viernes, 26 de noviembre de 2010

¿ TE ACORDARÁS ?



Desembocadura del Guadalquivir

  
-Espera un rato por aquí que te voy a montar en la bici nueva.
Manolo estaba a poco de terminar aquella tarde en la pensión San Francisco, donde ejercía de botones. Ya habían servido la comida y saldría con la tarde libre cuando quedase todo limpio y recogido.
Carmelo acababa de llegar a la explanada caminando por la Avenida de Regla. Había quedado con su hermano mayor para estrenar la bicicleta. Corrió alrededor de la estatua del Padre Lerchundi hasta marearse; lanzó piedras para caer dátiles de una palmera inalcanzable; dibujó varias veces "el seis y el cuatro, la cara de tu retrato" en el albero, con un palo, y terminó sentado en la entrada de la pensión, amenizado por El Busquillo.
-Dame la mano, primo.
Esa era la tarjeta de presentación del Busquillo.
Carmelo lo conocía bien de haberlo visto con su padre, besando castorillas de mosto.
-Primo, tú eres hijo de Antonio, ¿no?
-Sí.
-¿Qué haces por aquí?
-Esperando a mi hermano que está de botones en la pensión. Me va a montar en la bici nueva.
-Ya tiene que estar al salir. ¿A que tú no sabías que tienes veinte dedos en una sola mano?
-No, porque tengo cinco.
-Trae pacá que los vamos a contar.-El Busquillo le cogió la mano y empezó a contárselos desde el meñique al pulgar: Cuchillito, navajita, pan caliente, diecinueve y veinte.
Carmelo disfrutaba con el amplio repertorio del Busquillo cuando vio salir a su hermano de la pensión con una bicicleta Orbea, negra, con barra, timbre, dinamo y portamantas. Manolo no le quitaba el ojo de encima a la bicicleta.La miraba como se mira a una novia.
-¿Te gusta, Pelma? Mira, tiene bombín, por si se pincha una rueda.
-¡Qué buena bici, primo! Orbea...de las mejores.-apreció El Busquillo.
Manolo agradeció el cumplido con un gesto y continuó paseando la orbea como si le diese apuro montarla tan pronto. Explicaba a Carmelo los nombres de las partes de la bicicleta mientras se dirigía a la banda de la playa. Paró en la puerta del Santuario, subió al primero de los peldaños de la escalinata y la montó.
-Pon un pie en la palomilla y te montas, que vamos a coger por la banda de la playa hasta el faro. A ver, espera, no te montes todavía, que voy a ponerme esto para no llenarme de grasa el pantalón.
Manolo vestía una camisa blanca de mangas cortas y un pantalón largo, también blanco, en uno de cuyos bolsillos llevaba una pinza de madera, de las de tender ropa. Bajó de la bicicleta, plegó los bajos del pantalón y lo sujetó con la pinza. La bicicleta tenía guardacadenas, pero así, no engancharía el pantalón.
-Venga, ahora. Separa las piernas para no meterlas entre los radios y no te muevas.
Carmelo obedeció y pronto sintió en su rostro el fresco de la playa.
-¡Ay!¡Ay!, ¡que me duele! ¡Para, Manolo, para!
Manolo se detuvo pensando que a su hermano le había pasado algo serio.
-Bájate.
-Me he pinchado con este alambre.- dijo Carmelo señalando uno de los ganchos del pulpo.
-Eso es el pulpo, para sujetar los paquetes.
Lo quitó del portamantas deshaciendo el trenzado y lo enrolló en la base del sillín.
-¡Ea! Ya está. Vamos.
Manolo notó que Carmelo miraba con arrobo a un hombre alto que salía de uno de los chalets de la banda de la playa.
-Mira, Manolo, ese es el hombre de las balas. Al que se le cayó la caja de balas en el muelle.-dijo Carmelo sorprendido.
-Ese es Carrero Blanco. Vive ahí. Anda, móntate y pon los pies en las palomillas. ¿Dónde quieres ir, a Rota o a Sanlúcar?
-A Sanlúcar.-contestó Carmelo decidido.
Manolo cambió la ruta programada y dejó el faro para otro día. Abandonó la playa por Villacañas, llegó a Los Amarillos por Regla, pasó por delante del taller de Arango, echó una miradita a las carteleras del Cine Avenida, sin bajar de la bici. Vieron siete carteles clavados en la pared, frente al cine.

-Ben Hur y Los Siete Magníficos, Pelma. Mañana te voy a traer al cine.


Era domingo, sin duda. Los lunes "echaban" dos películas al precio de una.
Giraron en el rincón de Valdés casi con la misma dificultad que lo hacía Florencio con el autocar; pues, Manolo tuvo que realizar un gran esfuerzo para reanudar la marcha con la bicicleta en la mismísima curva.
Pasaron por delante de la Administración de la Policía Municipal de la Plaza Pío XII. Manolo iba tranquilo a pesar de no llevar matrícula. En su lugar lucía el marchamo de chapa de un chorizo que había cogido poco antes en la pensión. Aquel año, las matrículas eran negras, por lo que tuvo que teñir el marchamo con un poco de betún.

-¡Mira, la abuela!
Carmelo saludó a una señora sonriente y pequeñita, enfundada en un traje negro estampado con flores blancas, que venía por la acera de la calle Isaac Peral, a la altura de Miguel del Rincón. Se dirigía a la pensión de su hija Rocío, como luego descubriría.
-¡Abuela! Voy a Sanlúcar.-Gritó soltando una mano para saludarla con alborozo.
Manolo soltó la mano izquierda del manillar y la levantó para saludar, sin atreverse a mirar atrás y perder el equilibrio.

La Macarena, el corral trasero de la Guardia Civil, el horno de Juan Cerpa, la casa de Manolo Valdés, la embocadura de la carretera con el Punto, la miga de Pepita Pérez y el taller de los Polanco, a la izquierda;y la huerta de Joselito, enfrente. Carmelo conocía bien aquel rincón.

-¿Vas bien, Pelma?
-Sí.

La carretera estaba salpicada de moreras a ambos lados, ligeramente por encima de las cunetas. Pasaron por delante del cementerio desde donde ya podían divisar los eucaliptos de La Lagunilla. Estaban saliendo de Chipiona entre viñas de moscatel, Dejaban atrás el fielato cuando Manolo exclamó contrariado.

Coñó, los civiles!

Aminoró la frecuencia de pedaleo a medida que se acercaba a la barrera del paso a nivel. Una pareja de la Benemérita daba el alto a los vehículos porque iba a pasar el tren. Carros tirados por mulas, bicicletas, peatones con sacos al hombro, burras, y algunos coches se fueron sumando a la carvana hasta que pasó el tren y el guardagujas alzó la barrera. Los civiles gesticularon con la mano para dar via libre. Carmelo y Manolo pasaron los primeros.

