lunes, 22 de noviembre de 2010

EL COLOSO ENTRE RODAS

Óleo de Alejandro Montalbán

Los bañadores estaban chorreando cuando Carmelo terminó de comer. Voló a los tendederos de la azotea con el último bocado del almuerzo haraganeando en su boca. Constató que no estarían secos para la pleamar ni con una levantera. Bajó y se fue para la canasta de la ropa limpia, junto a la tabla de la plancha. Sabía que su bañador de chulo-playa estaría en el fondo, esperando su tarde triunfal.
Lo sacó delante de su tía Francisca, que ya calentaba la plancha, y tomó el camino del retrete, en el hueco de la escalera.
-¡Eh, Gorrión!¿Dónde vas tan ligero*? Trae el bañador, que tiene el elástico roto. Te lo voy a coser para que no se te caiga y se te vea el aparato.-le dijo su tía arrebatándole el taparrabos de colorines de la mano.
-No se me cae, tita. Trae, me lo voy a poner, que me están esperando.
Lo recuperó y salió del excusado sacando más pecho que un saltador mejicano.
-¿Lo ves que no se me cae? Me está flojito, pero no se cae. Me voy.
-No te bañes, que estás en digestión. Dile a tu madre que te vas. No vuelvas tarde.
-Me voy. No le digo nada, que no me va a dejar salir. Díselo tú.
Se volvió para darle un beso y atrapó la primera camiseta que vio.
-No des portazos.- dijo su tía a compás con el estruendo del portón de la calle.

El bañador se le escurrió nada más pisar la acera. Lo subió casi hasta el ombligo y lo pellizcó con una mano para estrecharle la cintura y caminar sin tener que subirlo a cada paso que daba. Debía darse prisa. Cogió la calle José Antonio y giró hacia la Casa del Conde para bajar a la playa por las ruinas del Diezmo. De cuando en cuando se cambiaba de mano sin dejar de trincar el bañador. Le anudó uno de los laterales y logró llegar al final de la Longuera con las manos libres, caminando por la arena seca de la orilla.

El puente en su punto medio

Accedió al muelle por la parte más baja del muro para que no se le soltase el nudo al saltar y buscó la sombra porque estaba deslumbrado con el sol. Pronto localizó a sus amigos, que esperaban turno en el extremo del puente.
Carmelo era menudillo y tenía el pelo rizado y rubio como el sol. Disfrutaba cogiendo carrerilla por el puente para lanzarse al vacío y clavarse en el agua como un sable.
-¡Chiup! ¡Quillo, cómo ha entrao!- decía cuando alguien clavaba un buen salto en el canal.
No podía esperar más. Hizo una bola con la camiseta y la tiró en el vestidor improvisado entre dos redes, sobre la mayoría de la ropa de los bañistas. Avanzó por el puente y fue saludando a los conocidos, que eran casi todos los presentes.
-¿Cómo está el agua?-preguntó para dar las buenas tardes.
-Buenísima.
-Mojaíta.
-Muy buena.
-Salá.
-Del carajo.
-Venga, tírate, cohone.
...
Cada cual devolvió el saludo a su manera.
-Estoy en digestión.-dijo Carmelo para hacerse de rogar.
-¡Teskií ya!¡Anda,¿te tiras o te tiramos?-le convenció Aurelio.
Carmelo se tiró a la remanguillé y tuvo que sujetarse el bañador para salir vestido a la superficie, a pesar del guarrazo que había dado al entrar. Sabía que había hecho gracia con la caíada estrafalaria y que nadie criticaría su primer salto. Había sido una espantá aprobada por todos; no un salto en serio.
Pasado un buen rato, los saltadores comenzaron a ovacionar y a poner falta a los saltos de los demás.

