lunes, 17 de enero de 2011

TARZÁN EN LA HIGUERA DE PEPÍN



La fachada del Gran Cinema estaba recién blanqueada y los albañiles recogían desconchados en el interior del cine de verano. Las puertas estaban de par en par, como si hubiera terminado la función de los sábados. Las carteleras descansaban recién clavadas en el interior del patio de butacas esperando que secara la pared. Antonio retiró los carteles de los fotogramas sobrantes y clavó el rótulo de "próximamente" sobre el marco del tablero.
-Primo, trae aquella tira de cartulina del mostrador; la que pone "autorizada para todos los públicos".
Carmelo se vio dentro del cine, ayudando a montar una de las carteleras a un primo de su padre. Venía del colegio tirando piedras con sus amigos y firmaron una tregua para ver cómo preparaban el cine para la temporada de verano.
Entró, cogió el rótulo del mostrador del ambigú y se lo acercó a El Bizco.
-Primo, ¿cuándo abren el cine?
Antonio permaneció de rodillas mientras clavaba el "autorizada" tratando de sujetar el resto del letrero con la mano del martillo.
-¿Dónde coño se habrá metío el niño? A ver, hijo, aguanta tú aquí un momento.
Carmelo miraba las fotos con los ojos más abiertos que la boca y se agachó para sujetar el rótulo.
Antonio le informó que aún faltaban un par de semanas para comenzar porque el maquinista aún no había terminado de montar las máquinas de proyeción.
-Ahora estamos preparándolo todo. Tenemos que blanquear, arreglar las butacas, fregarlas; poner a punto los cuartos de baño, el ambigú...
Carmelo hizo un gesto a sus amigos de apedreo para que se acercasen a la cartelera yacente. Todos se embobaron viendo la exposición de fotogramas de "Tarzán en Nueva York".
De la parte de los servicios se acercaba un mozo con paso tranquilo. El Bizco le gritó con desesperación.
-¡Millán!¿Dónde coño te metes?
-¡Ni cagar puede uno!
-Nos vamos, primo.-se despidió Carmelo.


                                                          ***

La cartelera aguantó en la misma alcayata desde mediados de junio hasta el primer fin de semana de septiembre. Durante ese tiempo fue preciso restituirle un par de fotogramas que habían desaparecido de la exposición  por arte de birlibirloque. Las fotos supervivientes tenían un color de chochomona que contrastaba descaradamente con los dos flamantes fotogramas acharolados.
Guillermo y Emilio también desgastaban las carteleras de Tarzán en Nueva York, de tanto mirarlas, y tenían a toda la familia Olave aburrida de preguntarles por la fecha del estreno. José Luis, Paco, María Luisa, Cari, María del Carmen...siempre sonreían y contestaban con un "ya falta menos".
A Emilio no se le iba por alto el drama.
-El verano se va y han puesto todas las películas menos la de Tarzán en Nueva York.
Guillermo cogió carrerilla y saltó hasta lograr asirse de una de las ramas principales del moral de la esquina de don José Caballero, frente a La Plancha. Motivado de tanto ver las carteleras de Tarzán, siguió trepando casi hasta la copa, moneando como Chita. Miró al frente y no dijo ¡eureka! porque nunca lo había oído decir.
-¡Quillo!¡Desde aquí se ve el cine!¡La pantalla entera!
A Emilio le faltó el tiempo para emular a su primo y se acomodó sobre otra rama.
-¡Sube, Carmelo! Desde esta palanca también se ve toda la pantalla.
Carmelo subió y buscó acomodo en la palanca que quedaba libre. La pantalla pillaba algo lejos, pero se veía al completo.
Durante el resto del verano disfrutaron de una novedosa manera de ver el cine de válvula, aunque la acústica no era muy buena por mor del trasiego de gente a sus pies y del viento variable. Las risas estaban garantizadas aunque la película fuese de terror.


Lucas, los aguilitas, los cascarillas y su primo Dominguito, el Mancebo, habían descubierto otra veta para ver el cine gratis desde el exterior.
En el campo de Pepín Sánchez, que lindaba con la tapia lateral del Gran Cinema, había una higuera jaquetona de brevas negras. Era una higuera de tres cosechas: las brevas, los higos y, entremedias, el cine durante todo el verano. Desde sus ramas más altas se podía vislumbrar la pantalla del cine si se sabía mirar entre los cañizos.La pantalla se veía sesgada, pero se oía bien y sobraba imaginación para añadir a la mente lo que el ojo no lograba acercar al cerebro.
Carmelo cuadrapeó algunas películas a caballo entre la higuera y el moral. Lo que oía en una no lo veía en la otra, y viceversa. No vio una película en condiciones en todo el verano pero disfrutó haciendo el tarzán de árbol en árbol. El cine le daba igual.

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