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jueves, 13 de octubre de 2011

LA FLOR BLANCA

Flor de noche o Flor de Juan XXIII.
Maruja cogió de la mano a su ahijado y se lo llevó de carabina a mediodía para traerlo de vuelta a la hora de la cena. Era el 3 de junio de 1963. Un día espléndido; de esos en los que no hace ni frío ni calor.
Carmelo estuvo toda la tarde saltando de carro en carro, montando mulos y caballos a pelo, cogiendo arreos, cencerros y cascabeles. Corría por el corral terrizo desde la calesa hasta los mulos;ora de indio, ora de vaquero. Lanzaba flechas desde la calesa, saltaba y rodaba por el suelo para disparar su colt 45 desde la paja amontonada entre los cascos del mulo. Hasta que se le acabó la munición del colt y se le despintó el arco de la mente.
- Tita,¿cuándo nos vamos?
Maruja conversaba con su futura suegra y con varias muchachas que cosían bastante menos de lo que hablaban. El niño se acercó para que le hiciesen caso pero se le olvidó lo que quería cuando las muchachas empezaron a meterle los dedos por los rizos.
Las campanas de la parroquia rompieron el silencio de la siesta con redobles cadenciosos y machacones. Tocaban a difunto y las preguntas del mujerío sucedieron a sus miradas de espantijo.
- ¿Quién se ha muerto?
Todas preguntaban lo mismo. Todas contestaban con el mismo mohín.
- Carmelo, acércate a casa de Manolo Castro y le preguntas  si sabe quién se ha muerto.
Carmelo se ahorró el viaje porque coincidió que Margarita, la mujer de Manolo Castro, entraba con la noticia en la boca y con su hijo Pepín de la mano.
-¡ El Papa ! ¡Se ha muerto el Papa! Lo está diciendo la radio.
Parecía que las campanas arreciaban su redoble, como si hubiesen recibido la confirmación del acontecimiento.
-TANTAN-TAN...TANTATÁN .
-TAN-TAN-TAN.
-¿Jugamos?
-¿A qué?
-A indios y vaqueros. Toma, esto es la pistola. Y el arco, pa mí.
Pepín aceptó de mala gana y al cuarto salto bajo el mulo dijo yo no juego más.
El indio soltó las flechas y el vaquero cambió la pistola por una pipeta.
El diálogo de las campanas acompañó durante toda la tarde las conversaciones de las mujeres mientras la noticia volaba de un patio a otro y Pepín explicaba a Carmelo las excelencias de los caldos que contenían las botas y bocoyes de la bodega.
Carmelo aprendió a distinguir entre un buen oloroso y un soberbio moscatel entrando por la Calle Larga y saliendo por el Callejón 18 de julio, sin flechas.
Oscureció cuando ya había algunas luces encendidas y Pepín dio por finalizada la jornada.
- Te llama tu tía.
- Adiós.
Pepín pasó por el corral volando y tropezó con el chino de la casapuerta. Dio dos saltitos a la pata coja, se giró para fijarse bien en el chino en el que no se fijó antes y volvió a coger vuelo.Su madre ya se había ido, al igual que la mayoría de las mujeres. Carmelo se acercó a su tía y se echó en su regazo, donde se le terminó de hacer de noche.
- No te duermas, gorrión. Anda, que ya nos vamos.
Maruja se despidió de sus suegros y le ofreció la mano al pequeño indio reventado.
- Mira qué flor más bonita, Carmelo.
- ¿Cómo se llama ?
- Es una flor de noche.


