lunes, 28 de octubre de 2013
sábado, 26 de octubre de 2013
DEL BAR PAQUITO A LA CRUZ DEL MAR
| Isaac Peral |
sábado, 28 de septiembre de 2013
viernes, 30 de agosto de 2013
LA PUNTA DEL CORRAL
La punta del espigón del muelle era un lugar que fascinaba a los pescadores de caña y a los de tiraíllo. Carmelo los observaba mientras comía lapas crudas. Una mojarrilla al extremo del anzuelo o una simple picada eran celebrados por los pescadores noveles como si les hubiese tocado un gran premio en una tómbola. Cuando alguien lograba sacar un sapo roncador de entre las piedras, la fiesta se convertía en tragedia. El alboroto y el griterío parecía preceder a la aparición de Godzila entre los bloques de hormigón.
- ¡Un monstruo! ¡Mamá, he casado un monstruo!
Carmelo bajó de su atalaya y ayudó a despercarlo. Sabía que sería suyo.
- Es un zapo roncaó.
-¡Qué asco! ¿Y eso se come?¿Pica?- Preguntó la madre del aventurero.
Carmelo no le mintió cuando le advirtió de la peligrosidad que suponía pincharse con las aletas.
- Javi, tíralo al mar, miarma.
-¡Qué va, señora! Yo los cojo para echárselos al gato.
- Cógelo para tí, chaval.
Dicho y hecho.
Carmelo metió el dedo en la boca de Godzila y emprendió un trote cochinero que le llevaría hasta la cocina de su casa. Dos quilos y medio de sapo no se cogen así como así en la punta del corral.
domingo, 4 de agosto de 2013
CABALLO GANADOR
| Llegada a meta. Las Piletas. |
Carmelo llegó al Tiro Pichón resoplando. Las tardes de levante le ponían de mal humor y había salido de su casa con todo el peso de la calor. Sabía que a primeros de junio podía ser tarde para catar las primeras brevas. Así que se puso en camino sin avisar a nadie, con el último bocado rondándole las mellas.
| Carrera de caballos en Sanlúcar. |
Con el viento a su espalda se ahorró el engorro de tener que expulsar los chinitos de los ojos; pero estuvo a punto de caer de bruces en la cuneta un par de veces. Sintió cierto alivio al cruzar el eucaliptal de La Pachá; en parte porque se sabía a mitad de camino y; en parte, porque amainaba el viento.
- Abuelo, vengo a hincharme de brevas.-resopló sinceramente.
Carmelo se dejaba caer de esa manera cuando hablaba con sus abuelos.
- ¿Y no eres capaz de esperar un ratito a que se aplaque la calor?
- Un poquito sí. Pero no mucho.
- Siéntate un poco y descansa.
Carmelo obedeció y se sentó en una silla de tijeras, de las de los velatorios. Estuvo mirando los cuadritos que sus tías habían clavado en las paredes para decorar la estancia.
- Abuelo, ¿quiénes son esos que están con el caballo?
- Tu padre y tu tío Manolo. Ese era un caballo de carreras.
Carmelo iba a echar los ojos afuera como si fueran dos chinitos que el levante hubiera escondido en sus cuévanos.
- ¿Y estos dos, quiénes son?
- Tu padre y su primo, El Bizco. El caballo es el mismo de la foto de al lado. Ese día lo llevaron a correr a Sanlúcar.
Carmelo se veía galopando a lomos del corcel.
- ¿Dónde está el caballo, abuelo?
- Lo vendimos. Esos caballos son muy delicados y no valen para el trabajo.
El perro se echó a su vera y apoyó la cabeza en la cruceta de la silla para mantener en alto el hocico. Le gustaban las tertulias y estaba intuyendo que la conversación sería interesante. Y lo fue.
El abuelo entretuvo al nieto contándole detalles del cuido que precisa un caballo de carreras y de lo poco rentable que resulta ser dueño de uno de ellos.
Carmelo miraba las fotos que tenía enfrente.
- Pues a mí me gusta ese, abuelo.
- ¿Más que las brevas?
- ¡Quizás no!
- Vale. Coge la canasta y tráete unas pocas; pero no las cojas hinchonas.
El abuelo siguió riendo cuando Carmelo ya palpaba las primeras lámparas de la temporada.
Dedicado a mi hermano Lucas, quien me enseñó a decir "breva con la boca cerrá" y a esperar a que estuviesen maduras para que no me doliesen los labios.
viernes, 26 de julio de 2013
DÍAS DE SOL
| Girasol |
Las pipas de girasol eran una de las debilidades de la chiquillería; el regaliz de palo, otra.
Carmelo tenía ganas de crecer, entre otras cosas, para que le crecieran las manos y comer más pipas por el mismo dinero. Con una perra chica tenía para todas las que le cupiesen en las dos manos abiertas y Manolín se las daba bien despachadas pues no paraba de llenárselas hasta que caían algunas sobre el mostrador del quiosco.
- Ahora vuelvo por el orozuz, Pepe.
- Espera un poco que te lo meto en el bolsillo. Toma, cuatro palos de los buenos. Hoy te ha ido bien en la lotería, ¿no?
- Sí. He llenao el cartón casi del tirón.
jueves, 11 de julio de 2013
LA CASAPUERTA
Los cantos de triquitraque soltaban chispas sobre los bordillos de la acera. Las llantas de los coches de caballos golpeaban las juntas de dilatación de la Calle de Cemento cortando el ritmo alegrón de los collares de cascabeles. Las salamanquesas no disponían de mucho tiempo para entretenerse en músicas celestiales ni en estridencias callejeras. Las mosquitos y las hormigas aludas se paseaban de farolillo en farolillo como si lo hicieran por el real de la feria. Pupilos y vecinos sacaban sillas de anea para sentarse al fresquito y hablar de vientos, temperaturas y gentío playero.
-Hoy ha hecho bastante más calor que ayer.
-El levante es mortal.
-¡Menos mal que por la noche refresca!
-Pero te pone la cabeza fatal.
-En Sevilla había esta tarde más de cuarenta a la sombra.
-Niño, tráete el búcaro.
-¡Qué pestazo a cagajones!
-Niño, no tires más la piedra que se asustan los caballos y la vamos a liar!
-¿Hay agua fresquita?
La piedra rebotaba de bordillo a bordillo para cruzarse entre las patas de los caballos unas veces o por en medio de los radios de las ruedas de los carros, otras. A veces, el canto rodado golpeaba sobre algún radio al tiempo que los aros de hierro lo hacían sobre una junta de dilatación y el estruendo ponía de los nervios tanto a la concurrencia como a caballos, cochero y pasaje.
-Hoy estaba la playa que no cabía un alma.
-Pues verás el sábado y el domingo.
-Niño, suelta la piedra y ve a por el búcaro.
Carmelo metió la piedra, aún caliente, en uno de sus bolsillos y entró hasta el corral para coger el botijo de debajo de la parra. Le dio un chupetón largo antes de sacarlo a la calle. Oyó que arreciaba el cascabeleo resonando en la casapuerta y comprendió que su padre había vuelto a quitarlo de la acera porque estaban a punto de pasar dos naterros.
-¡Cagonlamá!
La salamanquesa se zampó una espléndida aluda rubia casi en el alféizar antes de que agosto comenzase a refrescar.
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