martes, 2 de noviembre de 2010

LA FUNDICIÓN

Cañones antiguos


Estuvieron esperando ocultos entre la maleza hasta que llegó Olo con su primo Rafael.
-El Juaneque no viene, pero dice que le demos los cañones cuando estén fundidos, que él les hará el oído y cerrará la parte de atrás.-explicó Olo a los presentes.
Tanto él como su primo vestían bañador y traían los plomos en una mano, liados en la camiseta de tal manera que nadie diría que llevasen algo oculto. Guillermo, Carmelo y Aurelio soltaron lanzas y mazas para quitarse las camisetas y convertirlas en discretos maletines. Sus bolsillos agradecieron la descarga y sus muslos respiraron aliviados del roce y la presión que sobre ellos venían ejerciendo los trozos de plomo. Tuvieron que seleccionar la mejor de sus lanzas y dejar abandonadas las demás.
Carmelo se quedó con un carrizo provisto de un buen zorrotroco que había arrancado poco antes de que llegase Guillermo. Rafael soltó la miseria de caña que traía y pilló otra más contundente nada más soltarla Aurelio. Las lanzas se impusieron a las mazas por cuatro a uno.
La caravana partió con Olo y Rafael a la cabeza y los demás, en fila india, pisando sus huellas. Pronto abandonaron la maleza y pasaron por el sembrado de maíz recién regado. La arena de las tornas aún mantenía la tersura de la huella de la azada. Olo levantó su lanza y todos pararon para oír el agua correr por la acequia y el inconfundible sonido de la azada cavando para abrir y cerrar tornas. Sabía que el hortelano se daría cuenta de la presencia de la comitiva y decidió hablar antes de que apareciesen los problemas.
-José, soy yo, El Manolito.-dijo con la mayor suavidad que pudo.
Joselito se incorporó sorprendido y se apoyó con las dos manos en el pomo del cabo de la azada. Pasó una mirada inquisidora al resto de la caravana y no le gustó lo que veía. Pero le tranquilizó reconocer a Rafael en el carril.
-Venimos del muelle y hemos cortado camino porque a Rafael lo está esperando su padre desde hace un rato.-mintió Olo.
-No me gusta que os saltéis el alambrado. Y menos aún que piséis por los bancales. Que sea la última vez que pasáis por aquí.-sentenció Joselito.- No os salgáis del carril que os voy a estar viendo.-añadió apresurándose a cerrar una torna de dos certeras cavadas.
-Vale.-soltó con alivio Olo.
Pasaron por delante del pozo y no hubo tiempo para recrearse en la noria medio oculta por la higuera. Tampoco se refrescaron bajo el agua salpicona y fresca de otras ocasiones.
La carretera estaba ardiendo y pasaron de puntillas, como bailarines de ballet con diarreas en busca de un matojo. En El Punto hicieron parada y fonda sentados sobre la acera, a la sombrita. Repasaron el plan y se encaminaron a la casa de los abuelos de Olo y Rafael. Entrarían ellos por delante para ver si había moros en la costa y luego pasarían todos al corral. Rafael se encargaría de coger cerillas de la cocina, pues allí no fumaba nadie.
El abuelo estaba sobre una mecedora al final de la casapuerta y solo tuvo tiempo de advertir que dejasen tranquilas a las gallinas. Quiso mantener una conversación para ver quienes iban con sus nietos, pero se quedó hablándoles a las espaldas desnudas. El plan no admitía demoras. Además, hablar con personas mayores siempre estropeaba los planes porque parecían tener espías por todas partes.
Cruzaron la casa, el patio trasero, los gallineros, las conejeras, el palomar y finalmente, pararon entre el cañaveral y el vallado de higos melones fronterizo al descampado.
-Venga, vamos a poner todos los plomos aquí.-ordenó Aurelio sacando la lata del cañaveral.
No era la primera vez que fundían plomo. Tenían abierta la hoya donde harían la candelá y la leña estaba cerca, aunque dispersa para que no hubiese sospechas.
cañoncito montado