lunes, 17 de enero de 2011

TARZÁN EN LA HIGUERA DE PEPÍN



La fachada del Gran Cinema estaba recién blanqueada y los albañiles recogían desconchados en el interior del cine de verano. Las puertas estaban de par en par, como si hubiera terminado la función de los sábados. Las carteleras descansaban recién clavadas en el interior del patio de butacas esperando que secara la pared. Antonio retiró los carteles de los fotogramas sobrantes y clavó el rótulo de "próximamente" sobre el marco del tablero.
-Primo, trae aquella tira de cartulina del mostrador; la que pone "autorizada para todos los públicos".
Carmelo se vio dentro del cine, ayudando a montar una de las carteleras a un primo de su padre. Venía del colegio tirando piedras con sus amigos y firmaron una tregua para ver cómo preparaban el cine para la temporada de verano.
Entró, cogió el rótulo del mostrador del ambigú y se lo acercó a El Bizco.
-Primo, ¿cuándo abren el cine?
Antonio permaneció de rodillas mientras clavaba el "autorizada" tratando de sujetar el resto del letrero con la mano del martillo.
-¿Dónde coño se habrá metío el niño? A ver, hijo, aguanta tú aquí un momento.
Carmelo miraba las fotos con los ojos más abiertos que la boca y se agachó para sujetar el rótulo.
Antonio le informó que aún faltaban un par de semanas para comenzar porque el maquinista aún no había terminado de montar las máquinas de proyeción.
-Ahora estamos preparándolo todo. Tenemos que blanquear, arreglar las butacas, fregarlas; poner a punto los cuartos de baño, el ambigú...
Carmelo hizo un gesto a sus amigos de apedreo para que se acercasen a la cartelera yacente. Todos se embobaron viendo la exposición de fotogramas de "Tarzán en Nueva York".
De la parte de los servicios se acercaba un mozo con paso tranquilo. El Bizco le gritó con desesperación.
-¡Millán!¿Dónde coño te metes?
-¡Ni cagar puede uno!
-Nos vamos, primo.-se despidió Carmelo.


                                                          ***

La cartelera aguantó en la misma alcayata desde mediados de junio hasta el primer fin de semana de septiembre. Durante ese tiempo fue preciso restituirle un par de fotogramas que habían desaparecido de la exposición  por arte de birlibirloque. Las fotos supervivientes tenían un color de chochomona que contrastaba descaradamente con los dos flamantes fotogramas acharolados.
Guillermo y Emilio también desgastaban las carteleras de Tarzán en Nueva York, de tanto mirarlas, y tenían a toda la familia Olave aburrida de preguntarles por la fecha del estreno. José Luis, Paco, María Luisa, Cari, María del Carmen...siempre sonreían y contestaban con un "ya falta menos".
A Emilio no se le iba por alto el drama.
-El verano se va y han puesto todas las películas menos la de Tarzán en Nueva York.
Guillermo cogió carrerilla y saltó hasta lograr asirse de una de las ramas principales del moral de la esquina de don José Caballero, frente a La Plancha. Motivado de tanto ver las carteleras de Tarzán, siguió trepando casi hasta la copa, moneando como Chita. Miró al frente y no dijo ¡eureka! porque nunca lo había oído decir.
-¡Quillo!¡Desde aquí se ve el cine!¡La pantalla entera!
A Emilio le faltó el tiempo para emular a su primo y se acomodó sobre otra rama.
-¡Sube, Carmelo! Desde esta palanca también se ve toda la pantalla.
Carmelo subió y buscó acomodo en la palanca que quedaba libre. La pantalla pillaba algo lejos, pero se veía al completo.
Durante el resto del verano disfrutaron de una novedosa manera de ver el cine de válvula, aunque la acústica no era muy buena por mor del trasiego de gente a sus pies y del viento variable. Las risas estaban garantizadas aunque la película fuese de terror.


Lucas, los aguilitas, los cascarillas y su primo Dominguito, el Mancebo, habían descubierto otra veta para ver el cine gratis desde el exterior.
En el campo de Pepín Sánchez, que lindaba con la tapia lateral del Gran Cinema, había una higuera jaquetona de brevas negras. Era una higuera de tres cosechas: las brevas, los higos y, entremedias, el cine durante todo el verano. Desde sus ramas más altas se podía vislumbrar la pantalla del cine si se sabía mirar entre los cañizos.La pantalla se veía sesgada, pero se oía bien y sobraba imaginación para añadir a la mente lo que el ojo no lograba acercar al cerebro.
Carmelo cuadrapeó algunas películas a caballo entre la higuera y el moral. Lo que oía en una no lo veía en la otra, y viceversa. No vio una película en condiciones en todo el verano pero disfrutó haciendo el tarzán de árbol en árbol. El cine le daba igual.

viernes, 26 de noviembre de 2010

¿ TE ACORDARÁS ?



