viernes, 11 de noviembre de 2011

viernes, 21 de octubre de 2011

XINITA Y SU MEDIA DOCENA DE ARRUGADOS

Xinita recién parida
- Xinita, ¡cuántas arruguitas te han salido esta noche!
- Me debo estar haciendo vieja.
- Debe ser eso.
- ¿Te has fijado que no tengo patitas de gallo?
- ¿Quieres mejor un poco de pienso, unas galletitas?
- Dame lo que quieras. Estoy esmayá*.
- ¿Unas galletas entonces?
- Anda, sí. Tráeme media docena y te acuestas, que luego dices que tengo mala leche.
- Hasta mañana entonces.
- Hasta mañana. ¡Ah!, gracias por el paritorio. Me gusta el rojo.
- Lo sé. Descansa.






*Esmayá: desmallada, hambrienta.

jueves, 13 de octubre de 2011

LA FLOR BLANCA

Flor de noche o Flor de Juan XXIII.
Maruja cogió de la mano a su ahijado y se lo llevó de carabina a mediodía para traerlo de vuelta a la hora de la cena. Era el 3 de junio de 1963. Un día espléndido; de esos en los que no hace ni frío ni calor.
Carmelo estuvo toda la tarde saltando de carro en carro, montando mulos y caballos a pelo, cogiendo arreos, cencerros y cascabeles. Corría por el corral terrizo desde la calesa hasta los mulos;ora de indio, ora de vaquero. Lanzaba flechas desde la calesa, saltaba y rodaba por el suelo para disparar su colt 45 desde la paja amontonada entre los cascos del mulo. Hasta que se le acabó la munición del colt y se le despintó el arco de la mente.
- Tita,¿cuándo nos vamos?
Maruja conversaba con su futura suegra y con varias muchachas que cosían bastante menos de lo que hablaban. El niño se acercó para que le hiciesen caso pero se le olvidó lo que quería cuando las muchachas empezaron a meterle los dedos por los rizos.
Las campanas de la parroquia rompieron el silencio de la siesta con redobles cadenciosos y machacones. Tocaban a difunto y las preguntas del mujerío sucedieron a sus miradas de espantijo.
- ¿Quién se ha muerto?
Todas preguntaban lo mismo. Todas contestaban con el mismo mohín.
- Carmelo, acércate a casa de Manolo Castro y le preguntas  si sabe quién se ha muerto.
Carmelo se ahorró el viaje porque coincidió que Margarita, la mujer de Manolo Castro, entraba con la noticia en la boca y con su hijo Pepín de la mano.
-¡ El Papa ! ¡Se ha muerto el Papa! Lo está diciendo la radio.
Parecía que las campanas arreciaban su redoble, como si hubiesen recibido la confirmación del acontecimiento.
-TANTAN-TAN...TANTATÁN .
-TAN-TAN-TAN.
-¿Jugamos?
-¿A qué?
-A indios y vaqueros. Toma, esto es la pistola. Y el arco, pa mí.
Pepín aceptó de mala gana y al cuarto salto bajo el mulo dijo yo no juego más.
El indio soltó las flechas y el vaquero cambió la pistola por una pipeta.
El diálogo de las campanas acompañó durante toda la tarde las conversaciones de las mujeres mientras la noticia volaba de un patio a otro y Pepín explicaba a Carmelo las excelencias de los caldos que contenían las botas y bocoyes de la bodega.
Carmelo aprendió a distinguir entre un buen oloroso y un soberbio moscatel entrando por la Calle Larga y saliendo por el Callejón 18 de julio, sin flechas.
Oscureció cuando ya había algunas luces encendidas y Pepín dio por finalizada la jornada.
- Te llama tu tía.
- Adiós.
Pepín pasó por el corral volando y tropezó con el chino de la casapuerta. Dio dos saltitos a la pata coja, se giró para fijarse bien en el chino en el que no se fijó antes y volvió a coger vuelo.Su madre ya se había ido, al igual que la mayoría de las mujeres. Carmelo se acercó a su tía y se echó en su regazo, donde se le terminó de hacer de noche.
- No te duermas, gorrión. Anda, que ya nos vamos.
Maruja se despidió de sus suegros y le ofreció la mano al pequeño indio reventado.
- Mira qué flor más bonita, Carmelo.
- ¿Cómo se llama ?
- Es una flor de noche.


martes, 11 de octubre de 2011

XINITA EN ESTADO DE INGRAVIDEZ

Xinita espera para fin de mes
-Déjate de cachondeo, Pasto, que no puedo con mi cuerpo.
Xinita no sabe como ponerse. Debe estar macizada de perritos.
Xinita no está para bromas
- Pasto, dame el primperán y búscame una colchoneta. Creo que estoy rellena de plomo.
- Tranqui, Xini. Ya te queda menos.

martes, 4 de octubre de 2011

FELICIDADES, PACO

Paquito

Parece que fue ayer cuando nació, compadre, y ya ves lo grande que está. Los cuellos de las camisas se le descuajaringan en cuanto se las pone y suda con el solo esfuerzo del parpadeo. Le delatan unas gotitas de sudor en el bigotillo. Cuando bromea sacude los hombros y ríe a carcajadas como Paco Guiñare.¿Lo recuerdas? Pellizca el pan antes y después de comer y hace preguntas mientras paseamos por la orilla, por el campo, por la calle Isaac Peral...

- Pasto, ¿esto vale?

Ya no se oye a Ramón pregonando carmelas por tu playita del Muelle, ni acepta monedas el tocadiscos del bar Tani; pero te siento en La Longuera a cada paso, a cada soplo de la brisa, en cada tarde que cae.