Los nueve kilómetros que separaban las dos poblaciones vecinas son muchos kilómetros para ir sobre el portamantas de una orbea, por mucho que la pinten de negro. Carmelo pidió una parada en el eucaliptal de Santo Domingo, para darle un rieguecillo a la arboleda y para estirarse un poco. Manolo hizo lo propio y volvió a la bici escurriéndosela.
Carmelo montó otra vez, con menos ganas que la primera.
-¿Falta mucho?
Sanlúcar de Barrameda desde Cuesta Blanca
-Un poco más.¿Nos volvemos?
-No.



Desde Cuesta Blanca hasta el Cantillo, todo cuesta abajo, Manolo dejó la bici ir, casi sin dar pedales. Vieron acercarse Sanlúcar como si se arrimasen una postal a la cara. Carmelo mantuvo la vista en la torre de la O hasta que pasaron por delante del barranco desde donde emprendió el vuelo una bandada de patos. Se asombró con los charcos rodeados de juncos y de puros de aneas, poco antes de pasar por delante de la fábrica de ladrillos, en el último repecho del camino.
-Ya estamos en Sanlúcar. Vamos a bajar al río.¿Estás bien, Pelma?
-Sí.
Carmelo mintió. No sabía cómo ponerse. Le dolía todo el cuerpo; principalmente, las posaderas. Pero nunca había visto un río y no estaba dispuesto a desaprovechar aquella oportunidad.
Manolo detuvo la marcha apoyando un pie sobre el bordillo de la acera. Sudaba pero no estaba cansado a pesar de haber pedaleado a buen ritmo. Señaló un azulejo antes de echarse abajo por la empinada cuesta que los llevaría a la Plaza del Pradillo como si bajasen por un tobogán.
-Mira, Pelma, esta es la calle Juan Sebastián Elcano.¿Lo ves ahí arriba?
-Sí.
Y pasaron por El Pradillo como un cohete.
-Aquello es el río.¿Lo ves?
-No.
Llegaron a la arena seca. Carmelo no podía moverse del portamantas porque llevaba los pies dormidos. Su hermano le ayudó a bajar de la bicicleta y le ofreció la mano para que anduviese por la arena hasta que se le quitara la hormiguilla. Llegaron a la orilla. Manolo observó que Carmelo sangraba por un labio abierto en el pulgar de su pie izquierdo.
-¡Quillo!¿Dónde te has hecho ese corte?
-¿Qué corte?
-Ése;el del pie.¿No te duele?
-No.
Carmelo aún no había recobrado toda la sensibilidad por mor de la hormiguilla. Se había cortado con un cristal de una botella de cerveza enterrada en la arena y no se había dado cuenta. El dedo estaba lleno de arena blanca y parecía un pionono rosa. Se lavó la herida sangrante en el río. Al poco, empezó a sentir picor y luego se quejó del dolor.
-Mira, Pelma. Este es el río Guadalquivir. Por allí está Sevilla y por allí, Chipiona. El río viene de Sevilla y va hasta la playa. Esto es agua dulce, pero no se bebe porque casi todo es meao. Allí enfrente está Doñana.¿Ves los pinos? Ahí hay toda clase de animales.
Carmelo buscó la arena seca para volver a llenarse la herida.
-¿Adónde vas?No te lo llenes otra vez de arena.-le recriminó su hermano.
-¡Qué va!¡Si te parece me lo voy a dejar lleno de meao!
Manolo reía a carcajadas.
-Pelma, cuando te pregunte el maestro los ríos de España, le dices que has estado en la desembocadura del Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda.¿Te acordarás?
Carmelo y Manolo tuvieron que explicárselo a su padre antes que al maestro.
Llegaron a Chipiona ya de noche, guiados por la luz de la triste bombillita del farol.
-La dinamo es buenísima.-concluyó Manolo en cuanto que entró por El Punto, donde estaba la primera bombilla encendida del pueblo.
Sus padres, su tía Francisca, hermanos, vecinos y primos los estaban esperando en la puerta, junto con su tía Rocío y su abuela.
-Venimos de Sanlúcar. Yo creía que estaba más cerca, papá.-dijo Manolo.
-Ya me lo ha dicho la abuela.¿Estás bien?
-El niño se ha hecho un corte en el pie con un cristal.
-Pero no es ná. No me duele y ya no me sale sangre. Me lo he lavao con agua del río Guadalquivir. ¡Papá, hemos estado en el río!
Carmelo no podía contener la alegría. Todos estaban contentos, a pesar de la bronca que se suponía próxima. Su padre le limpió la herida y le dejó el dedo nuevo. Luego, durante la cena, vinieron los "pero a quien se le ocurre", los "habráse visto la ocurrencia", o el socorrido "para haber pasado algo". Se echó en falta el "para haberse vaciado un ojo", tan manido en tantísimas situaciones.
El colchón de muelles se alegró de recibirlo cansado.Aquella noche Carmelo soñó con el Coto de Doñana y aprovechó para introducir algunos elefantes, tigres y leones. Su mente se entretuvo jugando en la orilla del río volteando una cantinela: "¿Te acordarás?".
Bicicleta Orbea antigua

lunes, 22 de noviembre de 2010

EL COLOSO ENTRE RODAS

Óleo de Alejandro Montalbán

Los bañadores estaban chorreando cuando Carmelo terminó de comer. Voló a los tendederos de la azotea con el último bocado del almuerzo haraganeando en su boca. Constató que no estarían secos para la pleamar ni con una levantera. Bajó y se fue para la canasta de la ropa limpia, junto a la tabla de la plancha. Sabía que su bañador de chulo-playa estaría en el fondo, esperando su tarde triunfal.
Lo sacó delante de su tía Francisca, que ya calentaba la plancha, y tomó el camino del retrete, en el hueco de la escalera.
-¡Eh, Gorrión!¿Dónde vas tan ligero*? Trae el bañador, que tiene el elástico roto. Te lo voy a coser para que no se te caiga y se te vea el aparato.-le dijo su tía arrebatándole el taparrabos de colorines de la mano.
-No se me cae, tita. Trae, me lo voy a poner, que me están esperando.
Lo recuperó y salió del excusado sacando más pecho que un saltador mejicano.
-¿Lo ves que no se me cae? Me está flojito, pero no se cae. Me voy.
-No te bañes, que estás en digestión. Dile a tu madre que te vas. No vuelvas tarde.
-Me voy. No le digo nada, que no me va a dejar salir. Díselo tú.
Se volvió para darle un beso y atrapó la primera camiseta que vio.
-No des portazos.- dijo su tía a compás con el estruendo del portón de la calle.

El bañador se le escurrió nada más pisar la acera. Lo subió casi hasta el ombligo y lo pellizcó con una mano para estrecharle la cintura y caminar sin tener que subirlo a cada paso que daba. Debía darse prisa. Cogió la calle José Antonio y giró hacia la Casa del Conde para bajar a la playa por las ruinas del Diezmo. De cuando en cuando se cambiaba de mano sin dejar de trincar el bañador. Le anudó uno de los laterales y logró llegar al final de la Longuera con las manos libres, caminando por la arena seca de la orilla.