Amontonaron rastrojo en la hoya y Rafael le prendió fuego antes de que Guillermo arrimara el primer puñado de ramitas y de cañas secas. El humo blanquecino dio muestras de tener dificultad para sobrevivir y Rafael se tiró al suelo para soplar. Olo le acercó un trozo de cartón cuando el rastrojo rompió la espesura del humo. Rafael levantó pronto las llamas de la hoguera abanicándolo con el trozo de cartón. Luego tiró el soplador para que se lo comiese el fuego.
-Esto ya está. Ahora hace falta un cubo de agua.-dijo Carmelo.
-Yo lo traigo. Hay uno junto a las conejeras-se adelantó Guillermo.
Aurelio tenía los canutos de caña en la mano. Los había sacado del cañaveral, junto con la lata, que ya estaba repleta de trozos de plomo.
El fuego estaba en su punto para echarle un par de cepas y algunas tablitas que formasen un buen rescoldo; pero antes había que poner el ladrillo para estabilizar la lata del plomo.
-Venga, el ladrillo y la lata antes de las dos cepas.-dijo Olo con una cepa vieja en cada mano.
Carmelo colocó el ladrillo, se chamuscó las cejas y se apartó reculando con los ojos llenos de lágrimas. Aurelio asentó la lata sobre el ladrillo y tosió como si hubiese fumado un paquete de picaduras. Olo abrigó la lata, la arropó con dos cepas y se limpió las manos en los fondillos del bañador. Rafael avivó el fuego introduciendo tablillas entre los huecos y consiguió iluminar el final de la tarde.
Guillermo se había encargado de allanar la tierra y de compactada alternando el chapoteo de los riegos con el martilleo pilón realizado con una bobedilla de cerámica anaranjada. Llenó de nuevo el cubo de agua y lo dejó a la espera del plomo candente.
Aurelio esperó que el agua fuera absorbida por la tierra antes de oradarla con los canutos de caña. Lo hizo con sumo cuidado para dejar la superficie de los moldes lo más bruñida posible.
-Esto ya está preparado. Las tenazas y a echar plomo en cuanto se derrita.-apuntó Aurelio.
Las cepas ya estaban desmoronándose en ascuas y Carmelo las dirigió con el zorrotroco de su caña para que cayesen en derredor de la lata; en parte para que diesen más calor y en parte para que no cayesen dentro del crisol. Era importante que las brasas o la ceniza no contaminasen el plomo fundido.
-Venga. Vía libre, que voy con las tenazas.-dijo Olo cuando el plomo estuvo en su punto.
-Esto ya está. Ten cuidado al sacarlo que pesa y quema. Tranquilo.-advirtió Aurelio, que ya había volcado varias latas de plomo fundido.
-¡¡¡Cuidao con el jumito !!! Es venenoso. - gritó Guillermo.
Todos eran expertos fundidores. Lo habían visto hacer a sus hermanos mayores y ellos mismos habían realizado el mismo proceso en varias ocasiones. Estaban en el punto más delicado.
Olo se había ganado a pulso protagonizar el momento culminante de la fundición de los cañones. Se lo había ganado a pulso porque sostuvo la lata en la última operación y no la volcó. No había tenido muy buena puntería al verter el plomo en los moldes, pero nadie lo había hecho como él. Y estaba crecido. Esta vez afinaría la puntería.
Y así fue. Cogió la lata por el borde pellizcándola con las tenazas, apartó la cara lo que pudo y paseó el plomo viscoso hasta los moldes para soltarlo con precisión y seguridad sobre el mayor . Sin prisa y sin tregua fue repitiendo sobre los otros cuatro moldes, bastante más pequeños que el primero. Soltó las tenazas y la lata y metió la mano en el cubo de agua.
Ya había oscurecido y sabían que habría problemas en casa. Esperaron unos minutos a que solidificase el magma plateado en el interior de la tierra.
¿Los dejamos aquí y venimos mañana a recogerlos? Ya es muy tarde.-dijo Aurelio.
-Vale. Carmelo y yo nos quedamos para apagar el fuego y recoger los tiestos.-le contestó Olo.

Cañón en miniatura
Rafael entró en la casa de su abuelo, desandando el camino que le condujo a la fundición. Aurelio y Guillermo la abandonaron por el descampado, camino a la carretera de Rota.
En cuanto quedaron solos, recogieron los avíos de fundir y sacaron los moldes de plomo ayudándose con una tabla a modo de pala y echándolos en el cubo de agua para enfriarlos y liberarlos de la arena. Los dejaron un buen rato en el cubo de obra y discutieron sobre la conveniencia de ocultarlo o de llevárselos.
-Mi hermano Lucas puede terminar los cañones.¿Se los llevo?-propuso Carmelo.
-¿Y el Juaneque?-espetó Olo.
-Mañana lo decidimos.
-De acuerdo.
Finalmente consideraron más seguro guardarlos en casa. Apagaron la candelá enterrando la hoya con los pies. Carmelo cogió el cañón grande y uno de los pequeños y Olo los tres pequeños restantes. Aún estaban bastante calientes.
Llegaron a oscuras hasta la Quinta de los aguadores y se alegraron de haberle perdonado la vida a la única bombilla que pendía de un palitroque. La siguiente bombilla estaba en la esquina de La Macarena, por lo que atravesaron al trote el trayecto bocalobo que separaba una bombilla de la otra. Continuaron al trote por inercia y porque había que llegar a casa jadeando, para dar la sensación de haber estado preocupados y con mucho celo por llegar antes de que encendiesen las luces.
-A lo hablao. Hasta mañana.-se despidió Olo al llegar a la esquina de Ricardo.
-Hasta mañana.-contestó Carmelo esprintando hasta su casa.
Lo estaban esperando.

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