martes, 26 de octubre de 2010

EL SUAJE DEL CAPITÁN

Óleo de Alejandro Montalbán


Los zarzos esperaban debajo de la parra, cruzados de sarmientos. José María les había dado el visto bueno y Pepe ensanchó su caja torácica como si quisiera hacer estallar la camiseta. Sus primeros zarzos estaban listos para ser instalados y tenían muy buena pinta. Allí, recostados junto a la cristalera de colorines, tumbados al sol  de una parra recién podada, los zarzos bostezaban como si se hubiesen hecho a sí mismos. Y habían tenido un peluseo.
José María andaba delicado de salud y encargó a Pepe y a Manolo la elaboración de los filtros que controlarían la respiración del corral. Tenían que  reponer los tapamentos  que la mar se había llevado por la fuerza y renovar los que aún seguían en los caños, ya podridos. Era un trabajo rutinario  que  habían visto hacer a su padre muchas veces, pero nunca lo habían hecho solos.
Les llevó una semana de trabajo rematar los entramados de sarmientos de moscatel, los más duros y flexibles. Tuvieron que seleccionar las mejores varas en la viña recién podada, hacer las gavillas y transportarlas en el portamantas de la bicicleta. Ya en casa,  clasificaron los sarmientos  por su grosor y los fueron tejiendo con la misma trama del zarzo que habían retirado días antes del corral para usarlo como modelo. Y les salió fetén.
La marea iba de retirada; era menester moverse con celeridad. Los zarzos estaban listos y había porteadores de sobra para quitarlos del solárium y llevarlos en procesión hasta su destino.
-Ya os los podéis llevar para que os dé tiempo a colocar por lo menos tres.- animó José María sin poder ocultar que estaba satisfecho por el trabajo que habían hecho sus hijos.
-Lucas, Manolo, ¿vamos a llevar esto al corral?-invitó Pepe cogiendo uno de los zarzos.
-Venga. Ahora mismo.- contestó Manolo.
Los dos manolos, Lucas, Guillermo y Carmelo se pusieron en marcha ante la atenta mirada de Luis.
-Anda, Luis, ven tú también. Lleva tú el ceroncillo, que vamos cargados con los zarzos.-dijo Pepe a su hermano tratando de animarlo. Había tenido una de sus llantinas porque le había desaparecido uno de sus gatos; el más aficionado a los jilgueros del Maestro Palillos.
Antes de arrancar, José María volvió a explicar a su hijo Manolo cómo tenía que colocar en el caño cada uno de los entramados de sarmientos.
-Ya lo sé, papá, no te preocupes que lo haremos bien.-dijo Manolo para tranquilizar a su padre.
José María confiaba plenamente en él.


Exposición  de Alfredo Zarazaga en El Chusco (detalle)


Llegaron a la playa con los corrales ya descoronillados y se dirigieron al de Cabito con los zarzos a cuestas. Luis, Guillermo y Carmelo se turnaban con el ceroncillo mientras Manolo y Lucas  lo hacían con uno de los zarzos. Pepe y Manolo, los mayores, no querían ayuda y cargaban con un zarzo cada uno.
Carmelo se encontraba más seguro caminando por la pared del Trapito. Era más ancha y podía correr delcalzo hasta la punta. En cambio, por la del Cabito tenía que ir haciendo equilibrios como si fuese un funambulista. Entraron por la pared de levante que estaba más practicable que la de poniente, a pesar de que el recorrido iba a ser mayor. Se turnaron varias veces con el ceroncillo hasta llegar a la corona de poniente, casi en el enlace con el Nuevo. El corral ya estaba a menos de medio.
Los hermanos Pepe y Manolo, habían ido observando el interior del corral durante todo el trayecto. Dejaron los zarzos en la pared, sobre uno de los caños y continuaron escrutando la superficie para analizar el contenido de los cuartelillos. La cosa no se perfilaba muy boyante. Esperaron un poco más, hasta que fueron emergiendo las crestas más elevadas.
Los suajes* se hicieron entonces más perceptibles a sus ojos: Sus dedos dibujaban en el aire las líneas con que las capturas troquelaban la planicie en su ir y venir entre los piélagos. Los identificaban y los computaban por su velocidad, textura, amplitud de los trazados, grosor,…
-Dos capitanes y seis agujas. Puede que haya alguna jibia escarriá *.- mostró con descontento Pepe.
-Y tres zalemas. Uno de los capitanes es de los grandes.-remató su hermano Manolo.
-Será un teniente coronel.-apuntilló Lucas.
-¿Cómo pueden saber lo que hay?¿Yo no veo nada?-preguntó intrigado Carmelo.
-Por el suaje.-le contestó Guillermo.
-¿Ves las olitas y las rayas sobre el agua?-le señaló Lucas-Pues esos son suajes. Son las huellas que dejan los peces cuando se mueven.
-Mira, Pelma, aquél de allí es el de un capitán.-le mostró su hermano mayor.
-Ése es el teniente coronel.-rió a carcajadas Pepe.
Y todos le acompañaron con risas mezcladas con estertores de frío.
Los dos manolos se echaron abajo para taponar provisionalmente dos de los caños desprovistos de filtro. Dejaron los zarzos nuevos superpuestos mientras terminaba de aligerar el corral. Así evitarían fugas no deseadas.
Pepe Bajó con el ceroncillo para catar. Quería hacerlo antes de instalar definitivamente los zarzos.
Carmelo, Guillermo, Luis y Lucas se repartieron las embocaduras de otros caños con problemas de zarzos mientras duró la cata. Con su presencia cortaban la salida a los peces, agitando las piernas cuando se acercaba algún ejemplar en busca de una escapatoria.
Tres chocos, seis agujas, tres zalemas, dos capitanes y el teniente coronel.
-Regulín, regulán.- valoró Manolo.-venga, vamos a poner los zarzos y nos vamos, que hace frío.
Se quedaron los dos manolos, Lucas y Pepe.
Los más pequeños llevaron el ceroncillo hasta la orilla, donde jugaron con las ventosas de los chocos y filmaron en sus mentes la agonía de la dotación del cuartelillo; desde las zalemas rasas al orondo teniente coronel, pasando por las agujas distinguidas y los dos apuestos capitanes.

