viernes, 22 de octubre de 2010

ENTRE ADOQUINES


Los primeros americanitos avivaron la codicia y el mercantilismo entre los chiquillos que jugaban con canicas de fabricación propia. El barro cocido era el material más socorrido para fabricar bolos de baja calidad. Se cotizaban a meco el bolo* hasta que llegaron los americanos con canicas multicolores de mármol o de cristal, y ya no los quería nadie. Los de arenilla, en cambio, tenían un mérito enorme, pues había que sacarlos desgastando un trozo de ladrillo tosco. Eran porosos y ligeros. Nadie soltaba uno por menos de diez mecos. Incluso estaba bien visto que el propietario no lo entregase ni aun habiendo perdido la partida, argumentado que “era su bolo de maña”.
El taleguillo* de un americano despertaba la misma expectación que el muestrario de un traficante de diamantes. Y lo que sobraba al personal de la época eran ingenio y escrúpulos, como casi siempre que escasea el dinero.
A medio camino entre la puerta de la escuela de Don Antonio y la barbería de Paquito El Barbero se concentraban los chavales para jugar al bolo. El suelo estaba pavimentado de adoquines de granito, de los grandes. Sólo los mejores se atrevían a jugar en los adoquines, pues los rebotes de las canicas hacían impredecible la dirección que tomarían. Había que ser muy astuto y tener mucho tino para jugar con quienes sacaban de patilla un bolo de mármol de detrás de un adoquín, apenas viéndole la coronilla.
Algunas partidas llegaban a gozar de gran expectación. Especialmente las que se jugaban “a perseguir”* , en las que se podían usar varios hoyuelos.Los más pequeños jugaban al comienzo del tramo adoquinado de la Calle Larga, junto a la casa de Ceballos y frente al cubil del corsario; los medianos, frente al nicho de la O.N.C.E; y, los mayores, a partir de la oficina de Telégrafos.
A los mayores se le desencajaban los ojos cuando pasaban por delante de los pequeños y medianos y veían los taleguillos* repletos de diamantes que exhibían los americanitos.
Fernando, Eduardo, Manolo, Lucas, Perico, Toni y un largo etcétera descubrieron con alegría que los americanos eran de trato fácil y generoso. Hasta que se espabilaron y no había quien les sacase un bolo. Los peloteros de americanos * empezaron a dar en hueso y hubo que recurrir a la ingeniería para sacarles los bolos.
Fernando, Manolo, Pepe y Lucas llevaban días planificando la obra que ejecutarían aquella tarde. Lucas y Manolo no pudieron deshacerse del pelmazo de Carmelo y lo tuvieron que llevar consigo e involucrarlo en la operación.
-Pelma, coge el taleguillo* de los bolos que nos vamos a la Calle Larga.-le dijo Manolo.
-Y no le digas a nadie lo que vamos a hacer o te vas a llevar un repaso.-añadió Lucas con toda la amabilidad que pudo.
Recogieron a Pepe por la zapatería de Casimiro y giraron en la tienda de Ricardo para las cuatro esquinas, donde esperaba Fernando apoyado en el cierro* de la barbería.
-No pasa casi nadie. ¿Empezamos?- animó Fernando.
Pepe sacó una cuchara grande, Lucas un cuchillo y Manolo, su navaja de piñón con las cachas de nácar.
-Esa navaja es mía.-dijo Lucas reclamándola.
-Anda ya. Luego te la doy en casa. ¿No tienes el cuchillo?
-Sí, pero…
-Poeso*.
Levantaron cuatro adoquines para cavar un conducto desde el juñuelo* hasta la cámara, imitando la estructura de un hormiguero. La cámara, como la olla de las hormigas aludas, almacenaría los bolos de los incautos en el nivel inferior, “por gravedad dirigida”.  Los cuatro ingenieros tardaron un par de horas en cavar la galería y suavizar la pendiente para que ninguna canica se detuviera en el camino a la panza del robabolos *. Seguidamente acumularon cascotes de ladrillos de gafas capaces de sostener el peso de los adoquines sin obstaculizar el tobogán de caída.
-Dame un bolo, Pelma, que lo vamos a probar antes de cerrar.-ordenó Lucas a su hermano.
Carmelo sacó del bolsillo un bolindre* de barro achatado por los polos, como el planeta azul, pero en marrón; y se guardó el bolo de maña* en el otro bolsillo. Era de arenilla y no estaba dispuesto a perderlo así como así. ¡Apañado iba Lucas si creía que le iba a dar el de maña!
Manolo y Pepe vieron la maniobra y se estuvieron riendo un rato.
-Vale, si éste llega abajo, llegarán todos.-dijo Lucas convencido.
Lo soltó en la parte más alta del plano inclinado y consiguió una rápida y gratificante sonrisa de aprobación por parte todos. Especialmente de la cara de Carmelo, que no tendría que sacrificar más bolindres por la causa.
-¡A tapar con mucho cuidado!.-dijo Fernando, visiblemente emocionado mientras colocaba con mimo uno de los adoquines que habían retirado.
El último adoquín quedó de nuevo en su sitio. Fernando llevó una escoba de su casa y Pepe fue apartando la arena sobrante, dispersándola por la cuneta. Nadie diría que había sido manipulado para ocultar una trampa maestra. Solo se veía el hoyuelo.
Era la tarde de uno de los últimos domingos de octubre, a punto de entrar en el tiempo de los trompos, que coincidía con el de las castañas. A la tarde siguiente harían la real cuando los niños saliesen del colegio y los bolos de cristal y de mármol cambiaran de manos. Urgía animar a los pequeños y medianos para que jugasen en la zona de los mayores. A los americanos se les permitió integrarse totalmente en el juego.
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