jueves, 14 de octubre de 2010

TRUEQUE EN LA ARENA


La hermana  Magdalena llamó a los niños desde arriba del bardo. Acompasó su voz enorme con unas palmadas sordas, describiendo un amplio arco con los brazos. Era el último aviso para los más rezagados. De sobras sabía que habían oído perfectamente el último toque de silbato y se estaban haciendo los remolones para zanjar algún trueque. Lanzó una mirada de basilisco y dejó sus manos pegadas durante un instante. Dio media vuelta y su toca fue menguando perseguida por media docena de niños que trepaban por una pared de barro rojo. Era la hora de comer.
Aurelio y Carmelo pensaron que habían hecho un buen negocio. Les había costado caro, pero se mostraron muy satisfechos porque consiguieron cerrar un trato difícil y  arrancar todos los macarrones  a unos duros negociantes.
Tuvieron que soltar cuatro cañas  más dos canutos largos que habían dado a probar. El trueque fue duro y  se decantó al gusto de Aurelio cuando la hermana quedó paralizada como si no pudiese despegar las manos.
-Bueno, vale.- rompió a hablar  casi sin ganas Javi, que era el que llevaba la voz cantante- Todos los macarrones a cambio de todas las cañas.
-Trato hecho-  dijo Aurelio agarrando el manojo de macarrones multicolores y tirando para sí como si estuviese jugando al pañolito.

Plumilla de Manuel Miranda Navarrete
Les faltó el tiempo para sentarse bajo el enorme sombrajo y repartirse el botín. Blancos, amarillos, verdes, rojos y azules. Primero los separaron por colores. Casi todos eran blancos, amarillos y verdes. Los azules y los rojos eran los más bonitos; sin duda, porque eran más escasos.
Los dos amigos estaban que no cabían en sí de gozo. En parte por la abundancia y belleza del material plástico que tenían entre sus manos y en parte porque estaban sentados en el sombrajo de las Hermanas de la Caridad. Dos triunfos.


Tres horas antes habían bajado  dejándose caer por la vereda que serpenteaba sobre el bardo rojo hasta la arena blanca. La arena aún estaba fresquita porque todavía no le había llegado el sol. La blancura de la arena seca contrastaba con las  salpicaduras de cagarrutitas de alquitrán procedentes de la limpieza de calderas de algún buque en espera de práctico. Las huellas de los escarabajillos y de las lagartijas zigzagueaban entre los restos de minúsculos palitos que las mareas vivas habían regalado en su último estiramiento.
Los pies descalzos de Carmelo se sintieron aliviados y agradecidos al contactar con la arena y liberarse de dos o tres civiles* que le molestaban entre los dedos. Los traía desde los lentiscos de Villa Blanca, donde había escondido las cañas de azúcar la tarde anterior.
-Ya vienen ahí los…
A Carmelo no le dio tiempo a terminar la frase cuando un agudísimo pitido le cortó el parpi*.
La hermana Magdalena bajaba con un tropel de chavales por un pedregal con pretensiones de escalera. Antes de llegar a la arena se dirigió a Carmelo y al rey de los tratos  como si los quisiera apartar con una señal de la mano.
-Quitaos de ahí, que está reservado. ¿No sabéis leer?
Saltaron y se quitaron de la sombra como si se hubiesen sentado en una ciscá*. Claro que sabían lo que ponía el cartel.
Los sevillanos de las Hermanas de la Caridad se rieron durante un buen rato. Pero no hubo pelea. Había otros planes.

El reparto equitativo no fue fácil.
Lo más difícil estaba por venir: ni el barro rojo ni los pegotones de alquitrán desaparecieron de los pantaloncillos blancos por mucho que alargaron el baño.
Les costó un par de días sin bajar a la playa.
Gracias al confinamiento domiciliario aprendieron a trenzar los macarrones y a hacer cadenetas. 
Con las cadenetas elaboraron llaveros y pulseras multicolores.
Había que volver a por cañas.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...