Hoy lo llamé por teléfono y también a él le dije "FELICIDADES".

domingo, 19 de junio de 2011

LA MOÑA



-Después tenemos que ir a la escuela del Santo. Lo ha dicho don Antonio.
-¿A la escuela para qué?
-Para tomar chocolate con galletas. Tenemos que ir todos los niños vestidos de comunión.
A Paquita no le hizo mucha gracia que el maestro hubiese decidido lo que tenían que hacer los niños cuando terminase la ceremonia de la primera comunión. Había hecho sus planes y daba un repaso al itinerario que seguirían para visitar a los familiares más allegados con el fin de entregarles las tradicionales estampitas de recuerdo cuando Carmelo recordó las instrucciones protocolarias del maestro.
- Pues a ver a qué hora termina todo.Estate quieto, gorrión. Deja que te doble bien los puños y te ponga los pasadores.
-¿Qué son los pasadores?
Paquita le mostró uno de ellos. Una minúscula cadenita de oro rematada por una herradura de caballo en uno de sus extremos y por la cabeza del mismo animal en el otro extremo.
-Esto es un pasador. Y ahí encima está el otro. Como la camisa de almirante no tiene botones, te pondré los pasadores para sujetar los puños.
A Carmelo le gustó bastante la idea aunque no terminara de ver muy clara la relación que pudiese haber entre un almirante y dos caballos.
-Vale. Los pasadores sí me los pongo pero la moña, no. Yo no quiero moña.
Mari ya estaba vestida de princesa desde hacía un buen rato. Se remiraba en el espejo del ropero acercando y alejando la medalla que pendía de su cuello.
-Mamá, ya ha dado el primer toque.
Su madre hizo como que no había oído a Carmelo y se dejó de contemplaciones de última hora. Sujetó al benjamín con firmeza, como si fuese a herrarlo o a marcarlo con el hierro de la yeguada, y adoptó un tono autoritario.
-Tita, trae la moña, que se la voy a poner ya.
-¡Que yo no quiero moña!
-Tus hermanos hicieron la comunión con moña. Y tú también la vas a hacer con moña te pongas como te pongas. Toma los guantes y el librito.
"Tus hermanos hicieron la comunión con moña y ..."
Francisca tenía la moña en la mano y no parecía muy ilusionada. La arrimó al brazo del gorrión y chasqueó ladeando la cabeza a un hombro.
-¿Qué le pasa, Tita?
-Que tiene color de chochomona de estar guardada. La teníamos que haber lavado con el traje para que siguiesen con el mismo tono.
Carmelo vio el cielo abierto.
-Mejor.
El segundo toque se oyó con toda nitidez y Paquita decidió que el pequeño gorrión ya iba suficientemente ataviado. Así que cambió de opinión y dio por zanjada la operación almirante.
-Deja la moña ahí, que eso ya no se lleva, y vámonos que se nos hace tarde.
Carmelo tocaba las cabecitas de los caballos con las manos enguantadas, sin saber qué hacer con el librito de nácar. Mari permanecía inmóvil mientras su tía le sujetaba el velo con alfileres de cabezas blancas.
Lavado de cara de última hora, repaso de peine, cerrado de ventanas, despeje de tiestos del salón, el bolso, las llaves, cerrado de puertas hasta llegar a la puerta de la calle, mirada y remirada a los niños y últimas instrucciones.
-Muy bien, Mari. Vas guapísima. Ponte al lado del niño para que no meta la pata.
-Niño, como pierdas los pasadores te vas a enterar.
La princesa y el almirante salieron a la calle con toda la luz del mediodía de un treinta de mayo y relucientes como una pared recién encalada.
La niña iba recatada y tranquila; Carmelo, loco de contento porque no llevaba moña.

Moña de comunión. Imagen de Internet

viernes, 10 de junio de 2011

GAVIOTAS SOBRE EL HUMILLADERO

Gaviotas sobre el Humilladero
Carmelo pasó aquella mañana por delante del Humilladero de Regla. Llevaba la talega colgada del hombro y miraba las gaviotas con los ojos entreabiertos. Faltaba poco para el mediodía y debía apresurarse con el almuerzo de su padre y de sus hermanos.
Soplaba un suave viento del suroeste que le acompañó desde la higuera del Santuario hasta que se dejó caer por detrás de Santa Clara. Desde los eucaliptos secos estuvo observando a su padre espolvoreando azufre con un saquito de esparto. Manolo cortaba cañas con un hocino y Lucas hacía rodar una bola de hierbas por un canalizo.
El Pelma no pudo resistir la tentación durante más tiempo y abrió la talega llamado por el olor del pan de cundi tierno y casi calentito. Le dio un pellizco a uno de los picos y lo dejó fundir en la boca antes de bajar por la duna en busca del portillo entre higos de sangre.
- Dice mamá que me tenéis que dar un bocaíto del de la tortilla de papas.

viernes, 27 de mayo de 2011

CUATRO ESQUINAS

Cuatro esquinas by Paxtorino
Cuatro esquinas, a photo by Paxtorino on Flickr.
Os dejo esta fotografía de un rincón de mi pueblo para que os hagáis una idea de la belleza del lugar donde creció Carmelo.Podeis mirarla mientras preparo una nueva entrada que espero subir antes de que termine mayo.
Agradezco vuestras amables visitas durante mi convalecencia. Ya estoy bastante mejor y espero atender el blog como os mereceis. Os iré visitando poco a poco.
Un abrazo.

jueves, 17 de marzo de 2011

HASTA PRONTO

Flor del damasco, obsequio para mis amigos y visitantes.
Estaré ausente por un tiempo porque tengo cita con el quirófano. ¡ Al fín !
Espero estar de vuelta pronto (d.m.) para seguir contando las vivencias del pequeño gorrión.
Un abrazo a todos. Gracias por vuestro seguimiento y por vuestros amables y siempre cariñosos comentarios.
Hasta pronto.

martes, 22 de febrero de 2011

PALOMITAS ROJAS

Ensaladera de palomitas rojas y panera.