domingo, 24 de octubre de 2010

EL HOMBRE DE LAS CEJAS SONRIENTES

Óleo de Ricardo Lorenzo Mellado


A la hora de la siesta estaba la dársena del muelle de bote en bote. Faltaría algo más de medio metro para que el agua alcanzase la misma altura que el puente. La motora del práctico permanecía atracada en la escalerilla desde la bajamar.Al embarcadero se accedía desde la dársena por el puente.
La pareja de la Guardia Civil llevaba más de una hora sin moverse del puente, frustrando todo conato de salto.
Todos los presentes sabían que no era lo normal. Los civiles solían asomarse un rato y luego volvían a vigilar otras zonas. Iban hacindo rondas. Eso era lo normal. Los bañistas más atrevidos les cogían las vueltas y aprovechaban la situación para lanzarse desde el puente; aunque fuese volando por encima de los barcos. Cuando volvían a la dársena, se corría la voz y los saltadores hacían un esfuerzo por moderar sus volteretas temerarias. Nadie ponía un pie encima de un barco. Mucho menos si se trataba de la motora.
Aquella tarde había que coger número para sentarse  en los escalones del muro exterior del muelle.
La ocasión la estaban pintando calva para hacer acopio de una buena morterada de plomos. Ya habían decidido dejar el baño para mejor ocasión y dedicar la tarde a fundir metales.La gente observaba sentada sobre las redes y Guillermo no desaprovechaba la ocasión para chorrar  de las redes  algunos de sus peces más pesados.
Carmelo contactó con algunos compañeros de ocupaciones lúdicas extremas. Aquella tarde había allí casi más gente que en la procesión de la Virgen del Carmen.
-Olo, estamos cogiendo plomo para los cañoncitos.- le dijo a Manuel por lo bajinis- El Aure, El Guillermo y yo ya tenemos escondidos en la arena seis o siete.- añadió.
-Vale. Podemos fundirlos en el campo de mi tío Amadeo. ¿Se lo digo al Juaneque?-preguntó metiéndose de lleno en el negocio.
-Y a tu primo Rafael. Avísalo también. Teníamos pensado fundirlo en la huerta de Joselito, pero en lo de tu tío es mejor. Y tu primo nos va a hacer falta allí.
-Vale, Carmelo. Se lo digo a los dos y nos ponemos a coger plomos.
- Cuando yo me vaya del muelle, nos vamos todos, pero no todos juntos. ¿Vale?
-Vale.-asintió Manuel.
Plumilla de Manuel Miranda Navarrete

Carmelo subió los tres minúsculos escalones que le situaron en el rincón del que arranca el espigón. Llevaba dos plomos en cada bolsillo y estuvo observando los movimientos de los demás recolectores. No todos eran de su camarilla. Unos marineros sorprendieron a un pupilo azotando una boya de corcho con un trozo de red. La boya llevaba una  preciosa banderola verde y el sevillano se llevó una severa reprimenda. La reprimenda alcanzó la intensidad de fuerza cinco cuando uno de los marineros se dio cuenta de que la red estaba arripiá de plomos*. Se organizó una zapatiesta considerable.
Ni aún así dejaron los civiles el puente.
La cosa se estaba poniendo delicada. Carmelo vio acercarse en lontananza un coche negro que pasó por detrás de Villa Nerea y giró para entrar en el muelle. Le sorprendió que salieran cuatro guadias civiles de detrás de Villa Nerea y que se acercasen al coche misterioso. Lo alcanzaron cuando paró en la dársena, a la altura de la primera escalera del muelle.
Bajaron dos hombres trajeados y el chófer, que abrió la puerta del copiloto mientras los otros dos hombres se adelantaban unos metros. El chófer se giró para hablar con uno de los civiles antes de meterse en el coche y sacarlo marcha atrás hasta ocultarlo tras Villa Nerea.
Uno de los trajeados subió al primer escalón del muro dando un ágil salto y bajó cuando ocupó su puesto un guardia civil. Los otros tres civiles se adelantaron a los dos hombres trajeados.

Óleo de Alejandro Montalbán
Carmelo observó que llevaban varios maletines y que los civiles miraban como si buscasen a alguien. Avanzaban despacio, dando la sensación de que no querían llegar nunca hasta donde él se encontraba acorralado.  Recordó alguna de sus peores pesadillas.
El alboroto formado por los marineros continuaba y Carmelo decidió que era momento de abandonar la escena.
Bajó a la dársena y fue avisando a los recolectores.
-Kiyo. Nos vamos.-avisó a Guillermo, que estaba plácidamente sentado en un noray con los bolsillos repletos de plomos.
A los demás les fue dando el aviso con un movimiento de cabeza.
Iba tan nervioso que no pudo esquivar el choque con uno de los hombres trajeados. Al hombre se le cayó una caja al suelo y Carmelo se agachó para recogerla. A la caja se le había abierto la solapa y Carmelo vio su contenido: ¡Eran balas!
Carmelo sintió un tirón de la camisa y se quedó en el aire con la caja de balas en la mano. Hizo un gesto para dársela a un señor alto, con las cejas muy pobladas y una sonrisa abierta que le tranquilizó.
-Suéltalo, hombre, ¿no ves que es un niño? Lo has asustado- dijo el hombre de las cejas sonrientes al tiempo que cogía sus balas.- Gracias, valiente.-agradeció a Carmelo pellizcándole suavemente una mejilla.
Carmelo aún no se había meado encima, así que lo hizo sobre el muro cuando llegó a la última escalinata de hierro por la que se bajaba al muelle. Faltaban pocos metros hasta la rampa de servicio por la que subían o bajaban las embarcaciones; bien para botarlas, bien para calafatearlas en la ribera.

Plumilla de Manuel Miranda Navarrete
Contraviniendo el plan acordado, se le acercó Guillermo. Le recordó que se tenían que marchar por separado. Le advirtió de que en Villa Nerea estaba el chófer y que tenían que coger a la izquierda para meterse por la alambrada cuanto antes. Él iría delante y los esperaría donde empezaban los árboles. 
Guillermo le hizo saber que la pareja ya estaba en la caseta y que los civiles y los tres hombres trajeados se habían montado en la motora.
Observaron el puente repleto de gente tirándose al agua.Habían empezado a lanzarse desde el momento en que la motora puso popa a la escalerilla. Carmelo no se movió hasta que el práctico superó la cruz de hierro que avisaba a los navegantes de la escollera del Espíritu Santo,  por la que se embocaba el canal. Luego viró a poniente en la punta del espigón y se perdió.
Ya sólo quedaba el chófer, pensó.
Avanzó y saltó por la alambrada sin mirar para Villa Nerea. Se adentró entre los jopos de zorra, perdiéndose como una bicha en un vallao* de tunas.
El chófer no dijo ni mu .
Cuando llegó al primer naranjo volvió a marcar el territorio y esperó al resto de la caravana. La huerta le pareció enorme y se le antojó ideal para hacer de Tarzán. Necesitaba una lanza ¡ya!

