martes, 7 de diciembre de 2010

TAQUITOS DE TACONEO


Taquitos de Taconeo
Los caballos de cartón pendían del techo de la tienda de Vito junto a unas muñecas que no tenían mucha pinta de amazonas. Algunos caballos eran blancos, de ojos grandes y arneses pintados de negro. Unos tenían las patas atravesadas por dos ejes sobre los que giraban cuatro ruedecillas blancas de plástico hueco, dos en las patas delanteras y otras dos en las traseras. Otros apoyaban sus toscos cascos sobre plataformas con ruedas, desafiando a los planos caballos de madera que hacían equilibrios para mantenerse sobre sus cojitrancos balancines. Todos andaban fatal de crines. Las muñecas se entremezclaban colgadas sobre el techo de la yeguada, dispuestas para cualquier cosa, menos para montar.



Antonio entró al galope por la puerta de la calle General Sanjurjo y salió como una bala por la Isaac Peral. Montaba una caña rubia, casi blanca, con hermosas y abundantes crines de palma sujetas con una cuerda de toniza. Una escoba que en sus manos servía de sufrido corcel, de espada, lanza, guitarra o fusil y en las de su madre solo servía para barrer o para darle algún toque de atención cuando le pisaba lo limpio.
Al trote le seguía Carmelo, sobre una hermosa escoba alazana, de crines escasas, suaves y algo polvorientas tras retozar por el patio de arena. Mercedes lo vio entrar en la tienda y no pudo reprimir un piropo mezcla de saludo y riña.
-¡Ole las jacas toreras! ¡ Vaya arte que tiene el niño montando! Hijo, ¿no hay calle pa trotá?
-¿Has visto cómo ha pasao el otro?-dijo Rafaela liando una tira de encajes sobre su propio ovillo.
Carmelo paró en seco delante de Manolo Guzmán al tiempo que ordenaba a su enjuta montura que dejase de trotar.
-¡Sooooo, Caprichoso!
Pasó la pierna por encima de la escoba para bajarse, se echó mano al bolsillo, sacó un perfumador vacío y se dirigió al dependiente antes de que reaccionara.
-Manolo, que dice mi tía que le llenes esto con la colonia de siempre, que luego te lo paga.
Manolo quitó el tapón del perfunador y lo llenó de gotas de oro desde un tarro enorme. Se lo devolvió al niño con una sonrisa amplia a modo de despedida.
-¡ Ñiiiiiiiiii jijjiiiiiiiiii !-relinchó Carmelo antes de salir al galope por la misma puerta que Antonio.
Trotaron por El Paseo desde el quiosco de Manolín hasta la acera de la calle Padre Lerchundi, como si desfilasen por el real de alguna feria.
La Gaditana, la pensión de Cosme, la tienda de Solís, el Bar Pileta y el despacho del Chato, a la ida. Unas cabriolas y varios relinchos al final del paseo para cansar a las bestias y ver las carteleras con detalle antes de reiniciar el trote por delante de la tienda de Enrique Martínez, picar espuela en la barbería de Puyana y pasar a galope tendido por la tienda de Amadeo Pimentel.
¡Soooooo, Caprichoso!
Antonio y Carmelo giraron a la derecha en la esquina de Vito. Al pasar dijeron con sorna, como si de un rito se tratase, el eslogan de la tienda.
-Casa Vito. Vende baratito.
Mercedes Buzón, morena, alta y guapa los miraba como la Gioconda, conteniendo la carcajada.
Se comieron unas risas apretando los labios al pasar junto a ella y así entraron a dar de beber a los animales en el cubo del pozo.
-Antoñito, ¿qué haces con la escoba nueva? Le preguntó su madre desde arriba,viendo perfectamente lo que estaba haciendo.
-Le estamos dando de beber a los caballos.-contestó Antonio con toda naturalidad.-¿no lo ves?-añadió.
-Trae esa escoba, que te voy a dar yo caballo.-dijo Luisa cambiando de tercio.
Asomó Francisca y reclamó a Caprichoso para otros menesteres más vulgares.
-Espera, tita, que le quedan dos buches.
-Trae aquí, "buches".-le ordenó su tía tirando de la escoba.
-No os mováis del escalón.-sentenció Luisa.
Antonio y Carmelo obedecieron y se sentaron en el primer peldaño de la escalera.

Coches de madera
-¿Y a qué jugamos?-protestó Antonio.
No hubo respuesta.
-¿Jugamos a los tacos?-propuso Antonio.
-Venga. Sube y los traes.
-Ya no hay. Los han echado a la copa.
-¿Vamos a por más?
Antonio tenía tan claro como Carmelo que en los escalones, cruzados de brazos, no tardarían mucho en darse una buena tunda. Así que decidieron acercarse a la carpintería, como habían hecho tantas veces. Abandonaron la escalera mazmorra con sigilo y salieron a la calle. La carpintería estaba al salir a la derecha, a cuatro pasos y medio justos de la puerta de la casa.
Taconeo los vio llegar y pensó "desde que los vi venir dije por la burra vienen".

Tacos de madra
-¿Qué os trae por aquí, par de dos?-preguntó burlonamente.
Carmelo tomó la iniciativa al recordar que Antonio había hecho el último pedido. Puso carita de pena y pidió con voz ligeramente lastimera.
-¿Nos puedes dar unos taquitos para jugar, que mi tía los ha echado a la copa?
-¿Y con el cisco qué ha hecho?-continuó el carpintero con su burla.
-Ponerlo en la estufa y coger cabrillas.-contestó Carmelo en el mismo tono.
Taconeo se estuvo riendo un buen rato ante el estupor de los niños.
-Anda, coged esos de ahí.-dijo riendo.
Antonio echó el ojo a unos tarugos magníficos.
-Dos autobuses y un coche de bomberos.-gritó entusiasmado.
-Un coche de policía y un tren.-explotó de alegría Carmelo.
Recogieron tarugos, tacos y listoncillos ante la atenta mirada del rey mago Taconeo.

Taquitos de madera
-¡Los mejores tacos de mi vida, Taconeo!-exclamó Carmelo.
-¡Y los míos!-dijo Antonio arrimándose el botín al pecho para poder llevar mayor carga.
Volvieron a la escalera agachándose mil veces para recoger los tacos que se le caían cada dos por tres.La casapuerta la atravesaron encorvados y dando pataditas a los tacos que caían al suelo, para hacerlos avanzar ya en los metros finales.
Remodelaron la escalera mazmorra convirtiéndola en aeródromo con solo cruzar dos listones y hacer vibrar los labios para emular el sonido de las avionetas. El aeródromo se transformó, sucesivamente, en parque de bomberos, comisaría de policía, Los Amarillos, La Valenciana, estación de ferrocarriles, muelles de carga y descarga,...
Los tarugos fueron tomando vida, los listones volaron alto y los taquitos de Taconeo cumplieron a la perfección su labor de logopedas.
-brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrooooommm.
-chiu chiu chiuuuuuuuuuuu.
-ññññioooooooooooooooooo
-¡Antoñito!¿Qué estás haciendo?
-Na, mama. Jugando.Troooooommmmmmmmm. Clacsssssssss.
-Eso no vale, carajo. Ese taco era mío. Thifiuuuuuuuuuuuuu.
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