El puente en su punto medio

Accedió al muelle por la parte más baja del muro para que no se le soltase el nudo al saltar y buscó la sombra porque estaba deslumbrado con el sol. Pronto localizó a sus amigos, que esperaban turno en el extremo del puente.
Carmelo era menudillo y tenía el pelo rizado y rubio como el sol. Disfrutaba cogiendo carrerilla por el puente para lanzarse al vacío y clavarse en el agua como un sable.
-¡Chiup! ¡Quillo, cómo ha entrao!- decía cuando alguien clavaba un buen salto en el canal.
No podía esperar más. Hizo una bola con la camiseta y la tiró en el vestidor improvisado entre dos redes, sobre la mayoría de la ropa de los bañistas. Avanzó por el puente y fue saludando a los conocidos, que eran casi todos los presentes.
-¿Cómo está el agua?-preguntó para dar las buenas tardes.
-Buenísima.
-Mojaíta.
-Muy buena.
-Salá.
-Del carajo.
-Venga, tírate, cohone.
...
Cada cual devolvió el saludo a su manera.
-Estoy en digestión.-dijo Carmelo para hacerse de rogar.
-¡Teskií ya!¡Anda,¿te tiras o te tiramos?-le convenció Aurelio.
Carmelo se tiró a la remanguillé y tuvo que sujetarse el bañador para salir vestido a la superficie, a pesar del guarrazo que había dado al entrar. Sabía que había hecho gracia con la caíada estrafalaria y que nadie criticaría su primer salto. Había sido una espantá aprobada por todos; no un salto en serio.
Pasado un buen rato, los saltadores comenzaron a ovacionar y a poner falta a los saltos de los demás.

Niños saltando desde la escalerilla de El Puerto
Carmelo se veía obligado a abrir las piernas justo al entrar en contacto con el agua. Le resultaba fácil recuperar el bañador a la altura de las rodillas unas veces y rozando los tobillos, otras. Sintió que le estaba perdiendo el gusto a la convención de saltadores cuando decidió dar un salto con el que dejaría boquiabiertos a todos los curiosos.
La tarde estaba cayendo y la marea bajaba. Pronto sería peligroso saltar.
Carmelo no estaba satisfecho con ninguno de sus saltos.
-Quillo, quitarse, que doy el último salto y me voy.-avisó.
Despejó de curiosos el puente hasta su punto medio.Desde allí cogería carrera, una vez que los demás saltadores se acomodasen en los escalones de la escalerilla. Memorizó un salto con altura, muy carpado, con entrada vertical y barrenando al final; con los pies bien juntos, para no levantar espuma...¡chiup!... y desaparecer como si se lo tragase el agua. El bañador lo sujetaría con los tobillos o lo recogería al subir.
El salto fue impecable, pero el bañador se perdió como se pierde un anillo.
-Quillo,¡qué entrada!- dijo Guillermo.
Carmelo sintió satisfacción y vergüenza a partes iguales. Buceó unos instantes pero tuvo que abandonar el lugar del impacto porque otros saltadores venían en camino. Buscó el refugio de los barcos para tapar sus vergüenzas hasta que oscureciese.
El cielo fue mudando su color del azul al oro.
Oyó a los saltadores abandonando el puente.
-Ya no se puede saltar. Éste casi hace pie.-dijo uno señalando a un pequeñajo.
-¿Nos vamos?¿Y el Carmelo?-preguntó otro.
-Se fue hace un rato.-contestó Aurelio.
Carmelo estaba tan aterido como supuso que estaría en Alaska. Asomó la nariz por la proa del bote del práctico y vio el puente despejado. Pero aún quedaba gente hablando en la dársena.
El cielo se estaba pintando de cárdeno y oro cuando Carmelo decidió subir al bote. No tenía fuerzas y aguzó el ingenio. Tiró del cabo de un bote vecino para arrimarlo al de servicio de la motora de prácticos. Subiría a pulso con una mano en la proa de cada barquilla y pisaría ambos cabos para tomar impulso.
"Dicho" y hecho. Tomó impulso con los pies y saltó sobre el bote que le pareció tener la eslora más baja, apoyando firmemente una mano en cada barca. Al hacerlo, los barcos se dieron el encuentro de tal manera que llegaron a coincidir con puntualidad exquisita en la caña de mear de Carmelo; roda contra roda con el coloso de medianera.
Carmelo perdió el frío, la vergüenza y casi casi, el conocimiento. Se palpó para ver si había perdido algo más y sintió un gran alivio al comprobar que el ciruelo seguía entero.
Volvió al agua y salió a nado, como si tuviese un bañador tremendamante ajustado.

 2 Botes, 2 rodas.
Tenía tantas ganas de llegar a su casa que olvidó recoger la camiseta. Montó en polvorosa por la parte baja del muelle y lo abandonó por la rampla. Corrió sin parar, por el camino más corto, sin temer encontrarse con alguno de los certeros apedreadores del Barrio; pasó como un rejilete por delante del despacho del Cantarito y giró a la derecha en la carpintería de Javier para bajar al galope , dejándose venir en la puerta del cuartel, junto a la panadería de Cerpa. Pasó caminando, pegado a la casa de Doña Flor, para que no llamar la atención de los civiles de puerta y volvió a esprintar hasta su casa.
Las luces de la calle llevaban un buen rato encendidas.
La puerta estaba cerrada. Él no estaba para llamar.
Volvió unos metros atrás y encontró la puerta de la calle de su amigo Guillermo abierta. No lo dudó un instante y entró como un gato.
José María preparaba las candilejas de carburo y equipaba el ceroncillo para ir a catar el corral. Regla, su esposa, zafaba* de cena a la tropa. Al fondo, Rosa hacía lo mismo con los suyos. No sintieron el paso de Carmelo, que llegó al corral, giró a la izquierda y alcanzó el pimer escalón rozando el brocal del pozo con la mano izquierda y tanteando con la derecha, para no topar con los palos del tendedero, ni con la ropa que pendía de él. Subía a cámara lenta hasta el primer descansillo cuando oyó voces que sonaban desde la cocina de Regla.
-¡Ahí hay alguien! En la azotea-alertó Pepe.
Carmelo se comió la tapia de Amador en cinco pasos y la de su casa en otros cinco. Cogió un bañador seco del alambre y bajó la escalera para meterse en el baño. Le dolía la caña pero le hizo el avío.Se la miró a la luz y no le vio nada raro. Echó un cubo de agua al agujero de las miserias, apagó la luz y buscó la claridad del patio.
Cuando pasaba frente a la pila de lavar sintió las risas con los pupilos como un bálsamo. Su padre aún no había llegado. Supuso que nadie había notado su tardanza.
-¿De dónde vienes?-Le preguntó su madre protocolariamente.
Carmelo notó en el tono de la pregunta que su madre no le estaba riñendo.
-De por ahí...del retrete.-corrigió.
-¿Quieres comer?
-Sí.
-¿Qué te pongo?
-Lo que sea.
Ya en la cocina le dijo a su madre que se había lastimado jugando. Le enseñó el aparato y la madre le dijo que cuando cenara se acostase, que ella iría a ponerle crema para los golpes.
-¿Cómo te lo has hecho?
-Trepando a una palmera para coger gorriones.
-Aquí no traigas gorriones. Y ten mucho cuidado con las palmeras, que te un día te vas a vaciar un ojo.Anda, come y calla.
Carmelo dio las buenas noches al pasar por el patio. Su tía lo miró de arriba abajo. Estaba sentada en una sillita con el fondo de anea, esperando que Carmelo se acercase a darle el beso de buenas noches. Carmelo disimuló el dolor que sentía y se inclinó un poco para buscar la mejilla de su tía.
-¿Por dónde has entrado, canalla?¿Y el bañador que te llevaste? -le preguntó al oído sujetándolo por el brazo con un pellizco-tenaza.
-Por ahí.
-Anda, vete para la cama, que ya me lo explicarás mañana, gorrión, que estás hecho un prenda que paqué.
Carmelo buscando un punto de atraque al atardecer.