sábado, 23 de octubre de 2010

EL MURO DE LOS PIOJOS




Carmelo bajó a la playa henchido como un pavo. Llevaba el tiraíllo  nuevo con uno de los aparejos ya montado, listo para soltar el anzuelo y cebarlo. No se lo creía.
Fueron directos al Muro de los Piojos para surtirse de cebos vivos.
Manolo apoyó la caña sobre el rompeolas que hacía las veces de resbaladera cuando subía la marea  y sacó dos latas de leche condensada La Lechera. Una de ellas estaba casi repleta de muergos salados desde hacía un par de días; aunque, por el olor, cualquiera podría creer que llevaban tapados bajo el trapo más de un mes.  La otra estaba vacía, con el filo matado y con un trozo de trapo blanco dentro. Estaba acondicionada para llenarla de piojos de la mar.
-Lucas, esta para los piojos. Los muergos me los llevo yo.-organizó el mayor.
-Vale.
Cogió la lata vacía, le sacó el trapo y comenzó a coger piojos. Con la navaja en el bolsillo no estaba dispuesto a discutir. Estaba impaciente por comenzar a pescar; aunque tuviera que bregar con Carmelo todo el tiempo,  mientras Manolo pescaba con la caña sin  ningún mequetrefe que le molestase.
Había bajado al pozo y tenía su navaja y dos aparejos con tragaeritas. ¿Podía pedir más?
-Os echaré una mano cogiendo piojos, que el pescao ahora no pica. Hasta que el agua no venga parriba no hay nada que hacer.-dijo dándoselas de entendido.
Manolo destapó la lata para echar los piojos que iba atrapando y notó que el nivel de los muergos había descendido.
-Kiyo, ayer estaba la lata llena y mira por donde está hoy. Por la mitad.
-Eso es porque ha mermado con la sal. Los muergos encogen mucho.-apreció Lucas.
-¡Que si merman!
Carmelo no habló. Tampoco iban a creer que se había dado un festín de muergos salados la tarde anterior.
-Pelma, no cojas los grandes. Contra más chicos, mejor. Los grandes no les caben en la boca a las putitas.-advirtió Lucas a Carmelo.
-Si no pican con piojitos, probáis con ostiones.- informó Manolo-Los rompéis con una piedra y los encarnáis tapando la tragaerita entera.
La pared estaba a tope de piojos que corrían como liebres. Carmelo estaba dispuesto a cogerlos todos. Manolo cogía los más gordos y los echaba en su lata, según decía, por si los sargos no tenían ganas de muergos.
-Eso será si no se mueren de asco los piojos… y los sargos..-apuntilló Lucas.
Los veraneantes se paraban para mirar la cacería. Nunca habían visto nada parecido. Y no paraban de hacer preguntas para luego seguir caminando sin haber comprendido las respuestas.
-Chaval, ¿qué tienes en esa lata que apesta tanto?
-Muergos.-contestó Manolo sin dejar de perseguir piojos gordos.
-¿y para qué los tapas?
-Para que no se escapen.-se mofó sin perder la compostura.
-¿Están vivos?
-Claro. ¡No se van a escapar muertos!-contestó sin levantar la cabeza.
Lo de tener que explicar qué es una putita rayaba en lo esperpéntico. Esas explicaciones más sofisticadas se la dejaban a Carmelo, para reírse a gusto y que pareciese que se estaban riendo de él y no de quien lo hubiese preguntado.
-Pelma, explícalo tú, que te sale mejor que a mí.-decía Lucas.
-Una putita es un pescaíto ajín, -decía Carmelo cortando el dedo índice con el pulgar- de colorines, igual que una morena…de las de pescao; no de las mujeres, sino de la mar; que se come los piojitos chiquetitos de un bocao, con tragaerita  y . Ajín: ¡Jam! Y entonces jalamos del tiraíllo y la cogemos para  echársela al gato…bueno, al gato no porque se lo ha cargao mi hermano, que es éste…y éste también, que tiene una navaja muy grande en el bolsillo que ha cogío del pozo. Y un zapito de carne valiente no sé lo que es porque todavía no he visto ninguno; pero me lo va a enseñar hoy el Lucas, que ha hecho los tiraillos  pa cogerlos. Es otro pescaíto, pero no sé como es.
-Es como una cría de merluza, pero marroncita y con la cabeza como un zapo roncaó*, pero con las quijás más chiquetitas.-intentó definir Lucas.
Las mujeres decían “qué niño más mono” pero también seguían caminando sin comprender muy bien  qué era una putita…ni un sapito de carne valiente.
Manolo se colgó la talega en bandolera, echó en ella la lata de la carná*, bien tapada; cogió la caña y se encaminó a la punta del corral por el exterior. Se adentró hasta dejar el corral a su espalda y empezó con los primeros lanzamientos. Fue reculando hasta que el agua le alcanzó al pecho. Entonces siguió lanzando desde la mismísima punta, que era su verdadero objetivo.
Pescó cuatro mojarras negras y dos sargos burgo.
Lucas estuvo casi todo el  tiempo pinchando piojos en las tragaeritas de Carmelo porque éste se pinchaba los dedos cada vez que lo intentaba.
Así y todo sacó media docena de putitas y ocho o diez sapitos. Pero tenía necesidad de coger la navaja.
Abrió media docena de ostiones con la punta de la  navaja y los esparció por una de las primeras lagunas del corral. Ya estaba casi lleno.
Recogió las tragaeritas y dio la pesca seria por finalizada.
-Al menos no se ha pinchado ningún ojo, -pensó satisfecho.
Las putitas, los camarones y los sapitos de carne valiente llegaban de todas partes atraídos por los verdes manjares gelatinosos, casi sin dar tiempo a que se asentasen en el fondo.
-Lucas, ¡qué asco! Parecen mocos y gargajos.-observó Carmelo a punto de vomitar.
Lucas estuvo lanzando la navaja a los pececillos que se acercaban para degustar los frutos del mar.
-¿Ámono?-propuso Manolo poniendo cara a la Cruz del Mar.
-Amo.-asintió Lucas.
-¿Qué le ha pasao al Pelma hoy?
-Na, que se ha pinchao un montón de veces con las tragaeritas. Pero en las manos nada más.-dijo tranquilizadoramente Lucas.
-Mira, cuatro mojarras negras y dos sargos burgo.-exhibió Manolo abriendo la talega para que sus hermanos pudiesen admirar su pesca.
Lucas le enseñó su pesquera y la echó a la talega.
Manolo colgó la talega en el cuello de Carmelo para ir más cómodo y para darle el gustazo de llevarlo.
Los pupilos se interesaban por lo que habían pescado. Los más curiosos hasta salían de la sombrilla para mirar, y Carmelo abría la talega con orgullo para enseñar los trofeos.
-Mira, estos son los pescaos grandes y estas de colorines, las putitas. Y esto es un sapito de carne valiente. Comen mocos verdes.-explicaba Carmelo cogiéndolos por la cola.
Carmelo subió la escalera de la Cruz del Mar más inflado que la bajó.