Niños saltando desde la escalerilla de El Puerto
Carmelo se veía obligado a abrir las piernas justo al entrar en contacto con el agua. Le resultaba fácil recuperar el bañador a la altura de las rodillas unas veces y rozando los tobillos, otras. Sintió que le estaba perdiendo el gusto a la convención de saltadores cuando decidió dar un salto con el que dejaría boquiabiertos a todos los curiosos.
La tarde estaba cayendo y la marea bajaba. Pronto sería peligroso saltar.
Carmelo no estaba satisfecho con ninguno de sus saltos.
-Quillo, quitarse, que doy el último salto y me voy.-avisó.
Despejó de curiosos el puente hasta su punto medio.Desde allí cogería carrera, una vez que los demás saltadores se acomodasen en los escalones de la escalerilla. Memorizó un salto con altura, muy carpado, con entrada vertical y barrenando al final; con los pies bien juntos, para no levantar espuma...¡chiup!... y desaparecer como si se lo tragase el agua. El bañador lo sujetaría con los tobillos o lo recogería al subir.
El salto fue impecable, pero el bañador se perdió como se pierde un anillo.
-Quillo,¡qué entrada!- dijo Guillermo.
Carmelo sintió satisfacción y vergüenza a partes iguales. Buceó unos instantes pero tuvo que abandonar el lugar del impacto porque otros saltadores venían en camino. Buscó el refugio de los barcos para tapar sus vergüenzas hasta que oscureciese.
El cielo fue mudando su color del azul al oro.
Oyó a los saltadores abandonando el puente.
-Ya no se puede saltar. Éste casi hace pie.-dijo uno señalando a un pequeñajo.
-¿Nos vamos?¿Y el Carmelo?-preguntó otro.
-Se fue hace un rato.-contestó Aurelio.
Carmelo estaba tan aterido como supuso que estaría en Alaska. Asomó la nariz por la proa del bote del práctico y vio el puente despejado. Pero aún quedaba gente hablando en la dársena.
El cielo se estaba pintando de cárdeno y oro cuando Carmelo decidió subir al bote. No tenía fuerzas y aguzó el ingenio. Tiró del cabo de un bote vecino para arrimarlo al de servicio de la motora de prácticos. Subiría a pulso con una mano en la proa de cada barquilla y pisaría ambos cabos para tomar impulso.
"Dicho" y hecho. Tomó impulso con los pies y saltó sobre el bote que le pareció tener la eslora más baja, apoyando firmemente una mano en cada barca. Al hacerlo, los barcos se dieron el encuentro de tal manera que llegaron a coincidir con puntualidad exquisita en la caña de mear de Carmelo; roda contra roda con el coloso de medianera.
Carmelo perdió el frío, la vergüenza y casi casi, el conocimiento. Se palpó para ver si había perdido algo más y sintió un gran alivio al comprobar que el ciruelo seguía entero.
Volvió al agua y salió a nado, como si tuviese un bañador tremendamante ajustado.

 2 Botes, 2 rodas.
Tenía tantas ganas de llegar a su casa que olvidó recoger la camiseta. Montó en polvorosa por la parte baja del muelle y lo abandonó por la rampla. Corrió sin parar, por el camino más corto, sin temer encontrarse con alguno de los certeros apedreadores del Barrio; pasó como un rejilete por delante del despacho del Cantarito y giró a la derecha en la carpintería de Javier para bajar al galope , dejándose venir en la puerta del cuartel, junto a la panadería de Cerpa. Pasó caminando, pegado a la casa de Doña Flor, para que no llamar la atención de los civiles de puerta y volvió a esprintar hasta su casa.
Las luces de la calle llevaban un buen rato encendidas.
La puerta estaba cerrada. Él no estaba para llamar.
Volvió unos metros atrás y encontró la puerta de la calle de su amigo Guillermo abierta. No lo dudó un instante y entró como un gato.
José María preparaba las candilejas de carburo y equipaba el ceroncillo para ir a catar el corral. Regla, su esposa, zafaba* de cena a la tropa. Al fondo, Rosa hacía lo mismo con los suyos. No sintieron el paso de Carmelo, que llegó al corral, giró a la izquierda y alcanzó el pimer escalón rozando el brocal del pozo con la mano izquierda y tanteando con la derecha, para no topar con los palos del tendedero, ni con la ropa que pendía de él. Subía a cámara lenta hasta el primer descansillo cuando oyó voces que sonaban desde la cocina de Regla.
-¡Ahí hay alguien! En la azotea-alertó Pepe.
Carmelo se comió la tapia de Amador en cinco pasos y la de su casa en otros cinco. Cogió un bañador seco del alambre y bajó la escalera para meterse en el baño. Le dolía la caña pero le hizo el avío.Se la miró a la luz y no le vio nada raro. Echó un cubo de agua al agujero de las miserias, apagó la luz y buscó la claridad del patio.
Cuando pasaba frente a la pila de lavar sintió las risas con los pupilos como un bálsamo. Su padre aún no había llegado. Supuso que nadie había notado su tardanza.
-¿De dónde vienes?-Le preguntó su madre protocolariamente.
Carmelo notó en el tono de la pregunta que su madre no le estaba riñendo.
-De por ahí...del retrete.-corrigió.
-¿Quieres comer?
-Sí.
-¿Qué te pongo?
-Lo que sea.
Ya en la cocina le dijo a su madre que se había lastimado jugando. Le enseñó el aparato y la madre le dijo que cuando cenara se acostase, que ella iría a ponerle crema para los golpes.
-¿Cómo te lo has hecho?
-Trepando a una palmera para coger gorriones.
-Aquí no traigas gorriones. Y ten mucho cuidado con las palmeras, que te un día te vas a vaciar un ojo.Anda, come y calla.
Carmelo dio las buenas noches al pasar por el patio. Su tía lo miró de arriba abajo. Estaba sentada en una sillita con el fondo de anea, esperando que Carmelo se acercase a darle el beso de buenas noches. Carmelo disimuló el dolor que sentía y se inclinó un poco para buscar la mejilla de su tía.
-¿Por dónde has entrado, canalla?¿Y el bañador que te llevaste? -le preguntó al oído sujetándolo por el brazo con un pellizco-tenaza.
-Por ahí.
-Anda, vete para la cama, que ya me lo explicarás mañana, gorrión, que estás hecho un prenda que paqué.
Carmelo buscando un punto de atraque al atardecer.

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