jueves, 18 de noviembre de 2010

QUE HABLE EL REY

¡ QUE HABLE EL REY !


El mes de julio siempre fue difícil de alquilar; por eso era mejor arrendar la temporada entera. Eran muchas las familias que veraneaban en la misma casa desde finales de junio hasta el ocho de septiembre, compartiendo espacios comunes con los propietarios, en estrecha y apretada convivencia. El pupilaje constituía un auténtico intercambio de culturas. Los mejores pupilos llegaban a hacerse crónicos y alargaban la temporá hasta después de la Virgen. Les daba pena de irse cuando el tiempo acompañaba. Algunos, como el Nene, nunca terminaban de irse y volvían cada vez que había mareas vivas para coger cangrejos de pelos.
Antonio tuvo suerte cuando alquiló la temporá al padre del Nene. Tenía una familia numerosa, como la suya; pero la casa era grande, con amplias dependencias. Disponía de dos aseos y de dos cocinas que durante varios veranos estuvieron bien aprovechados.

Correa de cuero

-Este es el Nene, mi pupilo-dijo Carmelo a su primo, como si le presentase a alguien de la familia- ¡Ah! Y que dice el Lucas que te vayas payá, que estamos castigaos, que van a jugar a la taba... y que te lleves al Paco.-añadió.
-Vale. Voy en cuanto termine de comer.
Su madre vio el cielo abierto porque Raúl y las siestas no hacían buenas migas, como sucedía con la mayoría de los niños. Sus inquilinos dormirían sin sobresaltos; al menos, aquella tarde.
Raúl apuró el plato poniéndose de pie, lo puso en el fregadero, se limpió las comisuras con el pico de una servilleta de muselina y cogió dos perillos para el camino. Por nada del mundo se perdería una sesión de taba con sus primos. Por la confitería de El Chato ya se había zampado los dos perillos y aspiró profundamente los aromas de los pasteles y de las sultanas recién horneadas. Dejó atrás La Corea y entró a convencer a la madre de Paco para que lo dejara salir a jugar un rato.

La calle bullía de niños para jugar a la taba. Eran demasiados y Lucas tuvo que ejercer de portero dejando a un lado a los más pequeños mientras Manolo ultimaba los detalles con los papelitos y los taleguillos para el sorteo.
-Los más chicos os quedáis por ahí, que va a arder Troya.-dijo Lucas dejando pasar a Raúl, que venía muy metido en conversación con Paco.
Raúl trataba de convencer a Paco para que jugase sin ningún reparo porque no tenía nada que temer de sus primos. Si le costó animarlo para que saliese de su casa, aún más complicado se le hizo que franqueara el umbral de la casapuerta de su tío Antonio.
-Paco, no te preocupes, que nos vamos a jartá de reir.-le dijo Raúl para relajarlo.

Pan templado, caliente,...
Manolo tenía a la vista uno de los dos taleguillos negros.Lo mantuvo en alto con una mano mientras sostenía en la otra varios papelitos, ya escritos, para doblarlos e introducirlos en el taleguillo a la vista de todos. Se los dio a Paco para que los fuera leyendo en voz alta y los hiciera desaparecer en la oscuridad del taleguillo.
El segundo taleguillo era idéntico al primero salvo porque ya contenía los papelitos cuidadosamente doblados; unos con la pomposa inscripción "REY"; otros, con la patética "HORCA", y todos con idéntica caligrafía. Lo llevaba oculto en un bolsillo, listo para hacer el cambalache en el momento oportuno.
Carmelo guardaba su "horca" y su "rey" en el bolsillo; Lucas, su "verdugo" y Manolo, su "caridad", que intercambiarían según discurriese el juego.


Chispa de tractor
Y comenzaron a jugar.
Fueron introduciendo la mano en la oscura talega de manera que solo Paco cogía una papeleta, pues los tres hermanos metían la mano con el mismo papel doblado que sacaban luego.
El juego estaba sujeto a una normativa muy peculiar. Lo habían aprendido en la escuela de Don Antonio y lo adaptaron a su conveniencia. No se lanzaba al aire ninguna taba y solo jugaban los cuatro protagonistas: Verdugo, Horca, Rey y Caridad. El Verdugo disponía de un repertorio más amplio de azotes. A los tres grados de azotainas oficiales (templado, calentito y recién salido del horno) se sumaban otros de nombres tan expresivos como sugerentes: chispa de moto, chispa de tractor o chispa de avión. Para contrarrestar el exceso de crueldad de las condenas añadieron a la escala el golpe de pluma de gallina y el refilón de conejo, que pronto cayeron en desuso.
El primero en hablar era "el caridad", a pesar de que en el juego original aprendido de Don Antonio fuese el verdugo quien iniciara el juego tras el lanzamiento de la taba.
-¡Que hable el rey!-dijo Manolo engolando la voz, con la mayor majestuosidad que pudo.
Carmelo esperaba haciéndose el remolón. Daba tiempo a Paco para que descubriera su rol. Paco hablaba unas veces de inmediato y otras se quedaba mirando el papelito a la espera de que hablase el rey. Cuando esto sucedía, Lucas miraba el papel de Paco y Carmelo hablaba a una señal del verdugo.
-Que le peguen al Lucas dos correazos templaditos.-solía decir el monarca Carmelo.
-No puede ser, -aclaraba Manolo Caridad -porque Lucas es el verdugo. Que te los peguen a tí, Majestad.
Otras veces pedía penas moderadas para el Horca que el Verdugo aplicaba con rectitud.
De esta guisa transcurrieron las primeras partidas. Carmelo se llevaba casi todos los correazos, siempre suavizados en su intensidad por un Caridad piadoso y un Verdugo blando de correa.Hasta que Paco se calentó y empezó a exigir que el Verdugo cumpliera con lo ordenado y golpeara a Carmelo con más fuerza. Luego, ya crecido, comenzó a pedir correazos a chispa de avión, que se suponían de una intensidad excesiva.Ordenaba los azotes con auténtica saña.
Ahí era adonde lo querían llevar. Había entrado en la red.
Carmelo le pasó por lo bajinis los dos papeles a su primo Raúl para que lo relevara en el juego y Lucas mandó cerrar la puerta de la calle "porque los niños pequeños gritaban mucho y no dejaban dormir la siesta a los pupilos", que ya se habían quejado varias veces.