Desembocadura del Guadalquivir

 
-Espera un rato por aquí que te voy a montar en la bici nueva.
Manolo estaba a poco de terminar aquella tarde en la pensión San Francisco, donde ejercía de botones. Ya habían servido la comida y saldría con la tarde libre cuando quedase todo limpio y recogido.
Carmelo acababa de llegar a la explanada caminando por la Avenida de Regla. Había quedado con su hermano mayor para estrenar la bicicleta. Corrió alrededor de la estatua del Padre Lerchundi hasta marearse; lanzó piedras para caer dátiles de una palmera inalcanzable; dibujó varias veces "el seis y el cuatro, la cara de tu retrato" en el albero, con un palo, y terminó sentado en la entrada de la pensión, amenizado por El Busquillo.
-Dame la mano, primo.
Esa era la tarjeta de presentación del Busquillo.
Carmelo lo conocía bien de haberlo visto con su padre, besando castorillas de mosto.
-Primo, tú eres hijo de Antonio, ¿no?
-Sí.
-¿Qué haces por aquí?
-Esperando a mi hermano que está de botones en la pensión. Me va a montar en la bici nueva.
-Ya tiene que estar al salir. ¿A que tú no sabías que tienes veinte dedos en una sola mano?
-No, porque tengo cinco.
-Trae pacá que los vamos a contar.-El Busquillo le cogió la mano y empezó a contárselos desde el meñique al pulgar: Cuchillito, navajita, pan caliente, diecinueve y veinte.
Carmelo disfrutaba con el amplio repertorio del Busquillo cuando vio salir a su hermano de la pensión con una bicicleta Orbea, negra, con barra, timbre, dinamo y portamantas. Manolo no le quitaba el ojo de encima a la bicicleta.La miraba como se mira a una novia.
-¿Te gusta, Pelma? Mira, tiene bombín, por si se pincha una rueda.
-¡Qué buena bici, primo! Orbea...de las mejores.-apreció El Busquillo.
Manolo agradeció el cumplido con un gesto y continuó paseando la orbea como si le diese apuro montarla tan pronto. Explicaba a Carmelo los nombres de las partes de la bicicleta mientras se dirigía a la banda de la playa. Paró en la puerta del Santuario, subió al primero de los peldaños de la escalinata y la montó.
-Pon un pie en la palomilla y te montas, que vamos a coger por la banda de la playa hasta el faro. A ver, espera, no te montes todavía, que voy a ponerme esto para no llenarme de grasa el pantalón.
Manolo vestía una camisa blanca de mangas cortas y un pantalón largo, también blanco, en uno de cuyos bolsillos llevaba una pinza de madera, de las de tender ropa. Bajó de la bicicleta, plegó los bajos del pantalón y lo sujetó con la pinza. La bicicleta tenía guardacadenas, pero así, no engancharía el pantalón.
-Venga, ahora. Separa las piernas para no meterlas entre los radios y no te muevas.
Carmelo obedeció y pronto sintió en su rostro el fresco de la playa.
-¡Ay!¡Ay!, ¡que me duele! ¡Para, Manolo, para!
Manolo se detuvo pensando que a su hermano le había pasado algo serio.
-Bájate.
-Me he pinchado con este alambre.- dijo Carmelo señalando uno de los ganchos del pulpo.
-Eso es el pulpo, para sujetar los paquetes.
Lo quitó del portamantas deshaciendo el trenzado y lo enrolló en la base del sillín.
-¡Ea! Ya está. Vamos.
Manolo notó que Carmelo miraba con arrobo a un hombre alto que salía de uno de los chalets de la banda de la playa.
-Mira, Manolo, ese es el hombre de las balas. Al que se le cayó la caja de balas en el muelle.-dijo Carmelo sorprendido.
-Ese es Carrero Blanco. Vive ahí. Anda, móntate y pon los pies en las palomillas. ¿Dónde quieres ir, a Rota o a Sanlúcar?
-A Sanlúcar.-contestó Carmelo decidido.
Manolo cambió la ruta programada y dejó el faro para otro día. Abandonó la playa por Villacañas, llegó a Los Amarillos por Regla, pasó por delante del taller de Arango, echó una miradita a las carteleras del Cine Avenida, sin bajar de la bici. Vieron siete carteles clavados en la pared, frente al cine.