viernes, 22 de octubre de 2010

PUTITAS Y SAPITOS DE CARNE VALIENTE



Lucas casi había terminado de dar forma a los dos tiraillos* que logró sacar de uno de los trozos de corcho que encontró entre las piedras de Las Canteras. Los labró primorosamente con una navaja nueva, imitando al más bonito de cuantos lucían en la tienda de Cesáreo. La navaja, como todas las anteriores, la había comprado a Manolo Ferreira, en El Colmado de toda la vida. Llevaba días echándole el ojo de tal manera que casi la sacaba de tanto mirarla a través del cristal de la mesita expositora. No era la primera navaja que compraba. Ni mucho menos. Tampoco sería la primera que su padre le tirase al pozo. Ni la última.
A ésta le tenía un aprecio especial. Le llevó mucho tiempo juntar el dinero y la dio por perdida al poco de comprarla, casi sin haberla usado. Se alegró mucho cuando la descubrió en manos de su hermano y le dolía ver cómo la usaba para levantar adoquines. Sabía que le costaría caro recuperarla, pero la volvía a tener a la vista.
Tuvo que ceder el mejor de sus corchos  y labrar el casco de un velero para poder decir que la navaja volvía a ser suya. Lo hizo sin rechistar. Después labró los tiraillos hasta que su padre le vio la navaja y se la tiró al pozo, sin mediar palabra, con un gesto automático.
Le entró una risita floja mezclada con un intento de llanto, pero lo aceptó.
Ya tenía pensado lo que haría para recuperarla.

-Pelma, ven conmigo a comprar tanza y anzuelos que a la tarde vamos a ir a pescar.-dijo Lucas a Camelo, como si la navaja nunca hubiese existido.
Carmelo no podía oponerse. Ni quería. Salir a la calle siempre caía bien.
Manolo se sumó. Sabía que su padre iba a soltar la mosca.
-Yo también tengo que comprar anzuelos bizcos y plomos. Hoy hay una marea buenecita y voy a ver si pesco unos sarguitos en la punta del corral.-dijo Manolo mirando a su padre.
-Tened cuidado con el niño no se vaya a clavar un anzuelo.-les dijo.
-¿En un ojo?- ironizó Carmelo.
-Tú riéte.-le recriminó su padre.
Y le dio una moneda a cada uno.
Cesáreo tenía de casi todos los tipos y tamaños de anzuelos, menos tragaeritas* bizcas, que se le habían terminado. Le compraron una tachuelita, un plomo, tres anzuelos bizcos “pamojarras”*, una braza de tanza fina para aparejos y cuatro brazas de tanza para la caña de Manolo.
Las tragaeritas fueron a comprarlas a Ceballos, que las tenía bizcas y pequeñísimas, como las quería Lucas. Compró “un puñao”* que le envolvió Julio en un papel de fumar. Le dio apuro de comprar aquella miseria y pidió otra corchuela pequeña. Pagó con el dinero de Carmelo y regresaron a casa para comer y montar los aparejos en los tiraíllos de corcho y en la caña que Manolo había hecho el día anterior.
Lucas recuperó la navaja en cuanto su padre se echó a la siesta. Estaba empatando anzuelos con Manolo y lo aplazaron para la pesca en agua dulce. Con la soga atada por debajo de los brazos se metió en el pozo y descendió agarrándose a las piedras de la caja, hasta que puso los pies en el suelo. El agua le llegaba a la cintura. Cogió su preciada navaja de piñón con las cachas de nácar y la guardó en un bolsillo. No buscó ninguna otra navaja y comenzó a subir mientras Manolo y Carmelo mantenían la soga tersa con gran esfuerzo. Volvieron a atar el cubo a la soga y siguieron empatando tragaeritas. Lucas se duchó y se puso el bañador seco para llevar el pantalón a la azotea. Lo exprimió y no sabía dónde esconder la navaja.
A las cinco ya estaba todo preparado. Lucas bajó de la azotea con el bañador en la mano y el pantalón encasquetado. Aún estaba húmedo, pero calentito del solano.
-Mamá, nos vamos palamarea*-dijo Lucas abriendo el portón.
-¿Palamarea paqué?*-preguntó su madre desde dentro.
-Para coger sapitos de carne valiente-respondió Lucas ufano, palpándose el bolsillo.
-Y putitas.-añadió Carmelo.
-No te vayas a mojar y ten cuidado con tu hermano, no se vaya a clavar un anzuelo en un ojo-dijo su madre-.Manolito, ten cuidado con esos dos y no te vayas muy lejos-añadió.
Dieron un portazo y se fueron para el corral de Ramoncito de la Bastida.
Putita