Chispa de moto

Lucas y Manolo cumplían con el segundo día de castigo impuesto por su padre. Se habían estado tirando desde todo lo alto de la caseta del mareógrafo a pesar de tener prohibido el baño en el muelle. Antonio temía que alguno de sus hijos se hiciera daño al golpearse con algún barco, con un muerto o con alguno de los rezones que minaban el canal y sus aledaños.
Unas veces había sido advertido por los civiles ; otras, los había sorprendido él mismo; algunas, por sus amigos; y la última, la que colmó el vaso de su paciencia, por su propia mujer. Una vecina le dijo que su hijo los había visto haciendo la carpa desde el mareógrafo. Era la madre de Paco.
Antonio no lo dudó:
-No saldréis a la calle después de comer ¡durante una semana!

El juego se reanudó con Raúl como sustituto de Carmelo y Paco aborreció hablar de aviones.

- ¡Que hable el rey!

Chispa de avión

miércoles, 17 de noviembre de 2010

DE POR AHÍ

Óleo de Beatriz Coll


-¡Qué horas son estas de llegar? Anda anda y entra que está tu padre bueno contigo. Tu hermano ha salido a buscarte y ...¿Qué traes ahí?
-Un cañoncito.
-Cañoncito te voy a dar yo.¿Dónde te has metido?
Carmelo ya había hablado demasiado. Estaba convencido de que cuantas menos explicaciones diera antes terminaría la reprimenda. Encogió los hombros, puso cara de no haber roto un plato, frunció los labios, tirando a arranque de pucherito y contestó lo único que estaba dispuesto a decir.
-Por ahí.
-¡Por ahí dónde?
-Po por ahí.
Y se acabaron las explicaciones.
Su madre sabía de dónde venía. Estaba informada desde antes de que se encendieran las luces de la calle. Manolo la había saciado de detalles nada más llegar.
Sabía que había estado en el muelle. Sabía lo de la caja de balas del hombre de las cejas sonrientes y sabía que venía de derretir plomo.
-Anda, pasa para la cocina que te está esperando tu padre.

-¿Ha llegado ya Lucas?
-No. Es el niño.
-¿Tú de dónde vienes a estas horas?
-De por ahí.
-¿Yo qué te tengo dicho?
Carmelo encogió los hombros y apucheró los labios aún más. Manolo se levantó y le echó una mano por el hombro antes de que rompiera a llorar. Lo atrajo hacia sí para consolarlo, pero su padre no estaba dispuesto a permitírselo.
-Déjalo que llore, que así meará menos. ¿Qué te tengo dicho? Contesta. ¿A qué hora se viene aquí?
-Cuando se apagan las luces.-contestó Carmelo entre sollozos.
-Cuando se apagan las luces, no; cuando se encienden, coño.- le reprendió su padre aguantando la risa.
Su hermana no pudo contener una risotada explosiva, por mucho que se tapó la boca con las dos manos. Se dio dos latigazos con las trenzas aguantando la carcajada.
-No te rías que esto es muy serio.-la contuvo su padre.
Manolo vio la ocasión de quitarse de enmedio y pillar un rato de calle extra. Lucas llevaba más de dos horas de callejeo. Pensó que estaría jugando a civiles y que él se lo estaba perdiendo.
-¿Voy a buscar a Lucas?
-No. Quédate aquí que te pierdes más que una bolita de acero. Tu hermano sabe venir solo. Mucho se está tardando. Ése no está buscando a éste "ni ná."
Mari le hacía cucamonas a Carmelo para que dejara de lloriquear. Carmelo prefería mirar para la nafera* y seguir llorando. La cosa no estaba para risas.
Su padre volvió a la carga.
-¿De dónde has sacado el plomo para el cañoncito?
-Del muelle.
-¿Del muelle?¿Yo qué te tengo dicho?
-Que no vaya al muelle.
Y rompió a llorar abriendo todas las compuertas.
-Como yo me entere que tú vas al muelle otra vez me voy a quitar la correa.
Aquellas eran palabras mayores. Eran lo más de lo más. Recurrir al armamento nuclear.
-Ya te estás lavando. A cenar y a la cama. Y trae el cañoncito, que va para el pozo.
Su padre le quitó el cañoncito pero no lo tiró al pozo.
-Yo no como.-Contestó Carmelo.
-Ya te estás yendo a la cama. Pero ya.-le gritó su padre señalando hacia el exterior de la cocina.
A Carmelo le recordó una imagen de Cristóbal Colón que había visto en un libro.
Sintió un alivio enorme al ver la palmera del patio. Pasó por delante de ella y evitó dar una patada a las duelas de la tina reventona que aguantaba a duras penas las lorzas de raíces de la palmera. Su madre lo pilló al vuelo cuando se lanzaba a la cama.
-¡Eh! Así no te metes en la cama. Ven aquí.
Tenía una palangana sobre una de las sillas de la habitación, un cubo de cinc con agua fría y otro con agua caliente.
-Quítate la ropa y te das con la manopla y jabón, canalla. ¿Dónde te has metío?
-¿Otra vez?Por ahí.
-Date bien por detrás de las orejas. Trae que te dé yo bien.¿De dónde vienes que traes tanta mierda y tanta peste a humo? Levanta los brazos que te dé por los sobacos.
Lo lavó entero con la manopla y jabón palmolive. Un lujazo. Cuando les llegó el turno a los pies, el agua estaba negra.
-Espérate ahí quieto que voy a tirar el agua y te lavo esos pies.
-Yo no me lavo los pies.-dijo Carmelo durmiéndose en la silla.

Entró Lucas empapado en sudor y jadeante, como si viniera de una maratón.
-El Pelma está derritiendo plomo.- dijo para tratar de justificar su tardanza.
-Hace tres horas. -le contestó su padre.
Lucas se calló antes de que hubieran borriquitos caídos. Miró a Manolo y le dijo por telepatía todo lo que Manolo sabía. Vio el cañoncito sobre la mesa y volvió a cruzar la mirada con su hermano.
-¿Me puedo acostar?-preguntó a su padre.
-¿Has cenado?
-Sí. Y me lavé.
-Pues lávate otra vez que estás chorreando en sudor y te acuestas.

