miércoles, 2 de febrero de 2011

ACEITUNAS EN EL TIRO PICHÓN


Maruja reía con los ojos casi cerrados, apoyando su melena rubia en uno de los sacos de pienso sobre los que estaba sentada. No sabía lo que hacer con las piernas y las cruzaba, las levantaba, las apretaba contra los sacos de papel. Había enviado a sus sobrinos a coger los huevos al gallinero solo para picar a su hermano José María.
La mañana radiante abriá la puerta a una tarde de tormentas en aquella última semana de mayo. Maruja mordisqueaba las primeras peritas de la temporada, manchándolas con sus labios de muchachita que ella misma había pintado con moras.
-José Manuel, coge los huevos y deja de dar patadas a los conejos, que se va a enfadar el tito José María.
Lo decía a voces para que llegase a los oídos de su hermano.
-Ha sido Carmelo.
Carmelo no comprendió muy bien la acusación, pues ni él ni su primo habían coceado conejo alguno.
-¡Chiquillo, deja tranquila a esa coneja! ¡Que está preñá!¿No ves que la vas a matar?-gritó Maruja con la cara vuelta hacia el distribuidor de la casa.
José María no oía nada porque estaba demasiado ocupado en la rosaleda de la parte delantera de la casa. La lluvia daba una tregua y aprovechaba para recortar algunos brotes marchitos, al tiempo que preparaba un gran haz de rosas para renovar los jarrones del salón. Los balonazos de sus sobrinos eran más dañinos que los pulgones, aunque los rosales se habían sabido defender mejor de la pelota que de los mamones de los pulgones.
En el gallinero se formó la de San Quintín pues Maruja seguía gritando y dando ideas a los recolectores de huevos. Hasta que a uno de sus sobrinos se le descarriló una patada sobre el pecho del gallo dominante.

Rosario dejó la cocina y se acercó hasta el gallinero. Abrió la puerta de tela metálica e invitó a los dos cromos a salir con las manos llenas de huevos. Sonreía enérgicamente, más socarrona que severa.
-Ya estais llevando esos huevos a la cocina.
José Manuel estaba disfrutando con el estrépito de plumas y cacareos que se formaba cada vez que Carmelo pillaba de bolea al gallo.
-Tita, quedan más.
-Llévalos y ahora vienes a coger el resto.¿No ves que no te caben en las manos? Y tú, Carmelo, deja al pollo tranquilo, que le vas a quitar la ilusión por vivir.
-Ya voy, tita. Me ha picao.
-Deja de darle patadas, hombre. Dáselas a la pelota.
-Se ha pinchao en los rosales.
Maruja dejó su trono de sacos justo cuando vio a su padre acercándose por la viña y corrió hacia el gallinero para limpiarlo de huevos. Elevó la voz y avisó a todos los de la casa.
-Ahí viene papá.
El abuelo entró casi empapado, seguido de sus hijos Antonio y Manolo. Se limpiaron las pergañas en el escalón de la entrada y se sacudieron el agua agitando los cuerpos, como los perros cuando salen del agua.
Manuel explicó que una higuera se había venido abajo.
-Nos ha pillado el chaparrón en la Alcancía. Nos metimos debajo de una higuera y cuando dejó de llover, nos vinimos. Justo entonces, se rajó la higuera y se ha abierto en dos.
Los nietos se tragaron la historia y sus hijas no.
-Es verdad. Por poco no nos cae encima.-dijo Antonio.
Las mujeres no tragaban.
Manolo lo corroboró remedando el crujido de la higuera al resquebrajarse como si lo trajera grabado en un magnetófono.
-¡Rrrrrrjjjjjjjjjjjcreeeeeejjjjjjjjjjjjjjjjcreeeeeeeeeeeeeiiiiiieeeeecccc! Eso es lo que ha hecho la higuera. Y se ha descuajaringao enterita.
Bordó de tal manera la onomatopeya que despejó cualquier duda sobre la realidad de lo ocurrido.
Luego se dirigió a su hijo mientras besaba a su madre.
-José Manuel, hijo, reparte besos a los abuelos, a las titas y a los titos, que nos vamos antes de que vuelva a llover. Besó a Carmelo y salió entre rosas y granados, pisando chinos hasta la carretera.
Su hijo le siguió con toda la cara pintorrasqueada de moras y de churretes, auténticas muestras de un día bien aprovechado.
Antonio pasó a la salita con su padre y saludó a su hermana Victoria antes de sentarse a su lado.
-¡Hay que ver la que ha caído en un momento!
-Y la que va a caer. Mira lo que viene por allí.-dijo Antonio señalando la negrura que se aproximaba desde Chipiona.