ENTRE ADOQUINES


Los primeros americanitos avivaron la codicia y el mercantilismo entre los chiquillos que jugaban con canicas de fabricación propia. El barro cocido era el material más socorrido para fabricar bolos de baja calidad. Se cotizaban a meco el bolo* hasta que llegaron los americanos con canicas multicolores de mármol o de cristal, y ya no los quería nadie. Los de arenilla, en cambio, tenían un mérito enorme, pues había que sacarlos desgastando un trozo de ladrillo tosco. Eran porosos y ligeros. Nadie soltaba uno por menos de diez mecos. Incluso estaba bien visto que el propietario no lo entregase ni aun habiendo perdido la partida, argumentado que “era su bolo de maña”.
El taleguillo* de un americano despertaba la misma expectación que el muestrario de un traficante de diamantes. Y lo que sobraba al personal de la época eran ingenio y escrúpulos, como casi siempre que escasea el dinero.
A medio camino entre la puerta de la escuela de Don Antonio y la barbería de Paquito El Barbero se concentraban los chavales para jugar al bolo. El suelo estaba pavimentado de adoquines de granito, de los grandes. Sólo los mejores se atrevían a jugar en los adoquines, pues los rebotes de las canicas hacían impredecible la dirección que tomarían. Había que ser muy astuto y tener mucho tino para jugar con quienes sacaban de patilla un bolo de mármol de detrás de un adoquín, apenas viéndole la coronilla.
Algunas partidas llegaban a gozar de gran expectación. Especialmente las que se jugaban “a perseguir”* , en las que se podían usar varios hoyuelos.Los más pequeños jugaban al comienzo del tramo adoquinado de la Calle Larga, junto a la casa de Ceballos y frente al cubil del corsario; los medianos, frente al nicho de la O.N.C.E; y, los mayores, a partir de la oficina de Telégrafos.
A los mayores se le desencajaban los ojos cuando pasaban por delante de los pequeños y medianos y veían los taleguillos* repletos de diamantes que exhibían los americanitos.
Fernando, Eduardo, Manolo, Lucas, Perico, Toni y un largo etcétera descubrieron con alegría que los americanos eran de trato fácil y generoso. Hasta que se espabilaron y no había quien les sacase un bolo. Los peloteros de americanos * empezaron a dar en hueso y hubo que recurrir a la ingeniería para sacarles los bolos.
Fernando, Manolo, Pepe y Lucas llevaban días planificando la obra que ejecutarían aquella tarde. Lucas y Manolo no pudieron deshacerse del pelmazo de Carmelo y lo tuvieron que llevar consigo e involucrarlo en la operación.
-Pelma, coge el taleguillo* de los bolos que nos vamos a la Calle Larga.-le dijo Manolo.
-Y no le digas a nadie lo que vamos a hacer o te vas a llevar un repaso.-añadió Lucas con toda la amabilidad que pudo.
Recogieron a Pepe por la zapatería de Casimiro y giraron en la tienda de Ricardo para las cuatro esquinas, donde esperaba Fernando apoyado en el cierro* de la barbería.
-No pasa casi nadie. ¿Empezamos?- animó Fernando.
Pepe sacó una cuchara grande, Lucas un cuchillo y Manolo, su navaja de piñón con las cachas de nácar.
-Esa navaja es mía.-dijo Lucas reclamándola.
-Anda ya. Luego te la doy en casa. ¿No tienes el cuchillo?
-Sí, pero…
-Poeso*.
Levantaron cuatro adoquines para cavar un conducto desde el juñuelo* hasta la cámara, imitando la estructura de un hormiguero. La cámara, como la olla de las hormigas aludas, almacenaría los bolos de los incautos en el nivel inferior, “por gravedad dirigida”.  Los cuatro ingenieros tardaron un par de horas en cavar la galería y suavizar la pendiente para que ninguna canica se detuviera en el camino a la panza del robabolos *. Seguidamente acumularon cascotes de ladrillos de gafas capaces de sostener el peso de los adoquines sin obstaculizar el tobogán de caída.
-Dame un bolo, Pelma, que lo vamos a probar antes de cerrar.-ordenó Lucas a su hermano.
Carmelo sacó del bolsillo un bolindre* de barro achatado por los polos, como el planeta azul, pero en marrón; y se guardó el bolo de maña* en el otro bolsillo. Era de arenilla y no estaba dispuesto a perderlo así como así. ¡Apañado iba Lucas si creía que le iba a dar el de maña!
Manolo y Pepe vieron la maniobra y se estuvieron riendo un rato.
-Vale, si éste llega abajo, llegarán todos.-dijo Lucas convencido.
Lo soltó en la parte más alta del plano inclinado y consiguió una rápida y gratificante sonrisa de aprobación por parte todos. Especialmente de la cara de Carmelo, que no tendría que sacrificar más bolindres por la causa.
-¡A tapar con mucho cuidado!.-dijo Fernando, visiblemente emocionado mientras colocaba con mimo uno de los adoquines que habían retirado.
El último adoquín quedó de nuevo en su sitio. Fernando llevó una escoba de su casa y Pepe fue apartando la arena sobrante, dispersándola por la cuneta. Nadie diría que había sido manipulado para ocultar una trampa maestra. Solo se veía el hoyuelo.
Era la tarde de uno de los últimos domingos de octubre, a punto de entrar en el tiempo de los trompos, que coincidía con el de las castañas. A la tarde siguiente harían la real cuando los niños saliesen del colegio y los bolos de cristal y de mármol cambiaran de manos. Urgía animar a los pequeños y medianos para que jugasen en la zona de los mayores. A los americanos se les permitió integrarse totalmente en el juego.

jueves, 21 de octubre de 2010

OCHO INDIOS PARA DOS FAROLAS

Diego Montalbán


A Guillermo lo sorprendieron los civiles con un plomo de red porque Aurelio  no vio acercarse a la pareja. Los esperaba por el puente o por la parte de la caseta de vigilancia y no estuvo pendiente de la salida del bar.
Guillermo dio un respingo cuando sintió que le tocaban la espalda y oyó una voz grave diciéndole:
-Deja eso ahí y ven aquí.
-Yo no lo he arrancado. Estaba ahí, suelto.-se defendió Guillermo.
-Vale, vale. Déjalo ahí y vete para tu casa, que ya hablaré yo con tu padre.-intentó tranquilizarlo uno de los números.
-Y con el tuyo, también.-amenazó el cabo dirigiéndose a Aurelio.
Abandonaron el muelle a paso ligero, parapetándose del viento y de la arena con el muro escalonado que separaba el muelle de las dunas.
Pasaron por delante de los de Villanea* y no volvieron la cara hasta que se supieron escudados tras el rancho de Micaela, ya embocando la calle del Barrio. Continuaron hasta El Lejío para no llevarse algún peñascazo* extraviado, pues la chavalería de la zona ya se había fijado en ellos. El callejón del 18 de julio también estaba más concurrido de lo que hubieran deseado y trotaron hasta la casa del Conde para continuar andando, ya más relajados, hasta la Placita de la Iglesia.
Los bancos de ladrillos toscos estaban ocupados por pandillas de niños y de niñas que jugaban a torito por lo alto. Ya era tarde para que los dejaran participar en el juego y estuvieron buscando algo sólido para caer unos dátiles de la palmera grande del centro de la placita. No encontraron nada a mano. Además, Durán estaba al liquindoin*.
Se entretuvieron un rato escupiendo en los ojos de las caras de hierro fundido que adornaban las farolas, hasta que Durán abrió la caja y elevó la palanca con la ayuda del bastón. Era la señal. El encendido del alumbrado público daba por terminada la jornada.
-Hasta mañana, Guillermo. Mañana voy a coger caña de azúcar con Carmelo. ¿Vienes?
-¿A qué hora?
-A las nueve.
-Ni muerto.
-Vale. Adiós.
-Adiós.
Arrojaron el último escupitajo a las caras de los indios y cada uno se fue en una dirección.

martes, 19 de octubre de 2010

LA FACTORÍA

-El Gundo sabe respirar debajo del agua. Me lo ha dicho mi hermano.
Con estas palabras justificó Guillermo la hazaña de Segundo en El Muellecito y abrió las puertas a una de las leyendas que estuvieron a punto de costar la vida de más de uno.
Aurelio sabía que Segundo era capaz de mantener la respiración bajo el agua durante bastante tiempo y quería medirse con él. Lo había visto desaparecer como un submarino  para salir por donde menos se le esperaba. Llevaba tiempo dando vueltas a la idea de comprobar la resistencia de su amigo.Hasta que dio con la tecla: lo desafiaría a una varita a recalá* en cuanto se le presentara la ocasión. No lo podía remediar. Su espíritu competitivo le podía y siempre estaba desafiando a los demás. Fuerte y decidido, necesitaba medirse con otros más que ninguna otra cosa. No daba un respiro a la vara de medir…” ¿Te echas una varita a caer conmigo?, ¿Una varita a correr?”…”Maricón el último a la farola…al banco…a la pared…al palo…etc.”. Las ganaba casi todas. Quizás porque arrancaba antes de que los demás tuviesen tiempo para reaccionar.
A Segundo no le ganaría recalando*. Estaba seguro; pero aún así, se iba a dar el gustazo de retarlo. Por una que perdiese, no le iba a pasar nada.