Las altas parras riparias dibujaban en la pared manchas grises que el aire movía sobre el deslumbrante blanco de la cal. Los zarcillos se agarraban a los barrotes de las rejas y a los alambres del sombrajo como rabos de camaleones. Las hojas de la riparia dejaban generosos claros entre las cada vez más pardas hojas. Octubre se despedía con un sol caprichoso y juguetón que parecía disfrutar apareciendo y desapareciendo entre las descaradas calvas del elevado parral. Noviembre casi conseguía meterse por los claros para hacer diabluras en la pared con guiños y catalías: grises, blancos, blancos sobre blancos... No paraban de caer hojas de oro sobre el azul del mantel y Regla no apartaba la mirada de los ojos de su nieto. Conce jugaba a los cromos con sus dos primitas Mari: María Regla y María de los Ángeles; es decir, Mari y Mari.
Cirendisco, el perro tranquilo, ni se dio cuenta de que el gato jugaba con su rabo.
Carmelo, de pie, apoyaba los codos sobre la mesa vestida de azul y miraba embelesado el jugueteo del sol sobre la pared de la terraza del Tiro Pichón. Los cromos eran cosas de niñas y él se estaba aficionando a las catalías, que eran como el cine, pero de día. Así que tenía claro hacia donde tenía que mirar. Las avispas, moscas, salamanquesas y demás actores improvisaban ante sus ojos un espectáculo poco exigente. Su prima Conce controlaba la partida y le acariciaba los rizos cuando no le tocaba golpear cromos.La tarde avanzaba al galope y Regla no le quitaba ojo al gorrión. A Carmelo le encantaba encontrarse con los ojos de su abuela cada vez que apartaba la mirada de la pantalla.
Imagen de Internet

-Salvador, hijo, apaga ese cigarro y no fumes tanto.
Salvador cruzaba la terraza encendiendo un cigarrillo con la colilla de otro. Tosió como respuesta. Se detuvo un instante para seguir en la pared la película de Carmelo; pero no debió gustarle. Tiró la colilla junto al zaguán, la pisó retorciendo el pie sobre ella, como si pisase la cabeza de una serpiente, y se adentró en la casa con la cabeza inclinada hacia un lado. Carmelo sonrió y lo metió en su película.
-¿Quieres una granada, gorrión?
-No me gustan, abuela.
-¿Que no te gustan?¡Con lo que te gusta el dulce!
El perro seguía en su rincón.
Mari le dijo a la abuela que a Carmelo no le gustaban las granadas porque se había querido comer una a mordiscos.



Un auténtico cofre repleto de jugosos rubíes
-Anda, gorrión, ven conmigo que vamos a coger unas pocas de las buenas y te voy a enseñar a pelarlas bien. Verás como te gustan.
Carmelo agarró la mano de su abuela y se dejó llevar hasta los granados que compartían el bancal con ciruelos y perales, antes de llegar a la acequia de ladrillos de gafas que separaba la arboledilla de la casa.
-¿Me subo, abuela? Ya sé trepar.
-No hace falta, hijo. Mira estas tres de aquí abajo. Éstas son las mejores. Dale vueltecitas hasta que se rompa el rabillo y se te quede en la mano.Ten cuidado no te vayas a pinchar con las ramas, que los granados pinchan mucho.
-Ya lo sé, abuela.
Carmelo salió del bancal con una granada en cada mano.Mantuvo el equilibrio sobre el bordillo blanqueado, dando la espalda al parterre de los rosales, y levantó los brazos en señal de victoria. Su abuela reía enfundada en una bata estampada en blanco y negro.Traía otras dos orondas granadas que limpió sobre el alivio de luto antes de levantarlas como su nieto.
-Mari, trae la ensaladera y el cuchillo.
Las dos primas volaron a la cocina mientras Conce despejaba la mesa de cromos y quitaba el mantel para dejarlo bien doblado sobre una de las butacas de mimbre.
El gato abandonó la butaca sin saber muy bien qué rumbo tomar. El perro, erre que erre.
-Muy bien, quítalo para que no se manche.



Granada tomando el sol
Regla fue fragmentando cada una de las granadas en cuartro trozos. Primero les cortaba los polos y luego hendía el cuchillo en dos meridianos de libro. Presionaba por los polos y sacaba cuatro gajos que echaba en la ensaladera. Carmelo observaba atentamente sus pequeños y habilidosos dedos.
-Toma, Mari, ve limpiando tú este trozo; y tú éste, Mari. Toma Conce; éste, tú.
Las perlitas granates se desgranaban con la suave presión que ejercían los dedos de las niñas sobre los panales de granos.
Cirendisco movió una oreja.
Rosario se asomó a la terraza para acercar un esportón de esparto.
-Echad las cáscaras aquí, para los cochinos. Mamá, ¿traigo el azucarero y unas cucharitas?
-Sí, hija, tráelas.¿Y los niños?
-En el hoyo, con los tiraores. Déjalos allí que ya han merendao. El Manolito le ha matao dos palomos a José María. Y el Esaulito le está tirando a las gallinas.¿Les digo que vengan?
Regla reía encogiendo los ojos.
-¡Ni se te ocurra!
A Carmelo se le iluminó la cara cuando oyó la palabra azucarero.
-Mira, gorrión.¿Ves estas cositas blancas? ¿Estos pellejitos?Pues eso no se come porque amargujea. Los granitos rojos sí se comen. Todo lo demás hay que tirarlo. Toma. Cómete estos granitos.
Las niñas comían más que reían y Regla les llamó la atención.
-Echad algo en la ensaladera, hijas.
A Carmelo le gustaron los granos rojos que probó mientras su tía Rosario apoyaba el azucarero sobre la mesa.
La tarde volaba como las hojas de la parra.




Palomitas rojas

Regla regó la ensaladera espolvoreándola de azúcar y la removió con su cuchara.
-¡Ea!¡Ya está!¡A comer!

El pequeño gorrión se puso como el Quico de palomitas rojas y buscó la falda de su abuela para acurrucarse mientras disfrutaba, relamiéndose, de los últimos fotogramas sobre la pared.
 Carmelo se quedó frito y el perro no se coscó.








