miércoles, 1 de diciembre de 2010

POLVOS DE CAJETA

Tabaco en polvo

Los restos de lana no alcanzaron para que Lucas diese fin a la red multicolor. Su hermana Mari le había estado pasando los trocitos que encontraba donde hubiese gente haciendo punto; es decir, en cualquiera de las casas de su entorno. Mujeres de cualquier edad pasaban horas haciendo punto o ganchillo. No había anciana, mujer madura o jovencita que no tuviese un par de agujas de hacer punto entre las manos o en una canasta de cañas, clavadas sobre un grueso ovillo.
La fabricación casera de jerseis, rebecas, chalecos, gorritos y otras prendas era algo cotidiano. Como comer pipas.
La mayor parte del material provenía de casa de su tío León, donde la tarde discurría entre puntadas, hilvanes y pedaleo en la singer negra de greca dorada. De vez en cuando, una paradita para echar algún polvete de cajeta y unas risas de damas para entorpecer la siesta de León, que entreabría sus ojos azules sin dejar de roncar.
-Vamos a echar un polvete de cajeta, ya que no lo hay de bragueta.-dijo Pepa, la de los dientes bailones.
Aurelia, Rosa, Luisa, Caridad, Francisca y su sobrina Pepi abrieron los ojos de León a carcajadas y gritos de mujer. La cajetilla de tabaco molido circulaba de mano en mano desde las de Pepa hasta las de Aurelia, que lo esnifaban como si esnifasen a Rodolfo Valentino machacado.
Mari, Antonio y Carmelo jugaban con Milagrosa a botar la pelota. La bicicleta apoyada sobre la pared, a la entrada, siempre estaba en el suelo, a pesar de la amplitud de la casapuerta. Los caliches se amontonaban bajo la bicicleta . Las latas con pilistrias y bellas raqueles cantaban en el suelo y las macetas de geranios y gitanillas bailaban sobre las alcayatas, en la pared abofada de capas de cal.
-Tita, el Antoñito ha caído una maceta.-dijo Carmelo para recuperar la pelota.
-Mentira.-se defendió Antonio.
Francisca ni miró. Antonio perdió la pelota en el descuido y Milagrosa se la quitó a Carmelo de un manotazo.
Las damas del tabaco fueron abandonando la casa y Mari recogió la última cosecha de hilos de lana.
-Nos vamos para casa, Tita.-dijo Mari cogiendo de la mano a Carmelo.
La prima Pepi los despidió con un beso y una invitación a quedarse un rato más.
-¿No vais a jugar una manita a la lotería?
-Nos tenemos que ir ya. El Lucas quiere lana para terminar la red.-se justificó Mari.
Bajaron el escalón y repartieron besos a todos los presentes comenzando, como siempre, por su tío León. Los cartones de la lotería ya estaban sobre la mesa para hartarse de garbanzos, lentejas o frijones*. Aquella tardenoche, la manita inocente de Carmelo no sacaría las bolas de la talega. Las perras chicas convertidas en perras gordas tendrían que esperar una mejor ocasión. Las magreó en el bolsillo con una mano y se comió unos garbanzos recién tostados con la otra, mientras su prima Pepi jugaba metiendo los dedos entre sus rizos y escuchaba a su hermano.

Paco terminó de leer la carta que Antonio había enviado desde Francia y la guardó en el cajón superior de la cómoda.
-Dice que se viene.
-¿Cuándo?-preguntó su padre.
-Dentro de un mes.
León sonrió complacido y deseoso de ver a su hijo, como todos.

Mariposa o palomita

Manolo y Lucas trabajaban en la red de hilo de Puy. Tenían hilo de sobra para terminarla y los varales estaban a punto. Había merecido la pena enfangarse hasta las trancas por una buena morterada de cartuchos. Reían y hacían planes. Lucas tejía y Manolo afilaba las estaquillas de retama hasta convertirlas en piquetas para suelos arenosos.
-No las rebujes con las otras. Las amarramos en un manojo y tenemos estaquillas diferentes para cada suelo.-aconsejó Lucas a su hermano.
-Buena idea.
Y las fue poniendo aparte.
Mari y su hermano entraron triunfalmente en el salón.
-¡Tachín, tachín! ¡Ya estoy aquí ! ¡Tatachín!-Gritó Carmelo corriendo para lanzarse a los brazos de Manolo.
-¿Quieres una peleíta, cobarde?-le dijo agarándole del cuello.
-Déjame, Pelmacillo, que te vas a lastimar.-le contestó Manolo mordiéndole suavemente una oreja.
Lucas abrió una gran sonrisa al ver la lana en las manos de su hermana.
-Joé, Chupu, con eso hay de sobra. Trae que esto va a estar ya.
-¿Otra vez la vas a dejar parada?-protestó Manolo.
-Esto es un rato, Manolo. Ve terminando las estaquillas y haz una jarilla nueva.
Tanto Lucas como Manolo sabían que aún quedaban muchos detalles para salir de cacería.
Lucas enganchó la red de lana en la otra perilla de la silla y comenzó a cargar la aguja con el material recién llegado.
-Mañana la vamos a probar, Pelma.
A Carmelo se le hicieron los ojos bolitas.
-Yo también voy.-dijo Mari.
Manolo terminó con las estaquillas de retama y se puso a seleccionar varas para la nueva jarilla, buscando las más rectas y ligeras.
Carmelo no le quitaba la vista de encima. No perdía bocao. Y preguntó por enésima vez.
-¿Me vas a hacer el arco?
-¡ A cenar !-se oyó desde la cocina.









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