La sala de estar tenía un jarrón espléndido con rosas casi marchitas y José María entró con faena para todas las tijeras disponibles. Victoria y Rosario se encargaban de la renovación de las rosas mientras su madre se acercaba con el espléndido jarrón que lucía sobre la cómoda de su cuarto.
-Vamos a empezar por éste.-propuso Regla.
Carmelo cogió una rosa para echar una mano y se clavó una espina en la yema de un dedo.
-Yo te ayudo, abuela.
-¡Ya te hiciste sangre! Maruja, llévate al niño para que nos deje hacer algo.
-Esto no es ná, abuela. No me duele. Mira, mira lo que me ha hecho el pollo.
Le enseñó un par de picotazos en una rodilla, ya taponados por sendas bolitas de sangre cristalizada.
-Ya te he estado oyendo, mi vida. Anda, ve con la madrina, que te va a contar una historia de un perro.
La abuela miraba a Cirendisco, el perro que parecía disecado de lo tranquilo que era, y se lo pasó a su hija Maruja con lo primero que se le ocurrió.
-Ven aquí conmigo y siéntate en el trono. Te voy a contar una historia.
Maruja lo sentó entre sus piernas y le contó una historia muy rara mientras le acariciaba los rizos. Jugaba con ellos como si fuesen muelles, aplastándolos, estirándolos, metiendo sus finos dedos entre los tirabuzones...
-¡Hay que ver cómo te tiene tu madre! Pareces una niña con estos tirabuzones.
A Carmelo no le hizo gracia.
-¿Así vas a hacer la comunión?
A Carmelo no le hizo gracia.
-Me voy a vestir de almirante.
-¿Con esos tirabuzones?¡A ver si vas a ir de almiranta...!
A Carmelo no le hizo gracia.
-Yo, si fuera tú, me pelaba.
A Carmelo le gustó la idea.
-Espérame aquí que ahora vengo, tita.
Dejó el trono con cara de pocos amigos: de ninguno, y entró en la habitación de la abuela. Fue flechado hasta la canastilla de la costura donde Regla guardaba sus tijeras como oro en paño. El espejo de la cómoda le hizo el avío a lo justo. Dejó las tijeras en su sitio y corrió hacia el trono de sacos de pienso para tirarse en los brazos de su madrina.
-¿Y ahora, de qué voy a hacer la comunión? ¡Eh! ¿De almirante o de almiranta?
Maruja reía hasta que tuvo que ir a orinar un restillo que le quedaba.
Carmelo no imaginaba que aquella noche se quedaría a dormir en el Tiro Pichón, el campo de sus abuelos. Su padre vio mejor que se quedase a dormir con su tía a pesar de haberse abierto un claro en el cielo que le permitió llegar al pueblo sin mojarse. A su mujer le dijo que el niño se quedó dormido y que no lo quiso despertar. A la mañana siguiente lo llevaría a la barbería para que lo emparejaran.
Los conejos salían de los cajones y las gallinas empezaban a tantear los palos. El gallo ya se había acomodado en lo más alto para soñar con los remates de Carmelo.
Maruja cogió una toalla húmeda para borrar de la cara de su ahijado las grecas morunas que ella misma le había pintado por la mañana. Regla y sus hijas controlaban las risitas como podían y se hacían gestos imaginando la que iba a liar Paquita cuando viese lo que había hecho el niño con la pelambrera de rizos.
Maruja cogió las tijeras para tratar de maquillar un poco el destropicio.Aguantó la carcajada y llamó a Carmelo para sentarlo en su regazo.
-Ven, que te voy a pelar mejor.
A Carmelo no le hizo gracia que su tía dudase de la calidad de su corte de pelo. Le vino a la memoria lo que le había dicho de almiranta y se cerró en banda a que le cortase el pelo una peluquera.
-A mí me pela el barbero.-refunfuñó.
Victoria relevó a la más pequeña de sus hermanas en su afán por arreglar un poco la desaguisada cabeza del pequeño gorrión.
-Ven, que te va a pelar mejor la tita Torra.
-¡Que no!¡Abuela, mira estas dos!
Rosario le acarició la nuca y le dijo que no se preocupara, que no lo iban a pelar porque por la mañana su padre lo llevaría al maestro Palillos y le daría un caramelo pinchado en un mondadientes.
El niño se relajó un poco y se sentó en la pierna de su abuelo a echarle una manita comiendo aceitunas. De las gordales moradas.
-Todavía amargujean un poco, ¿no, abuelo?
Las risitas no paraban.

Aliñando aceitunas

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