domingo, 12 de diciembre de 2010

LA RED MARIPOSA


A la espalda de Franco, el de la luz, estaba la huerta de César esperando a los cazadores de mariposas. El capataz de César, un huraño y disciplinado centurión roteño con cara de boxeador, vigilaba la arboleda casi con el mismo celo que el propietario de la finca de enfrente, al otro lado de la carretera de Rota.

La red multicolor estaba en perfecto estado. Había superado todas las revisiones necesarias antes de su bautizo de flores. Lucas se mostraba satisfecho por el trabajo realizado durante la última semana. Reunió los minúsculos varales, las estaquillas, las dos mangas de red de lana y el tiro ante la atenta mirada de sus hermanos pequeños.
Manolo cambiaba el agua al verdón, después de limpiarle la jaula y de soplar las cascarillas de alpiste del comedero, pasando el alpiste de mano a mano antes de devolverlo al cajetín.
Lucas se echó la red al hombro y se dirigió a su hermano.
-Esto ya está. ¿Vamos?
-Espera que lo cuelgue de la alcayata, que he visto un gato por encima de la parra. Y los gatos no comen uva. Se va a enterar como lo coja por aquí. No va a decir ni miau.
El verdón se arrancó por bulerías al sentir el respaldo de la pared. Parecía que se iba a comer el mundo. Manolo no cabía en sí de gozo.
-¿Has visto como canta, papá?
-En cuanto se ha visto limpio y harto.-le apuntilló su padre-Anda, ve con los niños a estrenar la red.
Manolo cogió a Carmelo de una mano y a Mari de la otra, sin dejar de mirar las cabriolas del verdón en la estrechez de la jaula.
-Ten cuidado y no vengáis muy tarde para comer. A las dos, aquí. O a las dos y media como muy tarde.-los despidió Antonio.
Lucas no le quitaba el ojo de encima a la red y se mostraba deseoso de sacarla a relucir al sol de aquella mañana primaveral.
Su madre les recordó desde la pila de lavar que regresaran sanos y limpios.
-Manolito, ten cuidado con los niños, no se vayan a clavar un palo en un ojo.
-Descuida mamá.
Maruposa sobre manzanillas
-Y que no se tieren al suelo.
Los cuatro iban cepillados, como siempre que salían a la calle.Luego volvían como volvían.

Guillermo jugaba en su casapuerta con una pelota de papel de embalar cuando vio la red sobre el hombro de Lucas.
-¿Puedo ir?
Manolo dirigió una voz al interior de la casa.
-¡Regla! Nos llevamos al Guillermo a coger palomitas.
-Vale.
Pepe salió volando del fondo del corral.
-Yo también voy.

En el camino, Lucas se mostró partidario de ir al campo del Ganso y Pepe sugirió la huerta de César como más apropiada.
-En el campo del Ganso hay más flores y podemos pasarnos al pasí, que es muy grande.-argumentó Lucas.
-Sí, pero el Ganso nos la tiene sentenciada a tu hermano y a mí. Ya nos conoce de meternos por su campo para coger pasas.Y el roteño nos deja junto al tapial, siempre que no nos acerquemos a los árboles.-replicó Pepe con buen criterio.
Lucas lo vio bien.
Dejaron atrás la Quinta de los Aguadores sin quitar la vista de la alambrada de la huerta de César. Pepe y Manolo vigilaban mientras los demás pasaron hasta el fondo.

Guillermo vio a su primo Emilo acercándose desde la bodega de Caballero. Venía al galope y desbocado, como siempre. Llegó en un soplío y se unió al grupo.
-¿Qué hacéis por aquí?-preguntó a su primo Pepe.
-Venimos a estrenar una red de coger palomitas.-se adelantó Guillermo.
Emilio se enchufó en el grupo de cazadores como cicerone de la huerta de César. Tales eran sus conocimientos del espacio alambrado y de los movimientos, defectos y virtudes del sabueso centurión roteño. Llegó a decir de él que "tenía cara de malajidea pero que no era nadie". Lo cual tranquilizó a la patrulla.
Carmelo aprovechó el momento de reflexión para aliviar la vejiga en un cardo borriquero. Apuntó a la alcachofa seca de la temporada anterior y se relajó mirando la catarata que se abría paso entre las anchas pencas blanquiverdes del renovado cardo.

