jueves, 18 de noviembre de 2010

QUE HABLE EL REY

¡ QUE HABLE EL REY !


El mes de julio siempre fue difícil de alquilar; por eso era mejor arrendar la temporada entera. Eran muchas las familias que veraneaban en la misma casa desde finales de junio hasta el ocho de septiembre, compartiendo espacios comunes con los propietarios, en estrecha y apretada convivencia. El pupilaje constituía un auténtico intercambio de culturas. Los mejores pupilos llegaban a hacerse crónicos y alargaban la temporá hasta después de la Virgen. Les daba pena de irse cuando el tiempo acompañaba. Algunos, como el Nene, nunca terminaban de irse y volvían cada vez que había mareas vivas para coger cangrejos de pelos.
Antonio tuvo suerte cuando alquiló la temporá al padre del Nene. Tenía una familia numerosa, como la suya; pero la casa era grande, con amplias dependencias. Disponía de dos aseos y de dos cocinas que durante varios veranos estuvieron bien aprovechados.

Correa de cuero

-Este es el Nene, mi pupilo-dijo Carmelo a su primo, como si le presentase a alguien de la familia- ¡Ah! Y que dice el Lucas que te vayas payá, que estamos castigaos, que van a jugar a la taba... y que te lleves al Paco.-añadió.
-Vale. Voy en cuanto termine de comer.
Su madre vio el cielo abierto porque Raúl y las siestas no hacían buenas migas, como sucedía con la mayoría de los niños. Sus inquilinos dormirían sin sobresaltos; al menos, aquella tarde.
Raúl apuró el plato poniéndose de pie, lo puso en el fregadero, se limpió las comisuras con el pico de una servilleta de muselina y cogió dos perillos para el camino. Por nada del mundo se perdería una sesión de taba con sus primos. Por la confitería de El Chato ya se había zampado los dos perillos y aspiró profundamente los aromas de los pasteles y de las sultanas recién horneadas. Dejó atrás La Corea y entró a convencer a la madre de Paco para que lo dejara salir a jugar un rato.

La calle bullía de niños para jugar a la taba. Eran demasiados y Lucas tuvo que ejercer de portero dejando a un lado a los más pequeños mientras Manolo ultimaba los detalles con los papelitos y los taleguillos para el sorteo.
-Los más chicos os quedáis por ahí, que va a arder Troya.-dijo Lucas dejando pasar a Raúl, que venía muy metido en conversación con Paco.
Raúl trataba de convencer a Paco para que jugase sin ningún reparo porque no tenía nada que temer de sus primos. Si le costó animarlo para que saliese de su casa, aún más complicado se le hizo que franqueara el umbral de la casapuerta de su tío Antonio.
-Paco, no te preocupes, que nos vamos a jartá de reir.-le dijo Raúl para relajarlo.

Pan templado, caliente,...
Manolo tenía a la vista uno de los dos taleguillos negros.Lo mantuvo en alto con una mano mientras sostenía en la otra varios papelitos, ya escritos, para doblarlos e introducirlos en el taleguillo a la vista de todos. Se los dio a Paco para que los fuera leyendo en voz alta y los hiciera desaparecer en la oscuridad del taleguillo.
El segundo taleguillo era idéntico al primero salvo porque ya contenía los papelitos cuidadosamente doblados; unos con la pomposa inscripción "REY"; otros, con la patética "HORCA", y todos con idéntica caligrafía. Lo llevaba oculto en un bolsillo, listo para hacer el cambalache en el momento oportuno.
Carmelo guardaba su "horca" y su "rey" en el bolsillo; Lucas, su "verdugo" y Manolo, su "caridad", que intercambiarían según discurriese el juego.


Chispa de tractor
Y comenzaron a jugar.
Fueron introduciendo la mano en la oscura talega de manera que solo Paco cogía una papeleta, pues los tres hermanos metían la mano con el mismo papel doblado que sacaban luego.
El juego estaba sujeto a una normativa muy peculiar. Lo habían aprendido en la escuela de Don Antonio y lo adaptaron a su conveniencia. No se lanzaba al aire ninguna taba y solo jugaban los cuatro protagonistas: Verdugo, Horca, Rey y Caridad. El Verdugo disponía de un repertorio más amplio de azotes. A los tres grados de azotainas oficiales (templado, calentito y recién salido del horno) se sumaban otros de nombres tan expresivos como sugerentes: chispa de moto, chispa de tractor o chispa de avión. Para contrarrestar el exceso de crueldad de las condenas añadieron a la escala el golpe de pluma de gallina y el refilón de conejo, que pronto cayeron en desuso.
El primero en hablar era "el caridad", a pesar de que en el juego original aprendido de Don Antonio fuese el verdugo quien iniciara el juego tras el lanzamiento de la taba.
-¡Que hable el rey!-dijo Manolo engolando la voz, con la mayor majestuosidad que pudo.
Carmelo esperaba haciéndose el remolón. Daba tiempo a Paco para que descubriera su rol. Paco hablaba unas veces de inmediato y otras se quedaba mirando el papelito a la espera de que hablase el rey. Cuando esto sucedía, Lucas miraba el papel de Paco y Carmelo hablaba a una señal del verdugo.
-Que le peguen al Lucas dos correazos templaditos.-solía decir el monarca Carmelo.
-No puede ser, -aclaraba Manolo Caridad -porque Lucas es el verdugo. Que te los peguen a tí, Majestad.
Otras veces pedía penas moderadas para el Horca que el Verdugo aplicaba con rectitud.
De esta guisa transcurrieron las primeras partidas. Carmelo se llevaba casi todos los correazos, siempre suavizados en su intensidad por un Caridad piadoso y un Verdugo blando de correa.Hasta que Paco se calentó y empezó a exigir que el Verdugo cumpliera con lo ordenado y golpeara a Carmelo con más fuerza. Luego, ya crecido, comenzó a pedir correazos a chispa de avión, que se suponían de una intensidad excesiva.Ordenaba los azotes con auténtica saña.
Ahí era adonde lo querían llevar. Había entrado en la red.
Carmelo le pasó por lo bajinis los dos papeles a su primo Raúl para que lo relevara en el juego y Lucas mandó cerrar la puerta de la calle "porque los niños pequeños gritaban mucho y no dejaban dormir la siesta a los pupilos", que ya se habían quejado varias veces.

Chispa de moto

Lucas y Manolo cumplían con el segundo día de castigo impuesto por su padre. Se habían estado tirando desde todo lo alto de la caseta del mareógrafo a pesar de tener prohibido el baño en el muelle. Antonio temía que alguno de sus hijos se hiciera daño al golpearse con algún barco, con un muerto o con alguno de los rezones que minaban el canal y sus aledaños.
Unas veces había sido advertido por los civiles ; otras, los había sorprendido él mismo; algunas, por sus amigos; y la última, la que colmó el vaso de su paciencia, por su propia mujer. Una vecina le dijo que su hijo los había visto haciendo la carpa desde el mareógrafo. Era la madre de Paco.
Antonio no lo dudó:
-No saldréis a la calle después de comer ¡durante una semana!

El juego se reanudó con Raúl como sustituto de Carmelo y Paco aborreció hablar de aviones.

- ¡Que hable el rey!

Chispa de avión

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