domingo, 24 de octubre de 2010

EL HOMBRE DE LAS CEJAS SONRIENTES

Óleo de Ricardo Lorenzo Mellado


A la hora de la siesta estaba la dársena del muelle de bote en bote. Faltaría algo más de medio metro para que el agua alcanzase la misma altura que el puente. La motora del práctico permanecía atracada en la escalerilla desde la bajamar.Al embarcadero se accedía desde la dársena por el puente.
La pareja de la Guardia Civil llevaba más de una hora sin moverse del puente, frustrando todo conato de salto.
Todos los presentes sabían que no era lo normal. Los civiles solían asomarse un rato y luego volvían a vigilar otras zonas. Iban hacindo rondas. Eso era lo normal. Los bañistas más atrevidos les cogían las vueltas y aprovechaban la situación para lanzarse desde el puente; aunque fuese volando por encima de los barcos. Cuando volvían a la dársena, se corría la voz y los saltadores hacían un esfuerzo por moderar sus volteretas temerarias. Nadie ponía un pie encima de un barco. Mucho menos si se trataba de la motora.
Aquella tarde había que coger número para sentarse  en los escalones del muro exterior del muelle.
La ocasión la estaban pintando calva para hacer acopio de una buena morterada de plomos. Ya habían decidido dejar el baño para mejor ocasión y dedicar la tarde a fundir metales.La gente observaba sentada sobre las redes y Guillermo no desaprovechaba la ocasión para chorrar  de las redes  algunos de sus peces más pesados.
Carmelo contactó con algunos compañeros de ocupaciones lúdicas extremas. Aquella tarde había allí casi más gente que en la procesión de la Virgen del Carmen.
-Olo, estamos cogiendo plomo para los cañoncitos.- le dijo a Manuel por lo bajinis- El Aure, El Guillermo y yo ya tenemos escondidos en la arena seis o siete.- añadió.
-Vale. Podemos fundirlos en el campo de mi tío Amadeo. ¿Se lo digo al Juaneque?-preguntó metiéndose de lleno en el negocio.
-Y a tu primo Rafael. Avísalo también. Teníamos pensado fundirlo en la huerta de Joselito, pero en lo de tu tío es mejor. Y tu primo nos va a hacer falta allí.
-Vale, Carmelo. Se lo digo a los dos y nos ponemos a coger plomos.
- Cuando yo me vaya del muelle, nos vamos todos, pero no todos juntos. ¿Vale?
-Vale.-asintió Manuel.
Plumilla de Manuel Miranda Navarrete

Carmelo subió los tres minúsculos escalones que le situaron en el rincón del que arranca el espigón. Llevaba dos plomos en cada bolsillo y estuvo observando los movimientos de los demás recolectores. No todos eran de su camarilla. Unos marineros sorprendieron a un pupilo azotando una boya de corcho con un trozo de red. La boya llevaba una  preciosa banderola verde y el sevillano se llevó una severa reprimenda. La reprimenda alcanzó la intensidad de fuerza cinco cuando uno de los marineros se dio cuenta de que la red estaba arripiá de plomos*. Se organizó una zapatiesta considerable.
Ni aún así dejaron los civiles el puente.
La cosa se estaba poniendo delicada. Carmelo vio acercarse en lontananza un coche negro que pasó por detrás de Villa Nerea y giró para entrar en el muelle. Le sorprendió que salieran cuatro guadias civiles de detrás de Villa Nerea y que se acercasen al coche misterioso. Lo alcanzaron cuando paró en la dársena, a la altura de la primera escalera del muelle.
Bajaron dos hombres trajeados y el chófer, que abrió la puerta del copiloto mientras los otros dos hombres se adelantaban unos metros. El chófer se giró para hablar con uno de los civiles antes de meterse en el coche y sacarlo marcha atrás hasta ocultarlo tras Villa Nerea.
Uno de los trajeados subió al primer escalón del muro dando un ágil salto y bajó cuando ocupó su puesto un guardia civil. Los otros tres civiles se adelantaron a los dos hombres trajeados.

Óleo de Alejandro Montalbán
Carmelo observó que llevaban varios maletines y que los civiles miraban como si buscasen a alguien. Avanzaban despacio, dando la sensación de que no querían llegar nunca hasta donde él se encontraba acorralado.  Recordó alguna de sus peores pesadillas.
El alboroto formado por los marineros continuaba y Carmelo decidió que era momento de abandonar la escena.
Bajó a la dársena y fue avisando a los recolectores.
-Kiyo. Nos vamos.-avisó a Guillermo, que estaba plácidamente sentado en un noray con los bolsillos repletos de plomos.
A los demás les fue dando el aviso con un movimiento de cabeza.
Iba tan nervioso que no pudo esquivar el choque con uno de los hombres trajeados. Al hombre se le cayó una caja al suelo y Carmelo se agachó para recogerla. A la caja se le había abierto la solapa y Carmelo vio su contenido: ¡Eran balas!
Carmelo sintió un tirón de la camisa y se quedó en el aire con la caja de balas en la mano. Hizo un gesto para dársela a un señor alto, con las cejas muy pobladas y una sonrisa abierta que le tranquilizó.
-Suéltalo, hombre, ¿no ves que es un niño? Lo has asustado- dijo el hombre de las cejas sonrientes al tiempo que cogía sus balas.- Gracias, valiente.-agradeció a Carmelo pellizcándole suavemente una mejilla.
Carmelo aún no se había meado encima, así que lo hizo sobre el muro cuando llegó a la última escalinata de hierro por la que se bajaba al muelle. Faltaban pocos metros hasta la rampa de servicio por la que subían o bajaban las embarcaciones; bien para botarlas, bien para calafatearlas en la ribera.

Plumilla de Manuel Miranda Navarrete
Contraviniendo el plan acordado, se le acercó Guillermo. Le recordó que se tenían que marchar por separado. Le advirtió de que en Villa Nerea estaba el chófer y que tenían que coger a la izquierda para meterse por la alambrada cuanto antes. Él iría delante y los esperaría donde empezaban los árboles. 
Guillermo le hizo saber que la pareja ya estaba en la caseta y que los civiles y los tres hombres trajeados se habían montado en la motora.
Observaron el puente repleto de gente tirándose al agua.Habían empezado a lanzarse desde el momento en que la motora puso popa a la escalerilla. Carmelo no se movió hasta que el práctico superó la cruz de hierro que avisaba a los navegantes de la escollera del Espíritu Santo,  por la que se embocaba el canal. Luego viró a poniente en la punta del espigón y se perdió.
Ya sólo quedaba el chófer, pensó.
Avanzó y saltó por la alambrada sin mirar para Villa Nerea. Se adentró entre los jopos de zorra, perdiéndose como una bicha en un vallao* de tunas.
El chófer no dijo ni mu .
Cuando llegó al primer naranjo volvió a marcar el territorio y esperó al resto de la caravana. La huerta le pareció enorme y se le antojó ideal para hacer de Tarzán. Necesitaba una lanza ¡ya!
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