                                                      *****
Carmelo bajó la escalerilla del Tani con las papas fritas en la boca y ya estaba allí su amiga sentada con una prima. Hundían la espalda sobre un enorme neumático negro. En el sombrajo contiguo, Juanma y Rafael daban pataditas a un balón de Nivea, molestando a toquisqui*. Se habían quejado los de las sombrillas airadamente y por ahí se habían perdido. No pensaban darles tregua.
-Niño, deja ya la pelotita, hijo.
-¡Qué pesaíto eres, miarma!
Y así, en carriolera *, se iban sucediendo los comentarios y las quejas de las familias  que se temían algún balonazo.
Carmelo se quitó la camisa para pelotear con los malabaristas del balón y pidió permiso a María antes de ponerse de portero entre los palos del sombrajo.
-¿Puedo dejar la blusa en la caseta? Es que hoy llega el agua a la pared del Curricán.
-Se está cambiando mi hermana. Déjala cuando salga.
Carmelo soltó la camisa sobre la cámara y corrió para cubrir la portería. No pudo evitar el primer gol. Tampoco el segundo. Se esforzó un poco más, pero el tercero entró al ratito.
-Y tres. Cambio. Venga, otro portero-dijo quitándose de la portería.
Ninguno quiso ponerse.
-¿Nos bañamos?-propuso Juanma pretendiendo dar una salida al problema.
-Venga.-añadió Rafael como si pusiera firma a un armisticio.
Juanma se acercó a coger la cámara de goma en el mismo momento que quedaba libre la caseta. Carmelo cogió la blusa del suelo, la tiró dentro y encajó la puerta.
-¿Quién se viene al agua?-preguntó Juanma a las tres niñas.
-Estamos en digestión.

La mar empezaba a tocar los pies del Muellecito con sus primeras avanzadillas cuando los tres de la goma comenzaron el baño. El oleaje era escaso y el viento del suroeste no se aclaraba del todo. Refrescaba demasiado para ser pleno verano. En el agua se estaba bien, pero sobre la goma daba bastante repeluco.
-Tengo más frío que un perrito chico-dijo temblando Rafael-. Me voy pafuera*.
Carmelo tenía las tetillas negras y le escocían una barbaridad. Se lo comentó a Juanma y éste le dijo que era de restregarse por la goma y que a él ya no le dolía porque la cámara era suya. La explicación era lógica, aunque a Carmelo no le satisfizo. La goma perdió su encanto y  El Pelma decidió salir del agua para calentarse en la arena.
-Me voy a la arena. Estoy arrecío*.-le dijo a Juanma, enfilando la orilla con los brazos cruzados sobre el pecho y resoplando de frío.
-Yo también me salgo-dijo Juanma aprovechando la ocasión, sin querer reconocer que también estaba aterido.
En la arena seca, al sol, pronto entraron en calor. Se enarenaron como se enharinan los boquerones antes de bañarse en la sartén. Vuelta y vuelta para coger calor por todo el cuerpo; y  terminar bocabajo arrimando arena al pecho en cantidad suficiente como para poder apoyar la barbilla.
El cambio repentino de temperatura y la placidez de la postura complicaba bastante el tema de la continencia. Carmelo no estaba dispuesto a volver al agua y se disolvió allí mismo, originando en la arena seca una porción de humedad  más que suficiente para amasar dos bolas  de cañón como las que lucían a ambos lados del callejón Manuel Bueno Castellano. La industria se puso en marcha en cuanto  la materia prima estuvo en la cadena de montaje.
Entre risas cómplices, cada uno se dedicó a fabricar su propio armamento. Compactaron la masa de arena húmeda, a manotazos, antes de que se secase.
Siguieron el proceso tradicional: la dejaban sobre la arena y la espolvoreaban con arena seca para volver a modelarlas con suavidad. Así varias veces hasta que quedaban duras y bruñidas, como las de los leones del Congreso. Todo un ritual.
De la armería de Rafael salieron tres proyectiles de mediano calibre, fáciles de lanzar y con muchas probabilidades de hacer blanco sobre el enemigo, sin desmoronarse,  a diez o doce metros. Carmelo modeló dos auténticas bombas pesadas, difíciles de manejar por su volumen; pero demoledoras a corta distancia. A Juanma se le fue el alma construyendo una bola atómica, del tamaño de un balón de balonmano. Las pusieron a la vista, como si fuesen piezas de un museo naval y  rieron hasta que les dolió la cabeza.
El tiempo pasó volando con la fábrica del armamento casero. El corral  estaba cubierto y desde El Muellecito  había gente tirándose. Daba frío verlos.
Aurelio bajó por la escalerilla y se dirigió a los tres de la factoría.
-Kiyo, ¿qué pasa?- saludó.
-Aquí estamos.-contestó Rafael en nombre de la empresa armamentística.
-¿Qué te pones conmigo a que llego más lejos que tú con una bola?- dijo Aurelio desafiando a Rafael.
-Venga.-espetó Rafael levantándose y cogiendo una de las suyas en cada mano- ¿Cuál quieres?
-Ésta.-dijo cogiendo la que le pareció más pequeña.
Y pisoteó la otra.
Hizo una raya en la arena con el pie e invitó a Rafael a hacer el primer lanzamiento.
A Rafael le dio la risa; se puso a hacer tonterías con la bola  y realizó un mal lanzamiento. Lo achacó a que había visto a Guillermo bajando por la estrecha y empinada rampa sin baranda. Lo señaló con el dedo y se clavó de rodillas para no desmayarse.  Bajó como un borracho y volvió a subir para tirarse casi desde lo más alto de la escalera sin peldaños.  Hizo como que caía  al vacío para provocar los gritos de la gente. Era su número favorito.
Guillermo se levantó como si no hubiese ocurrido nada y se dirigió al Tani con la mirada de media playa clavada en la nuca.
Aurelio se sabía vencedor. Estaba a punto de lucirse y empezó a pavonearse antes de la victoria. Gesticuló, giró sobre sí mismo mostrando el proyectil, se pegó la bola a la cara y ensanchó la espalda como hacen los lanzadores de peso; la besó...
Solo Guillermo y las niñas  llegaron a verlo lanzar la bola.
-Ahora me toca a mí- exigió Guillermo sin poder disimular que había disfrutado viendo el ritual cómico de Aurelio, siempre bastante menos gracioso que él.
-Toma ésta.-le ofreció Carmelo conteniendo las ganas de producir un excedente de materia prima.
- O la mía.-añadió Juanma ofreciendo su bomba atómica.
-Ésa la vamos a dejar para trofeo. Será para el vencedor.
-Buena idea, Carmelo.-asintió Rafael conteniendo la explosión.
Carmelo se autoproclamó director de ceremonias y entregó una de sus bolas a Guillermo y otra a Aurelio. Les dijo que se diesen la vuelta para decidir el turno a pares o nones. Levantó tres dedos y los dos dijeron que nones.
-Aurelio lanzará primero.-decidió Carmelo a un pelo de infartar-Habéis mirado, trampucheros*.
El chaval del pelo anillado repitió el protocolo del primer lanzamiento. Se veía con el trofeo en sus manos. Nunca había recibido un testimonio físico de ninguna de sus innumerables victorias. No podía fallar. Así que dio a la bola de cañón seis o siete besos de más y la mandó a escasos centímetros de la pared del Tani.
Morir ahogado de risa es algo imposible, pensaron los tres artilleros. Y se dejaron llevar por el frenesí. Juntaron gente alrededor que reía viéndolos rodar por el suelo. La risa se extendió entre las niñas, por contagio. Y porque Juanma las había puesto al corriente cuando se decidió el asunto del trofeo.
Guillermo no había tenido nunca un público tan receptivo, tan caliente, tan entregado para lucir su repertorio de muecas y morisquetas. Si Aurelio había logrado encender así a la multitud, él rompería la pana. No ganaría el premio, pensó, pero disfrutaría dando a conocer su vastísimo repertorio de pantomimas.
Y se pasó haciendo el payaso hasta que se le deshizo la bola en las manos.
Los curiosos no comprendían el motivo de tanta risa y se fueron dispersando.
Guillermo se creía más gracioso que Aurelio hasta que comprobó la energía de las risas renovadas en el momento en que Juanma le hizo entrega del trofeo a su contrincante.
Cuando Aurelio levantó el premio por encima de su cabeza, le cayó arena en el pelo y hasta en la cara.
Estaba contento, pero le mosqueaba tanta risa.
Él no le veía la gracia. Y Guillermo, aún menos.

