jueves, 23 de diciembre de 2010

UNA PALMERA DE GORRIONES

Manolo estuvo inquieto durante toda la mañana. No se enteró de nada de lo que estuvo explicando don Antonio. La mirada se le iba por la ventana en busca del robabolos. Por mucho que miraba, sus ojos solo veían el grueso tronco de una de las palmeras canarias, y la casapuerta del Lebrijano atiborrada de búcaros y lebrillos. El maestro batallaba en la pizarra, dedicando más tiempo a llamarle la atención que a explicar la resta con llevadas.
-¿Se te ha perdido algo en la calle, Pastorino?
-No, don Antonio.
-Pues atiende aquí o te quedas sin recreo.
Fernando, Lucas y Carmelo habían pedido permiso para ir al servicio, insistentemente. Manolo les hacía señas para que se levantasen, se acercasen a la tarima una y otra vez. Don Antonio, con la mosca detrás de la oreja, le iba dando nones a cada petición reglamentaria.
-"¿Con el permiso de usted puede un servidor ir a orinar?".
-"¡Que no puedo más!¿Da usted su permiso para ir al servicio?".
Don Antonio negaba de boca, empujaba el aire con el dorso de la mano, mandando a los meones a su sitio, y miraba a Manolo por encima de las gafas.
Los chaparrones se sucedían como si el cielo se hubiese rayado. El sol anduvo perdido entre nubarrón y nubarrón hasta la hora del recreo.
La tropa de don Javier asomó casi al completo por la ventana, para ponerle el broche a la clase de matemáticas.
Don Antonio terminó con las restas llevándose una. Sabía que algo extraño sucedía.
-Es la hora del recreo. Recoged. Fernando y los tres pastorinos se quedan aquí, que tenemos que hablar un ratito.
Las sillas sonaron como una tormenta más y los niños de la unitaria salieron a gritar al patio.

El maestro no estaba para andarse por las ramas. Tenía poco tiempo para ir al bar Playa y tomarse su café y un lingotazo.
-¿Qué pasa en la calle?
Manolo se apresuró a responder antes de que alguien mencionase el robabolos.
-Don Antonio, que esta mañana se vino mi gatito detrás de mi hermano y se estaba mojando en la verja. ¿Puedo llevarlo a mi casa?
-El gatito se habrá ido para tu casa. No os preocupeis por él, que sabe lo que tiene que hacer. Anda, salid al recreo. Mira a ver si lo ves, ahora que no llueve.
Salieron volando y don Antonio observó poco sorprendido que ninguno se acercara al servicio sino a la reja de la verja. Manolo salió a buscar al gatito cuando el maestro abrió la cancelita para ir a tomarse un tentempié.
-Puedes salir un momento mientras me acerco al bar Playa. Echa el cerrojo y que no salga nadie.
-¿Puedo caer dátiles, don Antonio?
-Ni se te ocurra.
Manolo se dirigió al robabolos en cuanto el maestro se anudó la gabardina, se caló el sombrero con las dos manos, las metió en los bolsillos y encogió los hombros para arrancar con ritmo decidido. Llevaba el viento de cara y vislumbraba la negrura por detrás del faro."Menos mal que Narciso es rápido y antes del próximo chaparrón estaré de vuelta", pensó.
Todo estaba en su sitio. El agua corría con normalidad junto al bordillo granítico de la acera. Manolo pisó con delicadeza sobre algunos adoquines para comprobar la resistencia de la trampa y sonrió abiertamente dando saltos sobre uno de ellos.
-Lucas, esta tarde vendremos a requerir el robabolos, llueva o no llueva.¡Tiene que estar hasta arriba!
La obra bajo el adoquinado había estado haciendo caja durante más de dos semanas. El juego iba a menos. Se notaba en el ambiente que la temporada de las canicas tocaba a su fin. Había más niños jugando a "múa", a la bombilla y a la una mi mula que al "bolo". Para colmo, don Javier instruía al personal practicando juegos novedosos que él mismo moderaba.
Lucas y Fernando también notaron que el negocio se venía abajo. Los bolos tenín poco movimiento y era menester hacer recuento y repartir.
Fernando se mostró de acuerdo con la propuesta de Manolo..
-Tenemos que avisar a Pepe para repartir.¿Quedamos después de comer en su casa?
-En la mía. A las tres. Ya viene allí don Antonio. Venga, vámonos al patio.-dijo Manolo.
Los pequeños jugaban a las estatuas; los mayores, al pañolito y, los balas a cogerle las vueltas a don Javier para reventar el saco de leche en polvo, obsequio de los americanos de la Base Naval de Rota.
José Antonio chivateó a su tocayo por abrirle el grifo a tope cuando bebía al chorro.
-Don Javier, el Coreano ha abierto la jaula de los conejos para que se escapen. Dice que ya tienen un guiso y que ya está bien de tanta hierba. Y mire usted cómo me ha puesto, ¡ pingando !
Don Javier mandó llamar a José Antonio para darle un repaso delante de don Antonio, su maestro.
Eugenio se acercó a la oreja de su amigo Nono y le dijo algo antes de que don Javier le ordenase que se fuera lejos de allí. Carmelo le acompañó hasta el cuartillo que custodiaba la leche en polvo, auténtica ambrosía. Eugenio picó uno de los sacos de papel con un certero punterazo. Un golpe bajo que abrió una auténtica catarata de leche; como el Salto del Ángel, pero más cerca.
El corrincho que se formó alrededor del improvisado tribunal de administración de justicia fue perdiendo presión. Don Antonio observaba cómo se deshacía el corro en derredor suyo para formar una cola ante la puerta del cuartillo. Se echó las manos atrás y se acercó parsimoniosamente, viendo cómo salían los niños del almacén para formar otra bajo el depósito de uralita, cuyo único grifo permanecía abierto.