Entrada dedicada a todas las abuelas en general y a mi abuela Regla, en particular.

jueves, 17 de febrero de 2011

CAMBIO DE PLANES

La Laguna de Regla. Foto de Toni

Isidro observaba desde la portada de la finca de Algarín el saco que llevaba Lucas. Esperó a tenerlo cerca para decirle que se veía a todas luces que transportaba una red, por mucho que lo quisiera disimular.
-Te la van a quitar los civiles antes de que la abras.
Lucas detuvo la marcha para facilitar el reagrupamiento de la hermandad.
-No me la quitan.
-Yo no estaría tan seguro. Están al líquin.-dijo bajándose uno de los párpados con el dedo índice.
Manolo llegó a la altura de Isidro y le devolvió el mismo gesto, a modo de saludo, sin detener su paso vivo.
-Nosotros también, Isidro.
El Algarín sonrió abiertamente ante el desparpajo del mayor de los pastorinitos. Escrutó a la cuadrilla y preguntó sorprendido.
-¿Y los reclamos?
-Quillo, Lucas, arranca que vamos tarde.-dijo Manolo.
Luego, contestó a Isidro, señalando hacia La Laguna de Regla entre carcajadas.
-Nos están esperando en el tollo.
Isidro se contagió de la carcajada del jefe de cacería.
-Reclamos no sé si encontarás; pero lo que es agua en el "tollo", te vas a hartar.
La Laguna tenía casi medio millón de metros cuadrados, de los que aproximadamente un tercio se encontraban inundados en aquella ocasión. Carmelo ya la conocía. La había pateado la primavera anterior, bordeándola por el cinturón de dunas de la costa para salir por detrás de Mariño. Luego, entre los juncos había evitado la orilla pantanosa hasta ganar trabajosamente el emboque de la arenosa Hijuela de los Carneros. Recordaba perfectamente lo agotador del paseo realizado de la mano de su padre. También grabó en su retina y en su corazón la imagen de los flamencos reflejados en el agua; las abundantes y variadas aves acuáticas; las vacas de los argarines y de los vardeles pastando dentro y fuera del agua; los jilgueros, chamarices, jamaces, gorriones, gorriones, gorriones, milanos, moscas, mosquitos, mosquitos, perdices...
Pronto terminó el camino que desembocaba en La Laguna. Varias bandadas de patos volaron en busca de aguas más profundas, con menos peligro para su integridad. Las aves menudas silenciaron sus charlas de sobremesa y tensaron los tendones por si había que poner distancia entre los varales y su plumaje.


Flamenco. Foto de Internet.
A Carmelo no le impresionó tanto como la primera vez que la vio. No había flamencos rosados donde mismo los descubrió con su padre sino unos pájaros negros muy grandes.
-Mira, Lucas, flamencos negros.
-Son alcaravanes, Pelma. Flamencos no hay hoy.Y flamencos negros no los hay nunca.
-Ni los habrá nunca.-añadió el mayor.
Manolo aviseró la mano para mirar hacia las dunas aunque tenía el sol a la espalda.
-Allí está el Peorro con los reclamos.
Se puso muy serio y añadió:
-¡Los civiles! ¡Están allí también!
Improvisó un nuevo plan en un santiamén.
-Lucas, llévate la red y me esperas en el campo de Meca. La escondes entre las cañas y nos esperas allí. Yo me voy con el Peorro y ya llegaremos.
-¿Y el Pelma?
-El Pelma que se vaya contigo, que la va a cagar con los civiles. Vete ya y no corras.
Manolo bordeó la orilla de La Laguna por la derecha y Lucas se llevó a Carmelo por la izquierda.
Los gorriones levantaban el vuelo a medida que los niños avanzaban para posarse varios metros por delante. Lucas caminaba mirando más hacia Mariño que hacia Meca.
Carmelo sonreía cada vez que su hermano metía un pie en algún charquito de los que forman las pezuñas de las vacas viejas.
-Como te rías otra vez te vas a enterar.
-Yo no me he reido.
-¡Ni que yo te vea!
La Laguna de Regla. Foto de Toni.

Las imágenes de La Laguna de Regla son gentileza de Agustín Sánchez Lorenzo, Toni. Su blog es El Corral del Trapito, auténtico manjar de salsa chipionera.
http://corraldeltrapito.blogspot.com/

viernes, 11 de febrero de 2011

OPERACIÓN PELLAS DE OTOÑO


No habían transcurrido dos meses desde el primer día de clase en el nuevo colegio cuando Manolo decidió pasar de largo por delante de la puerta y seguir con paso animado hacia la hijuela de Los Carneros. Lucas se le había adelantado para vigilar la entrada del colegio y poder así dar el aviso.
Manolo pasó una mano por la espalda de Carmelo para obligarle a acelerar el paso.
-Pelma, cállate y vente con nosotros.
Carmelo no entendió nada y se vio forzado a dar un trote cochinero hasta las primeras tunas, ya en los dominios de José María, El Valenciano. Desde allí, Lucas y Manolo miraron hacia atrás para asegurarse de no haber sido descubiertos. Y suspiraron profundamente. Carmelo los imitó y le extrañó que se hubiesen cansado tras una carrera tan corta.
Lucas cogió la maleta de su hermano pequeño y le dijo que iban a hacer rabona.
-¿Y eso qué es?
-Eso quiere decir que hoy no vamos al colegio.-dijo Lucas.
-Porque estamos resfriados.-añadió Manolo.
-Yo no estoy resfriao. A papá se lo digo.
Lucas y Manolo habían imaginado una reacción parecida. Por eso habían decidido no informar de nada a Carmelo. Lo llevarían consigo aunque les estropease la cacería.
Manolo arrancó una caña y se la ofreció al pequeño gorrión para que se entretuviese pinchando tunas mientras le daba la información justa sobre la Operación Pellas.
-Pelmacillo, hoy vamos a estrenar la red de hilo de Puy en La Laguna. Lucas quiere dar el primer jalón porque la red la ha hecho él y yo le digo que lo voy a dar yo, que para eso la red es mía. Como no nos ponemos de acuerdo, hemos decidido que ni para mí ni para él.¡ El primer jalón lo das tú!
-Y cuando pase lista el cura, ¿qué hacemos?
-Ná, Pelma. Hoy es sábado y por la tarde no vamos.El lunes le decimos que estábamos resfriaos y ya está. -aclaró Lucas.
Carmelo empezó a cogerle gustito al lanceo de tunas mientras Manolo le iba soltando información al tiempo que se aseguraba la complicidad del pinchatunas.
-Cuando lleguemos a casa haces como si vinieras del colegio. Como todos los días. Comes y te callas. O no te dejo limpiar la jaula del jilguero. Yo te hago una hoja de cuentas y tú haces la caligrafía.
Lucas sabía que tarde o temprano el gorrión pediría alpiste y empezó a encandilar al lanceador de tunas.
-O de los jilgueros, Pelma. A lo mejor cogemos un bando enterito. Por lo menos uno va a ser tuyo.
Carmelo dejó de dar cañazos y dijo lo que estaba pensando.
-Mentira.¿Dónde está la red?¿Y los reclamos?¿Y los varales? Me estáis engañando. A papá se lo digo.¡Liones!
Manolo aceleró el paso y Lucas hizo lo mismo.
-La red está escondida en la viña de "atrás" (Tras) de Regla. La escondimos ayer. Y los reclamos los lleva El Peorro, que nos está esperando en La Laguna desde hace un rato. So pelmazo.¡Chivato!
-¡Mentira, lión!Yo me vuelvo al colegio.
Manolo le tiró la artillería pesada desde lejos antes de tener que abortar la operación.
-Como no vengas aquí corriendo vas a coger un resfriao; pero ¡rodando!
Carmelo vio cómo su hermano mayor deshacía el camino levantando una polvareda de arena roja.Tiró la caña sobre los higos de sangre e inició un tímido trote de gorrión derrotado.
-Vale, vale. Voy, voy.
-Te he dicho que tenemos la red en el campo y es verdad. Corre.
 

