sábado, 15 de febrero de 2014

EL ÁRBOL DE LOS ENCUENTROS





- Esta semana llevaremos al colegio los cañones, Pelma.

- ¿El mío también?

- El tuyo es el mejor. No lo vayas a dejar en casa. Y llévate también la pólvora que hicimos. Toda.

Lucas hablaba como si fuesen a reventar el recreo.

- Cuando sea más tarde vamos a ir al árbol que solo tiene flores y hablaremos con los demás. Avisa al valenciano chico. A ese le gusta la pólvora más que el comer. Dile que vamos a probar los cañones.

Bajo el árbol sin hojas afloraron cinco cañoncitos de plomo y tres papelones de pólvora casera. Todo un arsenal. Se habían corrido las voces y estaban bajo el árbol casi todos los de Oficialía y algunos de los pequeños.

- ¡Joé, qué montón de gente! Pelma, te dije al valenciano chico nada más.

- Y yo no he avisado a nadie más. No sé cómo se han enterado los demás. -mintió Carmelo.-¿Traes el mechero, Negra?-añadió para zanjar el tema.

Antonio sacó del bolsillo un mechero con medio metro de mecha perfectamente enrollada.

- ¡Nunca falla!- dijo augurando un éxito seguro.

- ¡Recargad los cañones! Hay que probar con los tres paquetes de pólvora para ver cuál es la mejor.

Cargaron los cañones con pólvora del primer papelón,  introdujeron un rodamiento de camión en cada uno de ellos y los ataron con alambre para fijarlos a su tablilla correspondiente.

Cuando estuvieron alineados, Miguel, El Valenciano Chico, pidió el mechero a Antonio y arrancó la primera discusión acalorada de la tarde. Antonio se ganó el derecho a encender el quinto cañón antes de ceder su artilugio. Por poco no le explotan las venas del cuello, pero lo logró.

Miguel encendió la mecha con un par de golpes conejeros sobre la ruedecilla. Dos chasquidos y varios soplidos fueron suficientes. Luego tiró de la mecha y la alargó unos quince centímetros. Siguió soplándola suavemente. No tuvo que decir nada. Todos retrocedieron un par de pasos y se colocaron por detrás del valenciano.

- Valencianito, el gordo lo dejas para el final.- le ordenó Lucas.

Todos asintieron compartiendo una sonrisita de complicidad. Antonio le puso letra a su sonrisa con un "eso, eso" emocionado.

Las tres tandas las ganó el gordo con los tres tipos de pólvora; pero, la mejor pólvora resultó la más rica en clorato: la del segundo papelón.

Fijaron el recreo del miércoles de la semana siguiente para experimentar con el cañoncito grande.





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