Su madre terminaba de secar los pies de Carmelo cuando Lucas entró en la habitación.
-Acuéstalo en su cama que se está quedando dormido.
-No, en la mía no. En la de Manolo.-protestó Carmelo dando una gran cabezada.
Lucas lo cogió en brazos para llevarlo desde la silla a la cama.
-Quillo, que te caes. No te duermas.
-Déjalo que se duerma y lávate antes de acostarte.- le recriminó su madre.
Cogió la palangana, la manopla y la toalla sucias y abandonó la habitación para proseguir sus tareas. Lucas se quedó acostando a Carmelo.
-Pelma, ¡qué buena pinta tiene el cañón! ¿Quieres que te lo termine?
A Carmelo se le abrieron los ojos.
-Papá lo va a tirar al pozo.
-No lo tira. El plomo es veneno y papá no lo va a tirar al pozo. Lo voy a coger antes de que lo tire a la basura. Llama a papá y lo entretienes.
Carmelo llamóa su padre para contarle lo que había hecho durante el día y se durmió entregándole la caja de balas al hombre de las cejas sonrientes.

Navaja de Albacete

Lucas se apresuró hacia la mesa de la cocina. El cañoncito no estaba. La risita burlona de su hermano le proyectó la película de lo que había sucedido.

-¿Buscas esto? Te lo cambio por la navaja nueva.




lunes, 8 de noviembre de 2010

CARTUCHO QUE NO TE ESCUCHO



 
-El tito quiere que le busquemos cartuchos vacíos para recargarlos.-dijo Lucas a sus hermanos.
Sus palabras sonaron a repiques de Gloria.
Lucas hacía red en la azotea con media madeja de hilo de Puy. Acababa de cargar la aguja de caña que él mismo había labrado hacía escasamente una semana y las mallas ya salían con uniformidad.
Manolo se había encargado de abastecer la espiga de hilo durante toda la semana . Disfrutaba viendo crecer el paño a medida que las mallas se distanciaban del caminalejo; pero le apenaba comprobar que crecía a costa de las carísimas madejas de hilo. Pronto estaría terminada la primera manga y se le veía muy buen aspecto. Pero iba a faltar hilo.
-Si cogemos bastantes cartuchos a lo mejor nos regala una o dos madejas de hilo. Darían para terminar este paño y darle un buen achuchón al otro.-continuó Lucas.



Mari y su hermano Carmelo devanaban una madeja de lana sentados al sol, a la recachita del pretil de la azotea. Carmelo sujetaba la madeja con los brazos abiertos, contoneándolos para que el cabo encontrase la salida con facilidad. Su hermana enrrollaba el cabo de lana sobre un engullido trocito de cartón.
-Pelma, después de comer vamos a ir a coger cartuchos.-dijo Manolo.
-Yo no voy.
La respuesta fue automática.Carmelo se había acostumbrado a negar de antemano cualquier propuesta u orden. En aquel momento, lo único que le interesaba era su red de lana para coger palomitas. Lucas se la había prometido y por eso estaba devanando lana con su hermana.
-Esta tarde te vienes con el Lucas y conmigo. La Chupu que vaya a casa de abuela para que le dé más lana. Además, ahí no hay bastante lana para hacer una red. Hace falta hilo para mi red y lana para la tuya- dijo Manolo en tono seductor.



-¡Cartucho que no te escucho!...¡Cartucho que no te escucho!...¡Cartucho que no te escucho!...-repetían burlona e insistentemente Mari y Carmelo.
Lo de cartucho que no te escucho era algo así como el cuento de la buena pipa. Solía durar cuatro o cinco segundos más que las palabras del interlocutor a quien se pretendía silenciar. La retahíla subía progresivamente desde el susurro hasta el grito. La acompañaban de un gesto similar al que realizan los artilleros: cerrar los ojos y taponar los oídos con los dedos índice al tiempo que cubren las orejas con el resto de la mano.Los dos hermanos lo utilizaban para repeler órdenes o reprimendas verbales. Otras veces, por simple diversión..."¿Jugamos a cartucho que no te escucho?"
-Si no hay cartuchos no hay hilo ni lana.-dijo Lucas cuando se hizo el silencio.

-Vale, voy. Pero quiero un arco. Y flechas mías, de mazagón.-aceptó Carmelo.

Manolo sabía que el terreno que habría que cubrir iba a ser muy extenso y que entre cuatro cogiendo cartuchos cogerían muchos más.

-Chupu, ¿vienes?
-Sí.

Durante el almuerzo sonaron los nombres de los lugares a los que había que ir esa tarde y las siguientes a llenarse de pergañas y pincharse con galeras y cardos borriqueros. Cartuchos vacíos, tacos,...fango, fango y más fango. El Tiro de Pichón de las Canteras, los cerros, La Laguna...Fango, fango. El Pinar de la Villa, los puestos del eucalital de La Pachá, los de Los Llanos. Y un sinfín de "rigüelitos" de árboles donde los aficionados y los furtivos pegaban tiros un día sí y el otro también.


 
-Al tito le vamos a buscar también un perro nuevo. Seguro que viene otra vez solo de la próxima cacería.-dijo la niña arrancando una estruendosa carcajada en la mesa.

Su tío no andaba muy pacá de la vista y ya había tenido varios perros; algunos, muy buenos. Solía volver sin cartuchos y con la correa del perro.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

