lunes, 8 de noviembre de 2010

CARTUCHO QUE NO TE ESCUCHO



 
-El tito quiere que le busquemos cartuchos vacíos para recargarlos.-dijo Lucas a sus hermanos.
Sus palabras sonaron a repiques de Gloria.
Lucas hacía red en la azotea con media madeja de hilo de Puy. Acababa de cargar la aguja de caña que él mismo había labrado hacía escasamente una semana y las mallas ya salían con uniformidad.
Manolo se había encargado de abastecer la espiga de hilo durante toda la semana . Disfrutaba viendo crecer el paño a medida que las mallas se distanciaban del caminalejo; pero le apenaba comprobar que crecía a costa de las carísimas madejas de hilo. Pronto estaría terminada la primera manga y se le veía muy buen aspecto. Pero iba a faltar hilo.
-Si cogemos bastantes cartuchos a lo mejor nos regala una o dos madejas de hilo. Darían para terminar este paño y darle un buen achuchón al otro.-continuó Lucas.



Mari y su hermano Carmelo devanaban una madeja de lana sentados al sol, a la recachita del pretil de la azotea. Carmelo sujetaba la madeja con los brazos abiertos, contoneándolos para que el cabo encontrase la salida con facilidad. Su hermana enrrollaba el cabo de lana sobre un engullido trocito de cartón.
-Pelma, después de comer vamos a ir a coger cartuchos.-dijo Manolo.
-Yo no voy.
La respuesta fue automática.Carmelo se había acostumbrado a negar de antemano cualquier propuesta u orden. En aquel momento, lo único que le interesaba era su red de lana para coger palomitas. Lucas se la había prometido y por eso estaba devanando lana con su hermana.
-Esta tarde te vienes con el Lucas y conmigo. La Chupu que vaya a casa de abuela para que le dé más lana. Además, ahí no hay bastante lana para hacer una red. Hace falta hilo para mi red y lana para la tuya- dijo Manolo en tono seductor.



-¡Cartucho que no te escucho!...¡Cartucho que no te escucho!...¡Cartucho que no te escucho!...-repetían burlona e insistentemente Mari y Carmelo.
Lo de cartucho que no te escucho era algo así como el cuento de la buena pipa. Solía durar cuatro o cinco segundos más que las palabras del interlocutor a quien se pretendía silenciar. La retahíla subía progresivamente desde el susurro hasta el grito. La acompañaban de un gesto similar al que realizan los artilleros: cerrar los ojos y taponar los oídos con los dedos índice al tiempo que cubren las orejas con el resto de la mano.Los dos hermanos lo utilizaban para repeler órdenes o reprimendas verbales. Otras veces, por simple diversión..."¿Jugamos a cartucho que no te escucho?"
-Si no hay cartuchos no hay hilo ni lana.-dijo Lucas cuando se hizo el silencio.

-Vale, voy. Pero quiero un arco. Y flechas mías, de mazagón.-aceptó Carmelo.

Manolo sabía que el terreno que habría que cubrir iba a ser muy extenso y que entre cuatro cogiendo cartuchos cogerían muchos más.

-Chupu, ¿vienes?
-Sí.

Durante el almuerzo sonaron los nombres de los lugares a los que había que ir esa tarde y las siguientes a llenarse de pergañas y pincharse con galeras y cardos borriqueros. Cartuchos vacíos, tacos,...fango, fango y más fango. El Tiro de Pichón de las Canteras, los cerros, La Laguna...Fango, fango. El Pinar de la Villa, los puestos del eucalital de La Pachá, los de Los Llanos. Y un sinfín de "rigüelitos" de árboles donde los aficionados y los furtivos pegaban tiros un día sí y el otro también.


 
-Al tito le vamos a buscar también un perro nuevo. Seguro que viene otra vez solo de la próxima cacería.-dijo la niña arrancando una estruendosa carcajada en la mesa.

Su tío no andaba muy pacá de la vista y ya había tenido varios perros; algunos, muy buenos. Solía volver sin cartuchos y con la correa del perro.

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