miércoles, 3 de noviembre de 2010

CAGAJONES NEGROS




Lucas sabía que el guardagujas estaba mosqueado desde que los vio merodear por la vía muerta que remataba en el hangar. Bajo el enorme cobertizo se almacenaban traviesas, pesados tornillos, herramientas y una montaña de cagajones negros, como Manolo llamaba a las pastillas de carbón de coque. El guardagujas no se relajó hasta que los vio por la vereda hacia Los Llanos.
Carmelo llevaba un cagajón negro en uno de los bolsillos. Ni sus hermanos ni el sagaz y severo centinela de gorra y bandera se habían percatado del detalle.
Aquel comprimido de carbón, bien machacado y molido daría para un buen papelón de pólvora, pensó Carmelo.
Entraron en el eucaliptal de Los Llanos saltando la alambrada. Manolo fue directo a la base de uno de los eucaliptos y descubrió entre la hojarasca un paquete hecho con papel de cemento. El paquete contenía más de una docena de puntillas de alfajía.
-Pelma, no digas nada a nadie, ¿eh?. advirtió Manolo haciendo cómplice a su hermanillo.
-¿Falta mucho para que pase el tren?-se interesó Lucas pensando en las brevas.
Manolo pegó la oreja a un raíl para averiguar el horario de salidas del caballo de hierro. Lo había aprendido en una película de indios.
-Lo justo. Vamos a ir poniéndolas y nos escondemos. Como nos vea el maquinista, el jefe de estación o el guardagujas, la hemos cagado-dijo Manolo volviendo a sortear la alambrada para acceder a la vía.
Repartió las puntillas con Lucas y las fueron colocando atravesadas sobre los raíles, con las cabezas hacia el interior.
-¿Para qué es éso?-preguntó Carmelo.
-Para hacer puntas de lanza y de flechas. Tú sigue mirando y nos avisas cuando se asome el guardagujas.-Le contestó Manolo.
-Yo quiero puntas de flecha. Y un arco chico. O me voy.-amenazó Carmelo.
Carmelo llevaba un rato pensando en irse a moler el coque. Lo palpaba de cuando en cuando por encima del pantalón; pero la sorprendente industria armamentística de sus hermanos le devolvió el interés por seguir con ellos.
El cañoncito y la pólvora desocuparon su mente para abrir un espacio a una nueva fantasía: las armas de los indios.
 Lucas colocó media docena de puntillas sobre un raíl y ofreció a Carmelo el último par.
-Toma, pon tú estas dos, que van a ser las tuyas. Yo vigilo.
Sacó unas monedas del bolsillo y se las ofreció también a Carmelo.
-Toma, Pelma. Cuatro perras chicas para que las conviertas en perras gordas.
Manolo no pudo aguantar la risa. Buscó un portillo entre las tunas para salir de la vía y esperar al mercancías ocultos tras las tunas.
-¡Falsificación de monedas y fábrica de armas!.-gritó Manolo entre carcajadas.

Carbón coque

El mercancías apareció por la curva algunos minutos después de su propio humo.Carmelo estaba más que cansado de aguantar de rodillas tras las tunas. Los terrones se le clavaban en cualquier parte del cuerpo que apoyase. No paraba de moverse y de hacer preguntas que nadie contestaba. Sintió unas ganas inmensas de levantarse para ver pasar el tren en su plenitud. Manolo se lo impidió presionando varias veces su cabeza con una mano, hasta dejarlo recostado.
-Pelma, no te muevas más, que nos van a descubrir. Y cállate.- le ordenó Manolo.
-Yo también estoy harto de esperar y tampoco sé cómo ponerme. Me estoy clavando todos los civiles. Habríamos tenido tiempo para coger las brevas y volver.-se quejó Lucas cambiando la rodilla de apoyo, lampando por un jartón de brevas lámpara.
-¿Con el Pelma nos iba a dar tiempo?¡Ni a llegar al campo!- mostró su indignación Manolo.
-Yo quiero ver el tren, que desde aquí no lo veo bien.-pidió Carmelo en lucha con la mano presionante de su hermano.
-Lo vamos a ver mirando entre las tunas, como los indios.-le propuso Manolo.
Carmelo aprovechó el momento para poner precio a su renuncia a contemplar el paso del mercancías.
-¿Me vas a hacer un arco chico con uno de los varales que no te sirvan para la red? Con uno de los que cogiste del árbol del cine.-Propuso Carmelo.
-Vale. Pero estáte quieto de una puñetera vez, que nos van a ver.-aceptó Manolo.
-Y quiero que el Lucas le haga dibujitos con la navaja.-añadió Carmelo aumentando el nivel de sus exigencias.
-Cállate ya o te quedas sin arco, sin flechas y sin ná.-zanjó Manolo.

El tren no paró en la estación ni para dar las buenas tardes.No había nada que descargar ni nada que cargar. El jefe de estación apareció en el andén,se puso la gorra, dio unos banderazos y volvió a ser engullido por la estación.
-No las cojas todavía, que queman.-Avisó Lucas a Manolo.
-Ya lo sé. Voy a verlas, a ver si están bien.
-Pelma, con las perras gordas te puedes hacer topes para las guitas de los trompos.
Manolo volvió a sacar el papel de cemento. Lo desarrugó y se sirvió de él para tantear la temperatura de las flechas.Ya no quemaban.
-En casa repartiremos. Mañana vendremos a coger las brevas.Ya no da tiempo-dijo Manolo.
-Sin el Pelma.-añadió Lucas.

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