CAGAJONES NEGROS




Lucas sabía que el guardagujas estaba mosqueado desde que los vio merodear por la vía muerta que remataba en el hangar. Bajo el enorme cobertizo se almacenaban traviesas, pesados tornillos, herramientas y una montaña de cagajones negros, como Manolo llamaba a las pastillas de carbón de coque. El guardagujas no se relajó hasta que los vio por la vereda hacia Los Llanos.
Carmelo llevaba un cagajón negro en uno de los bolsillos. Ni sus hermanos ni el sagaz y severo centinela de gorra y bandera se habían percatado del detalle.
Aquel comprimido de carbón, bien machacado y molido daría para un buen papelón de pólvora, pensó Carmelo.
Entraron en el eucaliptal de Los Llanos saltando la alambrada. Manolo fue directo a la base de uno de los eucaliptos y descubrió entre la hojarasca un paquete hecho con papel de cemento. El paquete contenía más de una docena de puntillas de alfajía.
-Pelma, no digas nada a nadie, ¿eh?. advirtió Manolo haciendo cómplice a su hermanillo.
-¿Falta mucho para que pase el tren?-se interesó Lucas pensando en las brevas.
Manolo pegó la oreja a un raíl para averiguar el horario de salidas del caballo de hierro. Lo había aprendido en una película de indios.
-Lo justo. Vamos a ir poniéndolas y nos escondemos. Como nos vea el maquinista, el jefe de estación o el guardagujas, la hemos cagado-dijo Manolo volviendo a sortear la alambrada para acceder a la vía.
Repartió las puntillas con Lucas y las fueron colocando atravesadas sobre los raíles, con las cabezas hacia el interior.
-¿Para qué es éso?-preguntó Carmelo.
-Para hacer puntas de lanza y de flechas. Tú sigue mirando y nos avisas cuando se asome el guardagujas.-Le contestó Manolo.
-Yo quiero puntas de flecha. Y un arco chico. O me voy.-amenazó Carmelo.
Carmelo llevaba un rato pensando en irse a moler el coque. Lo palpaba de cuando en cuando por encima del pantalón; pero la sorprendente industria armamentística de sus hermanos le devolvió el interés por seguir con ellos.
El cañoncito y la pólvora desocuparon su mente para abrir un espacio a una nueva fantasía: las armas de los indios.
 Lucas colocó media docena de puntillas sobre un raíl y ofreció a Carmelo el último par.
-Toma, pon tú estas dos, que van a ser las tuyas. Yo vigilo.
Sacó unas monedas del bolsillo y se las ofreció también a Carmelo.
-Toma, Pelma. Cuatro perras chicas para que las conviertas en perras gordas.
Manolo no pudo aguantar la risa. Buscó un portillo entre las tunas para salir de la vía y esperar al mercancías ocultos tras las tunas.
-¡Falsificación de monedas y fábrica de armas!.-gritó Manolo entre carcajadas.

Carbón coque

El mercancías apareció por la curva algunos minutos después de su propio humo.Carmelo estaba más que cansado de aguantar de rodillas tras las tunas. Los terrones se le clavaban en cualquier parte del cuerpo que apoyase. No paraba de moverse y de hacer preguntas que nadie contestaba. Sintió unas ganas inmensas de levantarse para ver pasar el tren en su plenitud. Manolo se lo impidió presionando varias veces su cabeza con una mano, hasta dejarlo recostado.
-Pelma, no te muevas más, que nos van a descubrir. Y cállate.- le ordenó Manolo.
-Yo también estoy harto de esperar y tampoco sé cómo ponerme. Me estoy clavando todos los civiles. Habríamos tenido tiempo para coger las brevas y volver.-se quejó Lucas cambiando la rodilla de apoyo, lampando por un jartón de brevas lámpara.
-¿Con el Pelma nos iba a dar tiempo?¡Ni a llegar al campo!- mostró su indignación Manolo.
-Yo quiero ver el tren, que desde aquí no lo veo bien.-pidió Carmelo en lucha con la mano presionante de su hermano.
-Lo vamos a ver mirando entre las tunas, como los indios.-le propuso Manolo.
Carmelo aprovechó el momento para poner precio a su renuncia a contemplar el paso del mercancías.
-¿Me vas a hacer un arco chico con uno de los varales que no te sirvan para la red? Con uno de los que cogiste del árbol del cine.-Propuso Carmelo.
-Vale. Pero estáte quieto de una puñetera vez, que nos van a ver.-aceptó Manolo.
-Y quiero que el Lucas le haga dibujitos con la navaja.-añadió Carmelo aumentando el nivel de sus exigencias.
-Cállate ya o te quedas sin arco, sin flechas y sin ná.-zanjó Manolo.

El tren no paró en la estación ni para dar las buenas tardes.No había nada que descargar ni nada que cargar. El jefe de estación apareció en el andén,se puso la gorra, dio unos banderazos y volvió a ser engullido por la estación.
-No las cojas todavía, que queman.-Avisó Lucas a Manolo.
-Ya lo sé. Voy a verlas, a ver si están bien.
-Pelma, con las perras gordas te puedes hacer topes para las guitas de los trompos.
Manolo volvió a sacar el papel de cemento. Lo desarrugó y se sirvió de él para tantear la temperatura de las flechas.Ya no quemaban.
-En casa repartiremos. Mañana vendremos a coger las brevas.Ya no da tiempo-dijo Manolo.
-Sin el Pelma.-añadió Lucas.

martes, 2 de noviembre de 2010

LA FUNDICIÓN

Cañones antiguos


Estuvieron esperando ocultos entre la maleza hasta que llegó Olo con su primo Rafael.
-El Juaneque no viene, pero dice que le demos los cañones cuando estén fundidos, que él les hará el oído y cerrará la parte de atrás.-explicó Olo a los presentes.
Tanto él como su primo vestían bañador y traían los plomos en una mano, liados en la camiseta de tal manera que nadie diría que llevasen algo oculto. Guillermo, Carmelo y Aurelio soltaron lanzas y mazas para quitarse las camisetas y convertirlas en discretos maletines. Sus bolsillos agradecieron la descarga y sus muslos respiraron aliviados del roce y la presión que sobre ellos venían ejerciendo los trozos de plomo. Tuvieron que seleccionar la mejor de sus lanzas y dejar abandonadas las demás.
Carmelo se quedó con un carrizo provisto de un buen zorrotroco que había arrancado poco antes de que llegase Guillermo. Rafael soltó la miseria de caña que traía y pilló otra más contundente nada más soltarla Aurelio. Las lanzas se impusieron a las mazas por cuatro a uno.
La caravana partió con Olo y Rafael a la cabeza y los demás, en fila india, pisando sus huellas. Pronto abandonaron la maleza y pasaron por el sembrado de maíz recién regado. La arena de las tornas aún mantenía la tersura de la huella de la azada. Olo levantó su lanza y todos pararon para oír el agua correr por la acequia y el inconfundible sonido de la azada cavando para abrir y cerrar tornas. Sabía que el hortelano se daría cuenta de la presencia de la comitiva y decidió hablar antes de que apareciesen los problemas.
-José, soy yo, El Manolito.-dijo con la mayor suavidad que pudo.
Joselito se incorporó sorprendido y se apoyó con las dos manos en el pomo del cabo de la azada. Pasó una mirada inquisidora al resto de la caravana y no le gustó lo que veía. Pero le tranquilizó reconocer a Rafael en el carril.
-Venimos del muelle y hemos cortado camino porque a Rafael lo está esperando su padre desde hace un rato.-mintió Olo.
-No me gusta que os saltéis el alambrado. Y menos aún que piséis por los bancales. Que sea la última vez que pasáis por aquí.-sentenció Joselito.- No os salgáis del carril que os voy a estar viendo.-añadió apresurándose a cerrar una torna de dos certeras cavadas.
-Vale.-soltó con alivio Olo.
Pasaron por delante del pozo y no hubo tiempo para recrearse en la noria medio oculta por la higuera. Tampoco se refrescaron bajo el agua salpicona y fresca de otras ocasiones.
La carretera estaba ardiendo y pasaron de puntillas, como bailarines de ballet con diarreas en busca de un matojo. En El Punto hicieron parada y fonda sentados sobre la acera, a la sombrita. Repasaron el plan y se encaminaron a la casa de los abuelos de Olo y Rafael. Entrarían ellos por delante para ver si había moros en la costa y luego pasarían todos al corral. Rafael se encargaría de coger cerillas de la cocina, pues allí no fumaba nadie.
El abuelo estaba sobre una mecedora al final de la casapuerta y solo tuvo tiempo de advertir que dejasen tranquilas a las gallinas. Quiso mantener una conversación para ver quienes iban con sus nietos, pero se quedó hablándoles a las espaldas desnudas. El plan no admitía demoras. Además, hablar con personas mayores siempre estropeaba los planes porque parecían tener espías por todas partes.
Cruzaron la casa, el patio trasero, los gallineros, las conejeras, el palomar y finalmente, pararon entre el cañaveral y el vallado de higos melones fronterizo al descampado.
-Venga, vamos a poner todos los plomos aquí.-ordenó Aurelio sacando la lata del cañaveral.
No era la primera vez que fundían plomo. Tenían abierta la hoya donde harían la candelá y la leña estaba cerca, aunque dispersa para que no hubiese sospechas.
cañoncito montado

