con muchas probabilidades de hacer blanco sobre el enemigo, sin desmoronarse,  a diez o doce metros. Carmelo modeló dos auténticas bombas pesadas, difíciles de manejar por su volumen; pero demoledoras a corta distancia. A Juanma se le fue el alma construyendo una bola atómica, del tamaño de un balón de balonmano. Las pusieron a la vista, como si fuesen piezas de un museo naval y  rieron hasta que les dolió la cabeza.
El tiempo pasó volando con la fábrica del armamento casero. El corral  estaba cubierto y desde El Muellecito  había gente tirándose. Daba frío verlos.
Aurelio bajó por la escalerilla y se dirigió a los tres de la factoría.
-Kiyo, ¿qué pasa?- saludó.
-Aquí estamos.-contestó Rafael en nombre de la empresa armamentística.
-¿Qué te pones conmigo a que llego más lejos que tú con una bola?- dijo Aurelio desafiando a Rafael.
-Venga.-espetó Rafael levantándose y cogiendo una de las suyas en cada mano- ¿Cuál quieres?
-Ésta.-dijo cogiendo la que le pareció más pequeña.
Y pisoteó la otra.
Hizo una raya en la arena con el pie e invitó a Rafael a hacer el primer lanzamiento.
A Rafael le dio la risa; se puso a hacer tonterías con la bola  y realizó un mal lanzamiento. Lo achacó a que había visto a Guillermo bajando por la estrecha y empinada rampa sin baranda. Lo señaló con el dedo y se clavó de rodillas para no desmayarse.  Bajó como un borracho y volvió a subir para tirarse casi desde lo más alto de la escalera sin peldaños.  Hizo como que caía  al vacío para provocar los gritos de la gente. Era su número favorito.
Guillermo se levantó como si no hubiese ocurrido nada y se dirigió al Tani con la mirada de media playa clavada en la nuca.
Aurelio se sabía vencedor. Estaba a punto de lucirse y empezó a pavonearse antes de la victoria. Gesticuló, giró sobre sí mismo mostrando el proyectil, se pegó la bola a la cara y ensanchó la espalda como hacen los lanzadores de peso; la besó...
Solo Guillermo y las niñas  llegaron a verlo lanzar la bola.
-Ahora me toca a mí- exigió Guillermo sin poder disimular que había disfrutado viendo el ritual cómico de Aurelio, siempre bastante menos gracioso que él.
-Toma ésta.-le ofreció Carmelo conteniendo las ganas de producir un excedente de materia prima.
- O la mía.-añadió Juanma ofreciendo su bomba atómica.
-Ésa la vamos a dejar para trofeo. Será para el vencedor.
-Buena idea, Carmelo.-asintió Rafael conteniendo la explosión.
Carmelo se autoproclamó director de ceremonias y entregó una de sus bolas a Guillermo y otra a Aurelio. Les dijo que se diesen la vuelta para decidir el turno a pares o nones. Levantó tres dedos y los dos dijeron que nones.
-Aurelio lanzará primero.-decidió Carmelo a un pelo de infartar-Habéis mirado, trampucheros*.
El chaval del pelo anillado repitió el protocolo del primer lanzamiento. Se veía con el trofeo en sus manos. Nunca había recibido un testimonio físico de ninguna de sus innumerables victorias. No podía fallar. Así que dio a la bola de cañón seis o siete besos de más y la mandó a escasos centímetros de la pared del Tani.
Morir ahogado de risa es algo imposible, pensaron los tres artilleros. Y se dejaron llevar por el frenesí. Juntaron gente alrededor que reía viéndolos rodar por el suelo. La risa se extendió entre las niñas, por contagio. Y porque Juanma las había puesto al corriente cuando se decidió el asunto del trofeo.
Guillermo no había tenido nunca un público tan receptivo, tan caliente, tan entregado para lucir su repertorio de muecas y morisquetas. Si Aurelio había logrado encender así a la multitud, él rompería la pana. No ganaría el premio, pensó, pero disfrutaría dando a conocer su vastísimo repertorio de pantomimas.
Y se pasó haciendo el payaso hasta que se le deshizo la bola en las manos.
Los curiosos no comprendían el motivo de tanta risa y se fueron dispersando.
Guillermo se creía más gracioso que Aurelio hasta que comprobó la energía de las risas renovadas en el momento en que Juanma le hizo entrega del trofeo a su contrincante.
Cuando Aurelio levantó el premio por encima de su cabeza, le cayó arena en el pelo y hasta en la cara.
Estaba contento, pero le mosqueaba tanta risa.
Él no le veía la gracia. Y Guillermo, aún menos.

La tarde caía y el poniente pintaba de espuma las crestas de unas olas verdosas que se elevaban al llegar a la orilla para tirarse ruidosamente sobre la gravilla.
El poniente repelón puso mangas a los sombrilleros y sacó del agua a los jartibles*.
-¿Quién se baña conmigo?-preguntó Carmelo antes de correr a darse un chapuzón.
Le siguieron Rafael y Juanma, que también necesitaban enjuagar el bañador.
Aurelio tiró el trofeo al agua y se dirigió al muelle con Guillermo. La tarde no estaba para baños y aprovecharían para proveerse de plomo con el que harían unos cañoncitos. Notaba algo en el aire que le mosqueaba profundamente.
Volvió a pensar en Segundo. Tenía que derrotarlo con una gran recalá*.

Entrar en una caseta y secarse con una toalla era cosa de pupilos. Pero los tres se secaron con la misma toalla, sin rechistar. Salieron de la caseta con las camisas puestas. Nadie sabría jamás que se habían secado con una toalla.

María esperaba  con el candado en la mano para cerrar la caseta. Su hermana y su prima ya habían cogido camino. Vio cómo se sentaban en la goma calentita, remedando los lanzamientos de Aurelio y de Guillermo, los besitos a las bolas... Cogió la cesta de esparto y se giró hacia la escalerilla.

-Espera. -dijo Carmelo-.Voy contigo.

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