martes, 26 de octubre de 2010

EL SUAJE DEL CAPITÁN

Óleo de Alejandro Montalbán


Los zarzos esperaban debajo de la parra, cruzados de sarmientos. José María les había dado el visto bueno y Pepe ensanchó su caja torácica como si quisiera hacer estallar la camiseta. Sus primeros zarzos estaban listos para ser instalados y tenían muy buena pinta. Allí, recostados junto a la cristalera de colorines, tumbados al sol  de una parra recién podada, los zarzos bostezaban como si se hubiesen hecho a sí mismos. Y habían tenido un peluseo.
José María andaba delicado de salud y encargó a Pepe y a Manolo la elaboración de los filtros que controlarían la respiración del corral. Tenían que  reponer los tapamentos  que la mar se había llevado por la fuerza y renovar los que aún seguían en los caños, ya podridos. Era un trabajo rutinario  que  habían visto hacer a su padre muchas veces, pero nunca lo habían hecho solos.
Les llevó una semana de trabajo rematar los entramados de sarmientos de moscatel, los más duros y flexibles. Tuvieron que seleccionar las mejores varas en la viña recién podada, hacer las gavillas y transportarlas en el portamantas de la bicicleta. Ya en casa,  clasificaron los sarmientos  por su grosor y los fueron tejiendo con la misma trama del zarzo que habían retirado días antes del corral para usarlo como modelo. Y les salió fetén.
La marea iba de retirada; era menester moverse con celeridad. Los zarzos estaban listos y había porteadores de sobra para quitarlos del solárium y llevarlos en procesión hasta su destino.
-Ya os los podéis llevar para que os dé tiempo a colocar por lo menos tres.- animó José María sin poder ocultar que estaba satisfecho por el trabajo que habían hecho sus hijos.
-Lucas, Manolo, ¿vamos a llevar esto al corral?-invitó Pepe cogiendo uno de los zarzos.
-Venga. Ahora mismo.- contestó Manolo.
Los dos manolos, Lucas, Guillermo y Carmelo se pusieron en marcha ante la atenta mirada de Luis.
-Anda, Luis, ven tú también. Lleva tú el ceroncillo, que vamos cargados con los zarzos.-dijo Pepe a su hermano tratando de animarlo. Había tenido una de sus llantinas porque le había desaparecido uno de sus gatos; el más aficionado a los jilgueros del Maestro Palillos.
Antes de arrancar, José María volvió a explicar a su hijo Manolo cómo tenía que colocar en el caño cada uno de los entramados de sarmientos.
-Ya lo sé, papá, no te preocupes que lo haremos bien.-dijo Manolo para tranquilizar a su padre.
José María confiaba plenamente en él.


Exposición  de Alfredo Zarazaga en El Chusco (detalle)


Llegaron a la playa con los corrales ya descoronillados y se dirigieron al de Cabito con los zarzos a cuestas. Luis, Guillermo y Carmelo se turnaban con el ceroncillo mientras Manolo y Lucas  lo hacían con uno de los zarzos. Pepe y Manolo, los mayores, no querían ayuda y cargaban con un zarzo cada uno.
Carmelo se encontraba más seguro caminando por la pared del Trapito. Era más ancha y podía correr delcalzo hasta la punta. En cambio, por la del Cabito tenía que ir haciendo equilibrios como si fuese un funambulista. Entraron por la pared de levante que estaba más practicable que la de poniente, a pesar de que el recorrido iba a ser mayor. Se turnaron varias veces con el ceroncillo hasta llegar a la corona de poniente, casi en el enlace con el Nuevo. El corral ya estaba a menos de medio.
Los hermanos Pepe y Manolo, habían ido observando el interior del corral durante todo el trayecto. Dejaron los zarzos en la pared, sobre uno de los caños y continuaron escrutando la superficie para analizar el contenido de los cuartelillos. La cosa no se perfilaba muy boyante. Esperaron un poco más, hasta que fueron emergiendo las crestas más elevadas.
Los suajes* se hicieron entonces más perceptibles a sus ojos: Sus dedos dibujaban en el aire las líneas con que las capturas troquelaban la planicie en su ir y venir entre los piélagos. Los identificaban y los computaban por su velocidad, textura, amplitud de los trazados, grosor,…
-Dos capitanes y seis agujas. Puede que haya alguna jibia escarriá *.- mostró con descontento Pepe.
-Y tres zalemas. Uno de los capitanes es de los grandes.-remató su hermano Manolo.
-Será un teniente coronel.-apuntilló Lucas.
-¿Cómo pueden saber lo que hay?¿Yo no veo nada?-preguntó intrigado Carmelo.
-Por el suaje.-le contestó Guillermo.
-¿Ves las olitas y las rayas sobre el agua?-le señaló Lucas-Pues esos son suajes. Son las huellas que dejan los peces cuando se mueven.
-Mira, Pelma, aquél de allí es el de un capitán.-le mostró su hermano mayor.
-Ése es el teniente coronel.-rió a carcajadas Pepe.
Y todos le acompañaron con risas mezcladas con estertores de frío.
Los dos manolos se echaron abajo para taponar provisionalmente dos de los caños desprovistos de filtro. Dejaron los zarzos nuevos superpuestos mientras terminaba de aligerar el corral. Así evitarían fugas no deseadas.
Pepe Bajó con el ceroncillo para catar. Quería hacerlo antes de instalar definitivamente los zarzos.
Carmelo, Guillermo, Luis y Lucas se repartieron las embocaduras de otros caños con problemas de zarzos mientras duró la cata. Con su presencia cortaban la salida a los peces, agitando las piernas cuando se acercaba algún ejemplar en busca de una escapatoria.
Tres chocos, seis agujas, tres zalemas, dos capitanes y el teniente coronel.
-Regulín, regulán.- valoró Manolo.-venga, vamos a poner los zarzos y nos vamos, que hace frío.
Se quedaron los dos manolos, Lucas y Pepe.
Los más pequeños llevaron el ceroncillo hasta la orilla, donde jugaron con las ventosas de los chocos y filmaron en sus mentes la agonía de la dotación del cuartelillo; desde las zalemas rasas al orondo teniente coronel, pasando por las agujas distinguidas y los dos apuestos capitanes.
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