Amontonaron rastrojo en la hoya y Rafael le prendió fuego antes de que Guillermo arrimara el primer puñado de ramitas y de cañas secas. El humo blanquecino dio muestras de tener dificultad para sobrevivir y Rafael se tiró al suelo para soplar. Olo le acercó un trozo de cartón cuando el rastrojo rompió la espesura del humo. Rafael levantó pronto las llamas de la hoguera abanicándolo con el trozo de cartón. Luego tiró el soplador para que se lo comiese el fuego.
-Esto ya está. Ahora hace falta un cubo de agua.-dijo Carmelo.
-Yo lo traigo. Hay uno junto a las conejeras-se adelantó Guillermo.
Aurelio tenía los canutos de caña en la mano. Los había sacado del cañaveral, junto con la lata, que ya estaba repleta de trozos de plomo.
El fuego estaba en su punto para echarle un par de cepas y algunas tablitas que formasen un buen rescoldo; pero antes había que poner el ladrillo para estabilizar la lata del plomo.
-Venga, el ladrillo y la lata antes de las dos cepas.-dijo Olo con una cepa vieja en cada mano.
Carmelo colocó el ladrillo, se chamuscó las cejas y se apartó reculando con los ojos llenos de lágrimas. Aurelio asentó la lata sobre el ladrillo y tosió como si hubiese fumado un paquete de picaduras. Olo abrigó la lata, la arropó con dos cepas y se limpió las manos en los fondillos del bañador. Rafael avivó el fuego introduciendo tablillas entre los huecos y consiguió iluminar el final de la tarde.
Guillermo se había encargado de allanar la tierra y de compactada alternando el chapoteo de los riegos con el martilleo pilón realizado con una bobedilla de cerámica anaranjada. Llenó de nuevo el cubo de agua y lo dejó a la espera del plomo candente.
Aurelio esperó que el agua fuera absorbida por la tierra antes de oradarla con los canutos de caña. Lo hizo con sumo cuidado para dejar la superficie de los moldes lo más bruñida posible.
-Esto ya está preparado. Las tenazas y a echar plomo en cuanto se derrita.-apuntó Aurelio.
Las cepas ya estaban desmoronándose en ascuas y Carmelo las dirigió con el zorrotroco de su caña para que cayesen en derredor de la lata; en parte para que diesen más calor y en parte para que no cayesen dentro del crisol. Era importante que las brasas o la ceniza no contaminasen el plomo fundido.
-Venga. Vía libre, que voy con las tenazas.-dijo Olo cuando el plomo estuvo en su punto.
-Esto ya está. Ten cuidado al sacarlo que pesa y quema. Tranquilo.-advirtió Aurelio, que ya había volcado varias latas de plomo fundido.
-¡¡¡Cuidao con el jumito !!! Es venenoso. - gritó Guillermo.
Todos eran expertos fundidores. Lo habían visto hacer a sus hermanos mayores y ellos mismos habían realizado el mismo proceso en varias ocasiones. Estaban en el punto más delicado.
Olo se había ganado a pulso protagonizar el momento culminante de la fundición de los cañones. Se lo había ganado a pulso porque sostuvo la lata en la última operación y no la volcó. No había tenido muy buena puntería al verter el plomo en los moldes, pero nadie lo había hecho como él. Y estaba crecido. Esta vez afinaría la puntería.
Y así fue. Cogió la lata por el borde pellizcándola con las tenazas, apartó la cara lo que pudo y paseó el plomo viscoso hasta los moldes para soltarlo con precisión y seguridad sobre el mayor . Sin prisa y sin tregua fue repitiendo sobre los otros cuatro moldes, bastante más pequeños que el primero. Soltó las tenazas y la lata y metió la mano en el cubo de agua.
Ya había oscurecido y sabían que habría problemas en casa. Esperaron unos minutos a que solidificase el magma plateado en el interior de la tierra.
¿Los dejamos aquí y venimos mañana a recogerlos? Ya es muy tarde.-dijo Aurelio.
-Vale. Carmelo y yo nos quedamos para apagar el fuego y recoger los tiestos.-le contestó Olo.

Cañón en miniatura
Rafael entró en la casa de su abuelo, desandando el camino que le condujo a la fundición. Aurelio y Guillermo la abandonaron por el descampado, camino a la carretera de Rota.
En cuanto quedaron solos, recogieron los avíos de fundir y sacaron los moldes de plomo ayudándose con una tabla a modo de pala y echándolos en el cubo de agua para enfriarlos y liberarlos de la arena. Los dejaron un buen rato en el cubo de obra y discutieron sobre la conveniencia de ocultarlo o de llevárselos.
-Mi hermano Lucas puede terminar los cañones.¿Se los llevo?-propuso Carmelo.
-¿Y el Juaneque?-espetó Olo.
-Mañana lo decidimos.
-De acuerdo.
Finalmente consideraron más seguro guardarlos en casa. Apagaron la candelá enterrando la hoya con los pies. Carmelo cogió el cañón grande y uno de los pequeños y Olo los tres pequeños restantes. Aún estaban bastante calientes.
Llegaron a oscuras hasta la Quinta de los aguadores y se alegraron de haberle perdonado la vida a la única bombilla que pendía de un palitroque. La siguiente bombilla estaba en la esquina de La Macarena, por lo que atravesaron al trote el trayecto bocalobo que separaba una bombilla de la otra. Continuaron al trote por inercia y porque había que llegar a casa jadeando, para dar la sensación de haber estado preocupados y con mucho celo por llegar antes de que encendiesen las luces.
-A lo hablao. Hasta mañana.-se despidió Olo al llegar a la esquina de Ricardo.
-Hasta mañana.-contestó Carmelo esprintando hasta su casa.
Lo estaban esperando.

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