La tarde caía y el poniente pintaba de espuma las crestas de unas olas verdosas que se elevaban al llegar a la orilla para tirarse ruidosamente sobre la gravilla.
El poniente repelón puso mangas a los sombrilleros y sacó del agua a los jartibles*.
-¿Quién se baña conmigo?-preguntó Carmelo antes de correr a darse un chapuzón.
Le siguieron Rafael y Juanma, que también necesitaban enjuagar el bañador.
Aurelio tiró el trofeo al agua y se dirigió al muelle con Guillermo. La tarde no estaba para baños y aprovecharían para proveerse de plomo con el que harían unos cañoncitos. Notaba algo en el aire que le mosqueaba profundamente.
Volvió a pensar en Segundo. Tenía que derrotarlo con una gran recalá*.

Entrar en una caseta y secarse con una toalla era cosa de pupilos. Pero los tres se secaron con la misma toalla, sin rechistar. Salieron de la caseta con las camisas puestas. Nadie sabría jamás que se habían secado con una toalla.

María esperaba  con el candado en la mano para cerrar la caseta. Su hermana y su prima ya habían cogido camino. Vio cómo se sentaban en la goma calentita, remedando los lanzamientos de Aurelio y de Guillermo, los besitos a las bolas... Cogió la cesta de esparto y se giró hacia la escalerilla.

-Espera. -dijo Carmelo-.Voy contigo.

domingo, 17 de octubre de 2010

PUGNA POR LA PIRINDOLA




La marea alta les obligó a moverse por la vereda del bardo. Caminaban con mil ojos junto al vallado de higos de sangre, pues sabían que la arena roja no solo estaba ardiendo, sino minada de púas tan largas como un dedo. Tenían los pies encallecidos y los tres sabían por experiencia que una de aquellas puyas* podían atravesar hasta las suelas de los zapatos de los domingos.
Carmelo arrancó una caña a la altura del tiro de pichón y fue dando estocadas y cañazos a tunas y  pitacos hasta que llegaron a la casa mora. Caminaba el último y fue dejando el sendero zalao de puyas*. A los pieleones*, como llamaba a la uña de león, los respetaba porque, según decían los mayores, eran flores de muertos.
Un letrero rotulado en negro sobre una chapa pintada de blanco les avisó que estaba prohibido el paso. Pendía de la alambrada de espinos con la que los dueños del chalé intentaban evitar el trasiego de bañistas por la terraza de la propiedad.
Guillermo cogió una laja de debajo de su pie y le dio tal pedrada a la chapa que la hizo sonar como un gong.
-Adelante, chavales. Pasen.-dijo con sorna Segundo.
Pisó el alambre inferior,  colocando con cuidado un pie entre dos espinos y, agarrando el segundo alambre con una mano, lo estiró hacia arriba como si montara  un arco. Hizo una exagerada reverencia usando la mano lastimada e invitó a sus ilustres acompañantes  a pasar al muro que les llevaría a la terraza.
-Ya pueden pasar los señores.- añadió  el de Lepanto riendo tanto que se le escapaban los mocos.
Caminaron por encima del muro unos ocho o diez metros, casi rozando por un enorme vallado de higos de sangre. La travesía del tapial era peligrosa. Un fallo podía hacerlos caer a la playa o a las tunas. Los tres pasaron por delante del chalé. Los salpicones del oleaje llegaban hasta arriba y aprovecharon para darse un refrescón antes de seguir avanzando.

Óleo de Diego Montalbán
De Villa Blanca a Villa Carmen, se encontraron con un camino empedrado de civiles secos. Los lentiscos estaban sembrados de camaguas* de mariscadores y caminantes de vientre fácil.
En la puerta del castillo vieron a Javi hablando con Aurelio, quien se dirigió a Guillermo.
-¿Adónde vais?
-Al Muellecito. ¿ se vienen*?-invitó Guillermo.
-Yo no puedo hoy. Tengo que entrar ya. Quedamos en eso, Aure.-dijo Javi dirigiéndose a la puerta de las hermanitas.
-Vale. Este domingo por la mañana te traemos las cañas.   No me vayas a fallar con los plásticos.Carmelo, ¿ya las tienes?
-Sí.- contestó Carmelo despidiendo con una sonrisa de complicidad a Javi.