Los cañaverales a lado y lado del camino, más tupidos en la curva, pronto dejaron ver la alambrada de espinos y el portillo de enganche. Lucas llegó el primero, desenganchó la presilla de alambre del poste y levantó la portela para zafarla de abajo. Se adentró en la viña y fue directo hacia una de las cepas de moscatel más tupidas. Hurgó con decisión entre los sarmientos, que ya dejaban soltar sus hojas casi sin oponer resistencia, y sacó el saco con el tesoro que durante tantas jornadas habían preparado.
Manolo dio un nuevo aliento a Carmelo mientras dejaba la portela como estaba, sin quitar la mirada del cielo.
- ¡Un bando de chamarices! Ya mismo vas a estar jalando, Pelmacillo.


miércoles, 2 de febrero de 2011

ACEITUNAS EN EL TIRO PICHÓN


Maruja reía con los ojos casi cerrados, apoyando su melena rubia en uno de los sacos de pienso sobre los que estaba sentada. No sabía lo que hacer con las piernas y las cruzaba, las levantaba, las apretaba contra los sacos de papel. Había enviado a sus sobrinos a coger los huevos al gallinero solo para picar a su hermano José María.
La mañana radiante abriá la puerta a una tarde de tormentas en aquella última semana de mayo. Maruja mordisqueaba las primeras peritas de la temporada, manchándolas con sus labios de muchachita que ella misma había pintado con moras.
-José Manuel, coge los huevos y deja de dar patadas a los conejos, que se va a enfadar el tito José María.
Lo decía a voces para que llegase a los oídos de su hermano.
-Ha sido Carmelo.
Carmelo no comprendió muy bien la acusación, pues ni él ni su primo habían coceado conejo alguno.
-¡Chiquillo, deja tranquila a esa coneja! ¡Que está preñá!¿No ves que la vas a matar?-gritó Maruja con la cara vuelta hacia el distribuidor de la casa.
José María no oía nada porque estaba demasiado ocupado en la rosaleda de la parte delantera de la casa. La lluvia daba una tregua y aprovechaba para recortar algunos brotes marchitos, al tiempo que preparaba un gran haz de rosas para renovar los jarrones del salón. Los balonazos de sus sobrinos eran más dañinos que los pulgones, aunque los rosales se habían sabido defender mejor de la pelota que de los mamones de los pulgones.
En el gallinero se formó la de San Quintín pues Maruja seguía gritando y dando ideas a los recolectores de huevos. Hasta que a uno de sus sobrinos se le descarriló una patada sobre el pecho del gallo dominante.

Rosario dejó la cocina y se acercó hasta el gallinero. Abrió la puerta de tela metálica e invitó a los dos cromos a salir con las manos llenas de huevos. Sonreía enérgicamente, más socarrona que severa.
-Ya estais llevando esos huevos a la cocina.
José Manuel estaba disfrutando con el estrépito de plumas y cacareos que se formaba cada vez que Carmelo pillaba de bolea al gallo.
-Tita, quedan más.
-Llévalos y ahora vienes a coger el resto.¿No ves que no te caben en las manos? Y tú, Carmelo, deja al pollo tranquilo, que le vas a quitar la ilusión por vivir.
-Ya voy, tita. Me ha picao.
-Deja de darle patadas, hombre. Dáselas a la pelota.
-Se ha pinchao en los rosales.
Maruja dejó su trono de sacos justo cuando vio a su padre acercándose por la viña y corrió hacia el gallinero para limpiarlo de huevos. Elevó la voz y avisó a todos los de la casa.
-Ahí viene papá.
El abuelo entró casi empapado, seguido de sus hijos Antonio y Manolo. Se limpiaron las pergañas en el escalón de la entrada y se sacudieron el agua agitando los cuerpos, como los perros cuando salen del agua.
Manuel explicó que una higuera se había venido abajo.
-Nos ha pillado el chaparrón en la Alcancía. Nos metimos debajo de una higuera y cuando dejó de llover, nos vinimos. Justo entonces, se rajó la higuera y se ha abierto en dos.
Los nietos se tragaron la historia y sus hijas no.
-Es verdad. Por poco no nos cae encima.-dijo Antonio.
Las mujeres no tragaban.
Manolo lo corroboró remedando el crujido de la higuera al resquebrajarse como si lo trajera grabado en un magnetófono.
-¡Rrrrrrjjjjjjjjjjjcreeeeeejjjjjjjjjjjjjjjjcreeeeeeeeeeeeeiiiiiieeeeecccc! Eso es lo que ha hecho la higuera. Y se ha descuajaringao enterita.
Bordó de tal manera la onomatopeya que despejó cualquier duda sobre la realidad de lo ocurrido.
Luego se dirigió a su hijo mientras besaba a su madre.
-José Manuel, hijo, reparte besos a los abuelos, a las titas y a los titos, que nos vamos antes de que vuelva a llover. Besó a Carmelo y salió entre rosas y granados, pisando chinos hasta la carretera.
Su hijo le siguió con toda la cara pintorrasqueada de moras y de churretes, auténticas muestras de un día bien aprovechado.
Antonio pasó a la salita con su padre y saludó a su hermana Victoria antes de sentarse a su lado.
-¡Hay que ver la que ha caído en un momento!
-Y la que va a caer. Mira lo que viene por allí.-dijo Antonio señalando la negrura que se aproximaba desde Chipiona.

