miércoles, 5 de enero de 2011

EL COLCHÓN CALENTÓN


El colchón de muelles venía envuelto en un plástico grueso y translúcido. Manolo lo trajo con Pedro Ceballos desde la tienda de Baldomero, frente al Tani. Pedrito hacía de timonel y Manolo de vigía de proa, hasta que lograron atracarlo en la casapuerta, recostándolo en la pared.
La cama de tubos azules galvanizados se llevaba los últimos martillazos sobre las esquinas del somier plateado. Lucas y Mari montaban la cama nueva tratando de dar ánimos a Carmelo.
-Esta noche duermes aquí.
Carmelo no sabía si reir o llorar cuando oyó a su hermana diciendo aquello. Había tenido que dejar de dormir en la cuna porque no paraba de columpiarse y estaba más tiempo en el suelo que a lomos del catre balancín. Ahora se había hecho a dormir con su hermano mayor y no le gustaba la idea de perder su rinconcito junto al muro encalado. Se sentía seguro sabiendo que era imposible caer al suelo mientras estuviese encajonado entre Manolo y la pared.


La cama se transformaba en galera de remos o en barco vikingo en menos que se se afeita una rana. Bastaba con desmontar las tablas que hacían de somier y soltar enmedio del barco el jergón de lana invernal o de paja veraniega. El buque de Lucas siempre estaba dispuesto a la batalla, con la almohada cañonera en ristre. Si había guerra, allí estaba él; si no, la declaraba con solo desmontar las tablas y agarrar su almohada.
-Soy Móloc. ¿Te rindes, cabezón?
-Eso nunca, cobarde. Ven si te atreves.-le contestó Manolo.
Carmelo no se caía por la borda en el fragor de la batalla gracias a la pared. Y a que tenía la cabeza dura. Cada dos por tres había que parar la guerra por el ruido de sus calabazazos.

-¡Alto el fuego!-dijo Manolo-¿Te ha dolío, Pelma?
Carmelo se rascó la cabeza en uno de tantos chichones.
-No, pero me pica.
-¿Que te pica con el cabezazo que te has dao?
-Es que me pongo ajopola para que no me duelan los palos.
La carcajada de los vikingos fue histórica, Carmelo se había restregado ajos silvestres en el cuero cabelludo. Los ajoporros tenían la dudosa propiedad de anestesiar el dolor producido por los golpes que los maestros descargaban sobre las cabezas o sobre las manos de sus pupilos. El aroma de las clases era algo así como el que tendría una olla de tigres al ajillo. El barco vikingo y la pared olían a lo mismo que la cabeza y las manos del pequeño guerrero.


-Vuelve a tu puesto, guerrero "Ajopola". Somos invencibles. ¿Te rindes, Chinetti?
Carmelo repitió: "¿te rindes Chinetti?"
-No me digas más Chinetti, que yo soy Móloc. Te hundiré el barco, mequetrefe.
-Perderás y te tiraremos a los tiburones, bellaco.
Carmelo repitió: "Te tiraremos a los tiburones, bellaco".
-Dos contra uno, mierda para cada uno.
-Si no te atreves contra nosotros, llama a la Chuputea, cobarde. ¡Lucha!
Carmelo repitió: "Lucha, cobarde".
Cuando Mari entraba en batalla decantaba la victoria de parte del buque insignia de la flota del sanguinario Móloc. Tal era su ferocidad en el combate.




