miércoles, 17 de noviembre de 2010

DE POR AHÍ

Óleo de Beatriz Coll


-¡Qué horas son estas de llegar? Anda anda y entra que está tu padre bueno contigo. Tu hermano ha salido a buscarte y ...¿Qué traes ahí?
-Un cañoncito.
-Cañoncito te voy a dar yo.¿Dónde te has metido?
Carmelo ya había hablado demasiado. Estaba convencido de que cuantas menos explicaciones diera antes terminaría la reprimenda. Encogió los hombros, puso cara de no haber roto un plato, frunció los labios, tirando a arranque de pucherito y contestó lo único que estaba dispuesto a decir.
-Por ahí.
-¡Por ahí dónde?
-Po por ahí.
Y se acabaron las explicaciones.
Su madre sabía de dónde venía. Estaba informada desde antes de que se encendieran las luces de la calle. Manolo la había saciado de detalles nada más llegar.
Sabía que había estado en el muelle. Sabía lo de la caja de balas del hombre de las cejas sonrientes y sabía que venía de derretir plomo.
-Anda, pasa para la cocina que te está esperando tu padre.

-¿Ha llegado ya Lucas?
-No. Es el niño.
-¿Tú de dónde vienes a estas horas?
-De por ahí.
-¿Yo qué te tengo dicho?
Carmelo encogió los hombros y apucheró los labios aún más. Manolo se levantó y le echó una mano por el hombro antes de que rompiera a llorar. Lo atrajo hacia sí para consolarlo, pero su padre no estaba dispuesto a permitírselo.
-Déjalo que llore, que así meará menos. ¿Qué te tengo dicho? Contesta. ¿A qué hora se viene aquí?
-Cuando se apagan las luces.-contestó Carmelo entre sollozos.
-Cuando se apagan las luces, no; cuando se encienden, coño.- le reprendió su padre aguantando la risa.
Su hermana no pudo contener una risotada explosiva, por mucho que se tapó la boca con las dos manos. Se dio dos latigazos con las trenzas aguantando la carcajada.
-No te rías que esto es muy serio.-la contuvo su padre.
Manolo vio la ocasión de quitarse de enmedio y pillar un rato de calle extra. Lucas llevaba más de dos horas de callejeo. Pensó que estaría jugando a civiles y que él se lo estaba perdiendo.
-¿Voy a buscar a Lucas?
-No. Quédate aquí que te pierdes más que una bolita de acero. Tu hermano sabe venir solo. Mucho se está tardando. Ése no está buscando a éste "ni ná."
Mari le hacía cucamonas a Carmelo para que dejara de lloriquear. Carmelo prefería mirar para la nafera* y seguir llorando. La cosa no estaba para risas.
Su padre volvió a la carga.
-¿De dónde has sacado el plomo para el cañoncito?
-Del muelle.
-¿Del muelle?¿Yo qué te tengo dicho?
-Que no vaya al muelle.
Y rompió a llorar abriendo todas las compuertas.
-Como yo me entere que tú vas al muelle otra vez me voy a quitar la correa.
Aquellas eran palabras mayores. Eran lo más de lo más. Recurrir al armamento nuclear.
-Ya te estás lavando. A cenar y a la cama. Y trae el cañoncito, que va para el pozo.
Su padre le quitó el cañoncito pero no lo tiró al pozo.
-Yo no como.-Contestó Carmelo.
-Ya te estás yendo a la cama. Pero ya.-le gritó su padre señalando hacia el exterior de la cocina.
A Carmelo le recordó una imagen de Cristóbal Colón que había visto en un libro.
Sintió un alivio enorme al ver la palmera del patio. Pasó por delante de ella y evitó dar una patada a las duelas de la tina reventona que aguantaba a duras penas las lorzas de raíces de la palmera. Su madre lo pilló al vuelo cuando se lanzaba a la cama.
-¡Eh! Así no te metes en la cama. Ven aquí.
Tenía una palangana sobre una de las sillas de la habitación, un cubo de cinc con agua fría y otro con agua caliente.
-Quítate la ropa y te das con la manopla y jabón, canalla. ¿Dónde te has metío?
-¿Otra vez?Por ahí.
-Date bien por detrás de las orejas. Trae que te dé yo bien.¿De dónde vienes que traes tanta mierda y tanta peste a humo? Levanta los brazos que te dé por los sobacos.
Lo lavó entero con la manopla y jabón palmolive. Un lujazo. Cuando les llegó el turno a los pies, el agua estaba negra.
-Espérate ahí quieto que voy a tirar el agua y te lavo esos pies.
-Yo no me lavo los pies.-dijo Carmelo durmiéndose en la silla.

Entró Lucas empapado en sudor y jadeante, como si viniera de una maratón.
-El Pelma está derritiendo plomo.- dijo para tratar de justificar su tardanza.
-Hace tres horas. -le contestó su padre.
Lucas se calló antes de que hubieran borriquitos caídos. Miró a Manolo y le dijo por telepatía todo lo que Manolo sabía. Vio el cañoncito sobre la mesa y volvió a cruzar la mirada con su hermano.
-¿Me puedo acostar?-preguntó a su padre.
-¿Has cenado?
-Sí. Y me lavé.
-Pues lávate otra vez que estás chorreando en sudor y te acuestas.

Su madre terminaba de secar los pies de Carmelo cuando Lucas entró en la habitación.
-Acuéstalo en su cama que se está quedando dormido.
-No, en la mía no. En la de Manolo.-protestó Carmelo dando una gran cabezada.
Lucas lo cogió en brazos para llevarlo desde la silla a la cama.
-Quillo, que te caes. No te duermas.
-Déjalo que se duerma y lávate antes de acostarte.- le recriminó su madre.
Cogió la palangana, la manopla y la toalla sucias y abandonó la habitación para proseguir sus tareas. Lucas se quedó acostando a Carmelo.
-Pelma, ¡qué buena pinta tiene el cañón! ¿Quieres que te lo termine?
A Carmelo se le abrieron los ojos.
-Papá lo va a tirar al pozo.
-No lo tira. El plomo es veneno y papá no lo va a tirar al pozo. Lo voy a coger antes de que lo tire a la basura. Llama a papá y lo entretienes.
Carmelo llamóa su padre para contarle lo que había hecho durante el día y se durmió entregándole la caja de balas al hombre de las cejas sonrientes.

Navaja de Albacete

Lucas se apresuró hacia la mesa de la cocina. El cañoncito no estaba. La risita burlona de su hermano le proyectó la película de lo que había sucedido.

-¿Buscas esto? Te lo cambio por la navaja nueva.




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