La sala de estar tenía un jarrón espléndido con rosas casi marchitas y José María entró con faena para todas las tijeras disponibles. Victoria y Rosario se encargaban de la renovación de las rosas mientras su madre se acercaba con el espléndido jarrón que lucía sobre la cómoda de su cuarto.
-Vamos a empezar por éste.-propuso Regla.
Carmelo cogió una rosa para echar una mano y se clavó una espina en la yema de un dedo.
-Yo te ayudo, abuela.
-¡Ya te hiciste sangre! Maruja, llévate al niño para que nos deje hacer algo.
-Esto no es ná, abuela. No me duele. Mira, mira lo que me ha hecho el pollo.
Le enseñó un par de picotazos en una rodilla, ya taponados por sendas bolitas de sangre cristalizada.
-Ya te he estado oyendo, mi vida. Anda, ve con la madrina, que te va a contar una historia de un perro.
La abuela miraba a Cirendisco, el perro que parecía disecado de lo tranquilo que era, y se lo pasó a su hija Maruja con lo primero que se le ocurrió.
-Ven aquí conmigo y siéntate en el trono. Te voy a contar una historia.
Maruja lo sentó entre sus piernas y le contó una historia muy rara mientras le acariciaba los rizos. Jugaba con ellos como si fuesen muelles, aplastándolos, estirándolos, metiendo sus finos dedos entre los tirabuzones...
-¡Hay que ver cómo te tiene tu madre! Pareces una niña con estos tirabuzones.
A Carmelo no le hizo gracia.
-¿Así vas a hacer la comunión?
A Carmelo no le hizo gracia.
-Me voy a vestir de almirante.
-¿Con esos tirabuzones?¡A ver si vas a ir de almiranta...!
A Carmelo no le hizo gracia.
-Yo, si fuera tú, me pelaba.
A Carmelo le gustó la idea.
-Espérame aquí que ahora vengo, tita.
Dejó el trono con cara de pocos amigos: de ninguno, y entró en la habitación de la abuela. Fue flechado hasta la canastilla de la costura donde Regla guardaba sus tijeras como oro en paño. El espejo de la cómoda le hizo el avío a lo justo. Dejó las tijeras en su sitio y corrió hacia el trono de sacos de pienso para tirarse en los brazos de su madrina.
-¿Y ahora, de qué voy a hacer la comunión? ¡Eh! ¿De almirante o de almiranta?
Maruja reía hasta que tuvo que ir a orinar un restillo que le quedaba.
Carmelo no imaginaba que aquella noche se quedaría a dormir en el Tiro Pichón, el campo de sus abuelos. Su padre vio mejor que se quedase a dormir con su tía a pesar de haberse abierto un claro en el cielo que le permitió llegar al pueblo sin mojarse. A su mujer le dijo que el niño se quedó dormido y que no lo quiso despertar. A la mañana siguiente lo llevaría a la barbería para que lo emparejaran.
Los conejos salían de los cajones y las gallinas empezaban a tantear los palos. El gallo ya se había acomodado en lo más alto para soñar con los remates de Carmelo.
Maruja cogió una toalla húmeda para borrar de la cara de su ahijado las grecas morunas que ella misma le había pintado por la mañana. Regla y sus hijas controlaban las risitas como podían y se hacían gestos imaginando la que iba a liar Paquita cuando viese lo que había hecho el niño con la pelambrera de rizos.
Maruja cogió las tijeras para tratar de maquillar un poco el destropicio.Aguantó la carcajada y llamó a Carmelo para sentarlo en su regazo.
-Ven, que te voy a pelar mejor.
A Carmelo no le hizo gracia que su tía dudase de la calidad de su corte de pelo. Le vino a la memoria lo que le había dicho de almiranta y se cerró en banda a que le cortase el pelo una peluquera.
-A mí me pela el barbero.-refunfuñó.
Victoria relevó a la más pequeña de sus hermanas en su afán por arreglar un poco la desaguisada cabeza del pequeño gorrión.
-Ven, que te va a pelar mejor la tita Torra.
-¡Que no!¡Abuela, mira estas dos!
Rosario le acarició la nuca y le dijo que no se preocupara, que no lo iban a pelar porque por la mañana su padre lo llevaría al maestro Palillos y le daría un caramelo pinchado en un mondadientes.
El niño se relajó un poco y se sentó en la pierna de su abuelo a echarle una manita comiendo aceitunas. De las gordales moradas.
-Todavía amargujean un poco, ¿no, abuelo?
Las risitas no paraban.

Aliñando aceitunas

lunes, 24 de enero de 2011

LA PRINCESA Y EL ALMIRANTE

Insignia de los Caballeros de la Orden de Santiago




-Papá, dice don Ángel que el Pelma ya se sabe el Pedrenuestro, el Señor mío Jesucristo, el Credo y casi todo el catecismo; que, si tú quieres, ya puede hacer la Comunión.
Manolo le dio la noticia a Antonio sin poder disimular su satisfacción. Llevaba varias semanas preparando el catecismo y las oraciones básicas con sus hermanos menores. Mari ya gozaba del visto bueno del párroco desde la semana anterior y Carmelo tuvo que aprender a marchas forzadas, pues debía estar dispuesto para finales de mayo. Así que, entre Mari y Manolo aplicaron a Carmelo un cursillo intensivo de Catecismo e Historia Sagrada...algo parecido a un bombardeo de preguntas y respuestas que pronto dio su fruto.
Antonio no estaba menos orgulloso. Le hizo unas preguntillas de tanteo y se dio por conforme con las respuestas de Carmelo.
-Muy bien. Papagalleao, pero bien.
Manolo invitó a su padre a que le pidiese al pequeño gorrión que cantara. Lo hizo aguantando la risa, con cierta complicidad que no pasó por alto su padre.
-Venga, hijo, canta lo que has aprendido hoy.
Carmelo arrancó sin hacerse rogar.