-Esta cama no se hace un barco. Yo aquí no me acuesto. Yo quiero acostarme con el Manolo.
-Toma el martillo, Pelma, que esto ya está montao. Lo voy a probar.
Lucas se sentó sobre el somier y comenzó a saltar como si se hubiese sentado sobre una cama elástica.
-Mira, Ajopola, esto es de gomabol. Sube y salta.
A carmelo le gustó la idea y empezó a saltar de pie, sobre el somier. El griterío, las risas y los chirridos llamaron la atención de su madre, quien ordenó que se dejaran de juego y que recogiesen las herramientas; es decir, que llevasen el martillo de bodega al hueco de la escalera. Obedecieron y volvieron a las andadas. Carmelo saltaba y Mari le insistía en que aquella era su cama, para él solo.
-Yo no la quiero. Quiero dormir con Manolo. Que no te enteras.
Y seguía saltando del somier al suelo y del suelo al somier. Saltaba con los pies, con las rodillas, con el culo, con la espalda,...
Y su madre llegaba una y otra, y otra, y otra vez a llamarle la atención antes de que destrozase la cama nueva a saltos.
-Bájate de ahí
-¿Yo qué te he dicho?
-Te voy a dar fuerte en el culo.
-Que sea la última vez que te digo que te bajes.
-Vas a estrenar el colchón calentón.
-...


Y así hasta que su tía y ella consiguieron introducir el colchón de muelles en el forro y echarle la cremallera, sin quitarle el plástico. Lo dejaron más apretado que un saco de repollos; pero cerró con la cremallera reventona.
-A ver, gorrión, quítate de ahí que vas a estrenar el colchón nuevo-le dijo su tía.
-Yo ahí no me acuesto. Esto es para saltar.
Su hermana lo apartó del somier.
-Ven, Ajopola, y estate quieto, mira que vas a estrenar el colchón calentón.
Lucas y Manolo ayudaban con la ropa de cama, vistiéndose de romanos un rato y de zorros.otro.
Carmelo volvió a las andadas y desplegó una asombrosa variedad de saltos sobre el flamante colchón de muelles.Parecía un muñequito de goma dando volteretas sobre una cama elástica.
Su madre, su tía, su hermana y sus hermanos le repetían: "vas a estrenar el colchón calentón". Él cogía carrerilla y se tiraba en plancha machaconamente.
Hasta que su madre se encendió y le puso el culo al rojo vivo.
Carmelo, sudoroso y jadeante se rascaba los glúteos a dos manos.
Paquita y su tía ajustaban la bajera y terminaban de hacerle la cama, apartándole el embozo.
-¡Venga, Pelmacillo, a dormir!.Toma el pijama y ya te lo estás poniendo. ¡Ya no saltas ni gritas más!Que no te oiga más, ¡eh!!¡A dormir sin rechistar!
Mientras se cambiaba, los ojos se le enrojecieron tanto como las nalgas y miraba de reojo a sus tres sonrientes hermanos. Sabía que se burlaban de él. Miró hacia la calle y observó que aún no había anochecido. Vio cómo su madre encajaba la puerta que daba acceso al cierro. Buscó con la mirada a Manolo y lo vio borrosamente, al otro lado de la catarata. Se metió en la cama reprochándole entre sollozos entrecortados.
-Te dije que no quería que me compraras un colchón. Yo quiero dormir contigo en el barco vikingo, pegaíto a la pared.

Manolo se acercó y le prometió que el sábado por la mañana le pegarían una soba a Lucas en el barco vikingo. Que se pusiera bastante ajoporro porque la batalla iba a ser dura.Que le haría un arco. Y un tiraó de gomas flandes. Y flechas. Y todos sus huesos de damasco. Y un trompo zarapico. Que le dejaría soplar el alpiste del jilguero. Sacar muergos con la morguera de la bala.Llevar la caña de pescar hasta la playa, la grande...
-Y cuando me compre la bicicleta nueva te daré un paseíto. ¿Vale?
-Vale.
Antes de que cogiera sueño llegó su padre y lo hizo levantar para la cena. Comentaron el estreno que había tenido el colchón de entre catre y cama entre risas y más risas. Carmelo volvió a su lecho nuevo para que le celebraran la novedad y se acostó más conforme.
Se quedó dormido escuchando una canción que oiría durante años.

Pelmacillo, llorón.
que estrenaste el colchón
calentón.



A mi hermano Manolo, que me enseñó a vivir.


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