Llegaron al cañaveral, auténtica barrera de lanzas entre el tapial y la alambrada. Los espinos arrancaban del pozo y cerraban el recinto volviendo hasta la alberca. Las vinagreras estaban en su apogeo, tiñendo de amarillo la base de la desvencijada alambrada de espinos, entremetiéndose entre las lanzas del cañaveral y tupiendo con un zócalo gualdo la base del tapial. Las malvas tomaban altura queriendo alcanzar a las amagazas repletas de margaritas, entralazadas en mil juegos con sus primitas manzanillas en flor. Las cerrajas lanzaban al aire sus mechones de demonios que la brisa movía sobre la pista de baile.

Lucas soltó la bolsa de los aperos junto a las dos mangas de red, sobre una alfombra de pelitos de cochino estampada en rojos guisantes silvestres.
-Aquí mismo.-dijo sin titubear.
Comenzó con el montaje meticuloso de la red, tensándola y clavando las estaquillas en el sitio justo.
La tierra estaba húmeda, pero no encharcada.Algunas babosas negras trazaban brillantes líneas sobre la hierba.Olía a vacas. O a toros, que huelen igual.
Guillermo, Carmelo y Mari seguían al pie de la letra las instrucciones de Lucas. Pepe y Manolo se perdieron antes de concluir el montaje de la red y Emilio se adentró en la arboleda a hacer de las suyas.
Lucas dominaba la situación.
-Aguanta ahí, Guillermo; trae aquella piedra, Chupu; pisa aquí, Pelma. Suelta eso, que voy a probar el tiro.
Mari y Carmelo miraban a su alrededor sin encontrar una mariposa que llevarse a los ojos. Abejas jaramagueando, más de las que quisieran. A las abejas les encanta libar mostazas silvesres.
Lucas no daba abasto dando órdenes a la cuadrilla. Dio varios pasos atrás con la mirada clavada en la trampa, sin soltar el tiro, y jaló suavemente para inaugurarla.
La manga izquierda se elevó lentamente. La derecha lo hizo casi al mismo tiempo para caer sobre su compañera, fundiéndola en un dulce abrazo multicolor con el cual cerraba cualquier hueco de escapatoria.

-Perfecto.Traed flores y ponedlas en el seno de la red; pero que no estorben a lo varales.
En contra de lo que pudiera parecer, las mariposas no van por ahí buscando una red de lana sobre una alfombra de flores.
Lucas dejó que jalasen los tres varias veces, a pesar de no haber ninguna mariposa a la vista.
El potro desbocado apareció por detrás del brocal del pozo y saltó la alambrada como un gamo. Emilio venía cargado de limones y se aprestó a repartirlos entre los cazadores de palomitas. Se tiró al suelo junto a Lucas segundos antes de que apareciera la nariz del roteño junto al tapial.
-¿Qué hacéis aquí?
Lucas le contestó que estaban cogiendo palomitas con la red. El gladiador siguió el tiro y se acercó al cerco de lana.
-¿Y esto cómo va?
Lucas tiró del hilo y la red se levantó a los pies del roteño como una enorme mariposa multicolor.
El hortelano, sorprendido, se agachó a observar los detalles del artilugio.

-¡Esto no lo he visto yo en mi vida!¡Qué cosa tan bonita!
-La ha hecho mi hermano Lucas.-le aclaró Mari.-Es éste.- Y la lana se la he guardado yo cachito a cachito.
La red, plegada sobre las flores parecía una mariposa libando. Los varales superpuestos, su erguida trompa. Las escamas de lana, suaves alas.
-¿Tiene usted hora? preguntó Lucas.
El ogro, entregado, sacó un reloj del bolsillo superior de su camisa, lo destapó y dijo tras observarlo unos instantes:
-Las dos y pico.
Lucas comenzó a desmontar la red ante el asombro del dulce capataz.
Carmelo llevaba un limón en cada bolsillo y Lucas, otros dos.
Franquearon la alambrada como si fuese lo normal y se encaminaron hacia la carretera, sin salir de la huerta de César. Ya saliendo a la carretera oyeron el vozarrón del capataz.
-Emilio, como te vea otra vez cogiendo limones te vas a enterar de lo que vale un peine.
-Vale. Ya no cojo más.-voceó Emilio.¿Qué os dije?¿Es bueno, o no?-añadió bajando la voz.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...