Óleo de Manuel Sáenz
Segundo se había adelantado mientras hablaban; de manera que,  antes de que retorcieran la esquina que ocultaba La Rebalaera de la Muerte*, vieron correr por el suelo un reguero inconfundible que delataba el motivo de sus prisas.
Entonó el canto ritual de las micciones grupales al tiempo que se recolocaba el pernil.
Currín,  currana.
Quien no mee ahora,
después le entran ganas.
Guillermo no pudo resistirse y adornó con unas grecas la base de La Rebalaera de la Muerte*. Alguien la había  regado con aceite para quitar el empicaero* de niños de aquella zona.
Currín,  currana.
Currín, currana...

Óleo de Manuel Sáenz
Continuaron cantando los cuatro hasta que enfilaron el paseo de la Cruz de la Mar, que les llevó hasta el techo de uralitas blanqueadas del  bar Tani.  Esperaron sentados a que Carmelo diese un rieguecillo a uno de los cañones que protegían los quicios del callejón del “Bueno de Castellanos”.
-Currín, currana… -Cantaban bajito.
-Carmelo, méate en la bola- vociferó Aurelio.
Y se echaron a correr por la estrecha escalera que bajaba a la playa.
Carmelo se adecentó el pernil, se agachó para coger una piedra y la estrelló contra la primera caseta de madera, la más cercana a la escalerilla. Se puso serio y  bajó por los escalones con parsimonia, recreándose en el olor a pavías de bacalao, pimientos fritos y otras fritangas que se confundían con el aroma inconfundible de las especias para caracoles.
Unas niñas salieron asustadas de la caseta y lo vieron bajar. La más morenita sabía que había sido él y lo esperó  apoyada a uno de los palos del sombrajo.
Carmelo soltó una pregunta antes de que le hablase.
- ¿Vienes a bañarte al Muellecito?
- A lo mejor. Voy a preguntarle a mi madre.
Se acercó a un corrincho de mujeres que reían sentadas en la arena, a la sombra de las casetas. Volvió al instante con una respuesta negativa.
- Estoy en digestión.
- ¿Todavía? Son las cinco y media.
- Es que acabo de comerme una Carmela del Chato.
- Que aproveche. Vamos a estar ahí detrás, por si quieres venir.
- Vale.
Las olas golpeaban la plataforma de hormigón sobre la que se asentaba el bar y los comensales habían tenido que retranquearse acercando las mesas a la barra. Había poco espacio para pasar y los camareros iban locos con las bandejas por encima de la cabeza. Hablaban a gritos a los de la barra y a la cocina, desde donde les replicaban aún con más fuerza.
Aurelio pidió un vasito de agua y se lo quisieron comer con la bulla.
-La han cortao.- le contestaron de mala manera.
Carmelo asió el búcaro  de la barra y se lo empinó al chorro.
-¡Niño!- le increpó uno de los camareros.
-Me ha dicho el padre de Ricardo que beba cada vez que quiera.-aseveró Carmelo.
-¿Quién?-preguntó el incrédulo camarero.
-Ése. Pepe.-añadió señalando a Pepe Naval.
-¡ Ah ! Bueno.- se deshinfló .
Estaba demasiado ocupado para explicaciones.
Aurelio cogió el botijo y lo dejó como el ojo de un tuerto antes de devolverlo al platito donde rezumía.
- Ahora rezumará padentro* el agua del platito.-pensó.
Segundo y Guillermo se sentaron en la arena seca con una buena troupe de niños de todas las edades. La mayoría de ellos se arrimaban arena al pecho para darse calor y secarse con rapidez. Miraban al mar como  una manada de focas. Los mayores luchaban sobre El Muellecito por hacerse con el control de la pirindola. Era todo un espectáculo.
La pirindola era una pequeña protuberancia de piedra, del tamaño de un cubo de pozo. Suponía el punto más elevado de la roca y estaba situado en uno de los extremo del Muellecito, a metro y medio de distancia del rebaje  que lo entroncaba con la pared del Corral de la Longuera. Muchos años antes de convertirse en la torre del homenaje de una fortaleza flotante, o en el carajo de algún galeón forrado de escaramujos, la pirindola del muellecito había ejercido como noray de un embarcadero singular. La construcción de un  moderno espigón mucho mayor en el otro extremo del Corral de la Longuera alejó las embarcaciones de la Cruz del Mar y entregó a la chiquillería un cofre de fantasías sin parangón.
Dejaron las cuatro camisetas juntas, al pie del Curricán y buscaron un sitio preferente cerca de la orilla. Había que tener cuidado al poner los pies para no pisar a nadie y notaron que la mayoría eran conocidos. También había muchos pupilos, casi todos con toalla. La expectación era enorme.
Se libraba una batalla a empujones sobre la roca. Los mayores mantenían el equilibrio a duras penas sobre la resbaladiza piedra ostionera. Desde la orilla les llegaba el aliento de los más pequeños, que pelaban sus gargantas vitoreando y jaleando al calor de la arena seca.
Carmelo reconoció a sus hermanos,  a los de Guillermo  y a Norberto luchando sobre el antiguo embarcadero. Habían conquistado la pirindola y no permitían que nadie se acercase. Cualquiera que lo intentaba volvía al agua de un buen empujón o era lanzado después de ser columpiado entre dos, sujeto de pies y manos.
-¿La cunita o empujón?- preguntaban a la víctima antes del lanzamiento.
Los cinco se hicieron con el control absoluto de la roca. Los contrincantes habían ido saliendo del agua, señal inequívoca de rendición. Norberto se puso de pie sobre la pirindola para proclamarse vencedor y Lucas, Pepe y los dos manolos lo sujetaron como si acabasen de clavar una bandera en Okinawa.
La algarabía fue enorme entre quienes no llevaban toallas.
La decepción de los pupilos no fue menor que la euforia de los lugareños.
La manada de focas ya podía tirarse desde el embarcadero; pero  la pirindola estaba reservada a quienes gozasen del beneplácito de los vencedores.
Guillermo y Carmelo estaban de suerte porque no tendrían que ponerse a la cola.
Aurelio y Segundo gozaban de patente de corso por ser quienes eran.
Los pupilos no tenían derechos; pero, al rato, ya estaban de nuevo compartiendo el portaviones mágico.
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