-¿Es cierto que has abierto la conejera?
José Antonio, el Coreano, miraba a su tocayo retorciendo el colmillo, desoyendo el interrogatorio al que le sometía el maestro.
-¡Te vas a enterar, chivato!
Don Javier se quedó solo, con el acusado y el acusador. Analizó la situación y decidió confinar a los dos joseantonios durante el resto de recreo; uno en cada aula.
El grifo corría sin control, tanto como el salto de leche del cuarto de los tiestos, otrora de las ratas. Los niños ponían las cuencas de las manos para llenarlas en la boca del saco de leche, se llenaban las fauces y acudían con cierta urgencia al grifo, atorados, con la leche apegotonada en el paladar.
Los pelotas de don Javier solo se atrevieron a volver a encerrar dos rollizos conejos grises y una coneja blanca de ojos rojos a punto de parir.

-El padre de los conejitos va a ser el que tiene el rabito blanco.-dijo Eugenio como si lo hubiese leído en el periódico.
Carmelo no comprendía por qué hablaba con tanta propiedad.
-¿Y por qué no puede ser este el padre?-preguntó viendo cómo el rabiblanco montaba a la ojirroja segundos antes de dar un costalazo contra las tablas de la conejera.
Eugenio se despegaba con el dedo las pellas de leche del cielo de la boca para engullirlas de nuevo.
-¿Lo ves? Así lleva un mes, que lo veo todos los días cuando voy a mear.

El patio era una fiesta. Don Javier despotricaba viendo el ordenado desorden. Cerró el grifo y mandó echar la llave al cuarto. Dos manantiales secos en un santiamén. Miró a su compañero y le molestó ver que sabía sonreír.
-¿No vas a hacer nada?¿Te vas a quedar ahí, pasmado?¡Esto es un caos!¡Hay que castigar severamente a los responsables de esta fechoría!
Don Antonio sacó sus manos de los bolsillos de la gabardina, dio tres palmetazos al aire y se giró media vuelta, que era lo que necesitaba para encarar la puerta de su clase y dar la espalda a su exaltado compañero de fatigas.
-Castiga a los tuyos, si quieres. A los míos, ¡a ninguno! ¡Vamos, niños, se terminó el recreo! ¡A clase!
La clase de don Antonio nunca había estado tan silenciosa como aquella mañana. Los niños luchaban con la pegajosa leche en polvo, jugando con la lengua y ayudándose de cuando en cuando con algún dedo entre los grumos, relamiendo leche. Don Antonio estaba más serio de lo corriente y no rompía a hablar. Pese a que se mascaba la tragedia viéndole la cara , don Antonio tenía cara de bueno; de lo que era.
-Los mayores, a hacer cuentas de restar con llevadas; los pequeños, lectura. Hoy toca Viriato.Podéis sentaros.
La sonrisa apareció en el rostro de los lechones. Tras el ruido de las sillas volvió a hacerse el silencio. Carmelo se recreaba en la música del enjambre de gorriones que había fijado su residencia en el cogollo de la palmera. Entonces oyó a don Antonio llamándolo a su presencia.

-Carmelo, déjate de gorriones y ven aquí con tu Parvulito.
Don Antonio le arrimó una silla a su mesa, le revolvió los rizos con los dedos y le dijo:
-Empieza desde aquí, titi.
-Viriato. Viriato era un pastor lusitano...
Aquella vez, Carmelo lo leyó hasta el final y devolvió la sonrisa a su maestro. Bajó de la silla, cogió su Parvulito, pasó junto a su hermano Manolo radiante de alegría y le acarició la espalda con la mano. Arrimó los labios a su oreja y le dijo:
-Ya sé leer.¿has visto?
Luego se acercó a la mesa de Lucas, que le dio un beso y le dijo:
-Esta tarde requerimos el robabolos y luego te voy a llevar a comprar clorato potásico. Ve y chupa en el grifo, para que te salgan llagas. Y no le digas nada a nadie. Has leído muy bien, Pelma.
Y le dio otro beso.

A don Antonio, quien me enseñó a leer cuando aún era un gorrión bombilla.


Justo en el mismo sitio algunos años después.

 
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