Desde el principio
al sanatorio;
del sanatorio
hasta el pinar.

Antonio y sus hijos se carcajearon un buen rato sin que Carmelo supiese por dónde iban los tiros.
-Leer lee bien; pero de oreja está fatal. Habrá que arreglarle el traje que te regaló la abuela y recogerle de largo, que éste hace mucho menos bulto que Lucas. Ya verás cómo entre tu madre y tu tía se lo dejan como un guante.
Manolo abrazó a Carmelo y Mari le enseñó las fotos de sus hermanos con el traje de Caballero de la Orden de Santiago, "con hombreras de almirante", como decía Lucas.
Mari le metió  por los ojos a Carmelo las dos fotos de los almirantes de la orden, Manolo y Lucas, al tiempo que le gritaba.
-¿Te dije que cuando te aprendieras bien el Credo lo demás estaba chupao?¡Harás la Primera Comunión conmigo!¡De almirante! Tú de almirante y yo de princesa.
-¿Y tu traje?-preguntó Antonio a su hija.
-Lo están arreglando entre mamá y la tita. Me lo pruebo mañana otra vez.
Antonio se dirigió a su primogénito y le reconoció con serenidad que había hecho un buen trabajo con Carmelo y con la niña.
-Cuando el niño haga la Comunión os voy a cambiar de colegio a los tres. Los frailes están abriendo uno nuevo Tras de Regla. Os pillará más lejos, pero quiero que estéis allí.
Manolo abrió los ojos de par en par.¡No podía creerlo!
-Es muy grande, Papá. Está en el camino de la Laguna, junto a la Tapia de los Moros.
-Allí estaréis para el próximo curso.
-Aquello está plagao de pájaros.-dijo Manolo frotándose las manos.

lunes, 17 de enero de 2011

TARZÁN EN LA HIGUERA DE PEPÍN



La fachada del Gran Cinema estaba recién blanqueada y los albañiles recogían desconchados en el interior del cine de verano. Las puertas estaban de par en par, como si hubiera terminado la función de los sábados. Las carteleras descansaban recién clavadas en el interior del patio de butacas esperando que secara la pared. Antonio retiró los carteles de los fotogramas sobrantes y clavó el rótulo de "próximamente" sobre el marco del tablero.
-Primo, trae aquella tira de cartulina del mostrador; la que pone "autorizada para todos los públicos".
Carmelo se vio dentro del cine, ayudando a montar una de las carteleras a un primo de su padre. Venía del colegio tirando piedras con sus amigos y firmaron una tregua para ver cómo preparaban el cine para la temporada de verano.
Entró, cogió el rótulo del mostrador del ambigú y se lo acercó a El Bizco.
-Primo, ¿cuándo abren el cine?
Antonio permaneció de rodillas mientras clavaba el "autorizada" tratando de sujetar el resto del letrero con la mano del martillo.
-¿Dónde coño se habrá metío el niño? A ver, hijo, aguanta tú aquí un momento.
Carmelo miraba las fotos con los ojos más abiertos que la boca y se agachó para sujetar el rótulo.
Antonio le informó que aún faltaban un par de semanas para comenzar porque el maquinista aún no había terminado de montar las máquinas de proyeción.
-Ahora estamos preparándolo todo. Tenemos que blanquear, arreglar las butacas, fregarlas; poner a punto los cuartos de baño, el ambigú...
Carmelo hizo un gesto a sus amigos de apedreo para que se acercasen a la cartelera yacente. Todos se embobaron viendo la exposición de fotogramas de "Tarzán en Nueva York".
De la parte de los servicios se acercaba un mozo con paso tranquilo. El Bizco le gritó con desesperación.
-¡Millán!¿Dónde coño te metes?
-¡Ni cagar puede uno!
-Nos vamos, primo.-se despidió Carmelo.


                                                          ***

La cartelera aguantó en la misma alcayata desde mediados de junio hasta el primer fin de semana de septiembre. Durante ese tiempo fue preciso restituirle un par de fotogramas que habían desaparecido de la exposición  por arte de birlibirloque. Las fotos supervivientes tenían un color de chochomona que contrastaba descaradamente con los dos flamantes fotogramas acharolados.
Guillermo y Emilio también desgastaban las carteleras de Tarzán en Nueva York, de tanto mirarlas, y tenían a toda la familia Olave aburrida de preguntarles por la fecha del estreno. José Luis, Paco, María Luisa, Cari, María del Carmen...siempre sonreían y contestaban con un "ya falta menos".
A Emilio no se le iba por alto el drama.
-El verano se va y han puesto todas las películas menos la de Tarzán en Nueva York.
Guillermo cogió carrerilla y saltó hasta lograr asirse de una de las ramas principales del moral de la esquina de don José Caballero, frente a La Plancha. Motivado de tanto ver las carteleras de Tarzán, siguió trepando casi hasta la copa, moneando como Chita. Miró al frente y no dijo ¡eureka! porque nunca lo había oído decir.
-¡Quillo!¡Desde aquí se ve el cine!¡La pantalla entera!
A Emilio le faltó el tiempo para emular a su primo y se acomodó sobre otra rama.
-¡Sube, Carmelo! Desde esta palanca también se ve toda la pantalla.
Carmelo subió y buscó acomodo en la palanca que quedaba libre. La pantalla pillaba algo lejos, pero se veía al completo.
Durante el resto del verano disfrutaron de una novedosa manera de ver el cine de válvula, aunque la acústica no era muy buena por mor del trasiego de gente a sus pies y del viento variable. Las risas estaban garantizadas aunque la película fuese de terror.


