miércoles, 26 de febrero de 2014

EL AROMA DE LAS BRUJILLAS

Brujillas

En febrero olía la calle a alhucema. Las copas de cisco intentaban disimular el mal olor de los tizos con sahumerios de lavanda. Las gracias y los chistes relacionados con el tamaño de las cabrillas o con la proximidad de las mismas a las ingles eran por todos conocidos.
- Mueve la copa, niño, que se enfrían las cabrillas.
Carmelo abandonó la lotería por unos instantes,  alzó el paño de la mesa camilla y removió el cisco con la paleta.
Su tía le acercó la bolsita de granos de lavanda.
- Toma, gorrión, échale un puñaíto para que se quite el olor a viejas.
Carmelo volvió a levantar el paño, se arrodilló y se introdujo bajo la mesa para ofrecer el sacrificio por enésima vez. Sabía que, como de costumbre, no tardaría mucho en oír a alguna de las esnifadoras de tabaco en polvo aquel manido decir. Y no se equivocó.
- Alhucema, sahumerio de putas pobres.
- Oye, Pepa, ya están abriendo las brujillas. Llévate una macetita cuando te vayas.
- ¿Me estás echando?
- ¡Qué va, mujer!

Carmelo necesitaba, por encima de todo, cantar aunque fuese una línea para salir a gastarse las ganancias en el quiosco de Manolín.

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