Lucas, los aguilitas, los cascarillas y su primo Dominguito, el Mancebo, habían descubierto otra veta para ver el cine gratis desde el exterior.
En el campo de Pepín Sánchez, que lindaba con la tapia lateral del Gran Cinema, había una higuera jaquetona de brevas negras. Era una higuera de tres cosechas: las brevas, los higos y, entremedias, el cine durante todo el verano. Desde sus ramas más altas se podía vislumbrar la pantalla del cine si se sabía mirar entre los cañizos.La pantalla se veía sesgada, pero se oía bien y sobraba imaginación para añadir a la mente lo que el ojo no lograba acercar al cerebro.
Carmelo cuadrapeó algunas películas a caballo entre la higuera y el moral. Lo que oía en una no lo veía en la otra, y viceversa. No vio una película en condiciones en todo el verano pero disfrutó haciendo el tarzán de árbol en árbol. El cine le daba igual.

lunes, 10 de enero de 2011

LA GRAN RECALÁ

El Muellecito (Gentileza de "Salvemos el Muellecito de Chipiona")

El Muellecito, casi cubierto; la mar, ligeramente rizada.¡ De dulce!
Los pulidoros ocupaban la cubierta, casi al completo. Poco a poco, como quien no quiere la cosa, se fueron adueñando de la punta del embarcadero, la parte más cotizada. Los misas se calentaban en la arena a la espera de la pleamar. Les acompañaban los marpegas, los mayoyos y los dos violos chicos. Los boedos se acercaban desde el bar Playa, el de la Playa, con la barriga hinchada y surcada por los chorreones de agua del búcaro.
La brisa se fue espesando y el olor a sardinas se diluía bajo el aroma de los pajaritos de huerta. Los cuernos de cabra de la última fritada se apropiaron el aire de tal manera que casi no se podía oír con nitidez "La playa estaba desierta, el mar bañaba tu piel, cantando con mi guitarra..."
Los últimos comensales apuraban el tintorro y se afanaban en agotar los mondadientes y las finas servilletas de propaganda.
"Para tí, María Isabellllllll"
-¿Qué van a tomar de postre los señores?
-¿Qué hay?
-¡Qué va a haber!¡ Aquí estamos!

"Vamos a la playaaaaaaaaaaaa, calientaa el sooooolllllll"

Segundo y Carmelo atravesaron el bar pisando las colillas y los platillos de cerveza ocultos entre las bolas de servilletas y los carrozos de los pimientos fritos.

Serían ya los primeros días de septiembre pues sus pies apenas notaban diferencias entre la basura y los desperdicios.
Carmelo dio una palmetada sobre la máquina de los discos, harto ya "coge tu sombrero y póntelo..."; con la mala suerte de caerle el tinto a un chavalote achicharrado, con la cara pintada de crema blanca entre pellejitos sueltos. Se desafiaron con las miradas en el momento del "chibiribirí po po po pó..." y Carmelo disparó primero.

-¿Tiene usted hora?
-Las cuatro en punto, miarma.

Al bajar la tosca escalerilla del Tani, todas las miradas se clavaron en Segundo. Parecía que estuviesen esperándolo.
Manolo, el de Concha, más conocido entre sus amigos como El Moñi, se hizo cargo de la megafonía inalámbrica, se arrimó las dos manos a la boca y gritó como si hubiese entrado un oficial a bordo.
-¡Euuu!¡ Ellllllllll Gunnnnnnn-DO! ¡Hoy tenemos RE-CA-LÁS!
Manolín y Paco se acercaban desde la caseta de Paco Lozano, trotando por la orilla. Los dos primos aceleraron hasta que la arena se hizo más blanda, ya tras la rabadilla de la pared del corral.
El Moñi, auténtico show-boy, hizo los honores al recién llegado.
-¡Euuu! ¡Ese ce-pi.-llaaaaaaaaa-ZO!
Al poco, ya casi sin resaca, la mar dijo ya no subo más. Asomó Aurelio sobre las uralitas del bar como si hubiese estado oculto durante horas y reclamó la atención de la concurrencia.
-¡Quillo! ¡Quitarse, que me tiro!
Amagó, dio media vuelta y se lanzó a la arena desde el muro que daba fin al paseo.
Se frotó las manos para quitarse la arena y para alegrarse por la presencia de Segundo.
-Gundo. ¿Te echas una varita a recalá?
Segundo le aceptó el reto levantando el hocico con seguridad.
-Contigo y con quien quiera.

El Espigüi, los chocos, los vardeles, los pastorinos,los lozanos, los mayoyos, los misas, los cascarillas, los zarazagas, los cubalas, los culocorchos, los querys y otras sagas y gente suelta se sometieron al arbitraje del mayor de los pulidoros. Las reglas eran muy sencillas:
Cada participante se lanzaría, por turnos, desde la punta del Muellecito. Ganaría quien saliese del agua a mayor distancia del punto de lanzamiento. El cuerpo tenía que quedar totalmente sumergido, quedando prohibido nadar en superficie. Segundo había puesto como condición para participar que sería el último en lanzarse. Y se le aceptó.
Los más pequeños comenzaron la ronda de recalás, con sus piques.
Carmelo aprovechaba el día de playa hasta que el sol le decía adiós.

Aurelio se quedó a unos metros de la punta del corral y casi entrega la pelliza.
Fue superado por casi todos los mayores.
El segundo de los pulidoros, Manolo El Jarabo, sobrepasó la punta del corral de sobra. La distancia parecía insuperable. Y un "¡Oh!" silenció la playa cuando asomó su pelo quemado a una distancia imposible para los demás.
Segundo tomó aire y se perdió bajo el agua. Todo el bar miraba hacia la mar. La orilla estaba cuajada de curiosos, como si estuviesen embarcando a la Virgen del Carmen desde la roca.
-¡Ese chavea no sale!¡ A ese nota le ha pasao algo!
El público empezaba a inquietarse y se alzaron algunas voces requiriendo a la Guardia Civil.
El Gundo nunca imaginó que hubiese tanta gente con ganas de verlo. Hasta que lo comprobó con sus propios ojos, sentado en la orilla, entre el gentío.
Había pasado al corral de La Longuera trascalando en sentido contrario al que todos esperaban y llevaba un rato mirando las espaldas de los alarmados buceadores.
Sintió apuros y rompió la espectación.
-¡Quillo, tranquilos, que estoy aquí!
Mezcló unas risas con los insultos de la gente y corrió a tirarse en la arena calentita.
Los bañistas fueron encajando la broma y le hicieron compañía lanzándose bocabajo con las manos en el pecho para estamparse unas costillas o un corazòn, al gusto.



Esta entrada se la dedico a mis amigos del Facebook, especialmente a "Salvemos el Muellecito de Chipiona" por dar la talla en la recuperación del histórico embarcadero.


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