-Ben Hur y Los Siete Magníficos, Pelma. Mañana te voy a traer al cine.


Era domingo, sin duda. Los lunes "echaban" dos películas al precio de una.
Giraron en el rincón de Valdés casi con la misma dificultad que lo hacía Florencio con el autocar; pues, Manolo tuvo que realizar un gran esfuerzo para reanudar la marcha con la bicicleta en la mismísima curva.
Pasaron por delante de la Administración de la Policía Municipal de la Plaza Pío XII. Manolo iba tranquilo a pesar de no llevar matrícula. En su lugar lucía el marchamo de chapa de un chorizo que había cogido poco antes en la pensión. Aquel año, las matrículas eran negras, por lo que tuvo que teñir el marchamo con un poco de betún.

-¡Mira, la abuela!
Carmelo saludó a una señora sonriente y pequeñita, enfundada en un traje negro estampado con flores blancas, que venía por la acera de la calle Isaac Peral, a la altura de Miguel del Rincón. Se dirigía a la pensión de su hija Rocío, como luego descubriría.
-¡Abuela! Voy a Sanlúcar.-Gritó soltando una mano para saludarla con alborozo.
Manolo soltó la mano izquierda del manillar y la levantó para saludar, sin atreverse a mirar atrás y perder el equilibrio.

La Macarena, el corral trasero de la Guardia Civil, el horno de Juan Cerpa, la casa de Manolo Valdés, la embocadura de la carretera con el Punto, la miga de Pepita Pérez y el taller de los Polanco, a la izquierda;y la huerta de Joselito, enfrente. Carmelo conocía bien aquel rincón.

-¿Vas bien, Pelma?
-Sí.

La carretera estaba salpicada de moreras a ambos lados, ligeramente por encima de las cunetas. Pasaron por delante del cementerio desde donde ya podían divisar los eucaliptos de La Lagunilla. Estaban saliendo de Chipiona entre viñas de moscatel, Dejaban atrás el fielato cuando Manolo exclamó contrariado.

Coñó, los civiles!

Aminoró la frecuencia de pedaleo a medida que se acercaba a la barrera del paso a nivel. Una pareja de la Benemérita daba el alto a los vehículos porque iba a pasar el tren. Carros tirados por mulas, bicicletas, peatones con sacos al hombro, burras, y algunos coches se fueron sumando a la carvana hasta que pasó el tren y el guardagujas alzó la barrera. Los civiles gesticularon con la mano para dar via libre. Carmelo y Manolo pasaron los primeros.

Los nueve kilómetros que separaban las dos poblaciones vecinas son muchos kilómetros para ir sobre el portamantas de una orbea, por mucho que la pinten de negro. Carmelo pidió una parada en el eucaliptal de Santo Domingo, para darle un rieguecillo a la arboleda y para estirarse un poco. Manolo hizo lo propio y volvió a la bici escurriéndosela.
Carmelo montó otra vez, con menos ganas que la primera.
-¿Falta mucho?
Sanlúcar de Barrameda desde Cuesta Blanca
-Un poco más.¿Nos volvemos?
-No.



Desde Cuesta Blanca hasta el Cantillo, todo cuesta abajo, Manolo dejó la bici ir, casi sin dar pedales. Vieron acercarse Sanlúcar como si se arrimasen una postal a la cara. Carmelo mantuvo la vista en la torre de la O hasta que pasaron por delante del barranco desde donde emprendió el vuelo una bandada de patos. Se asombró con los charcos rodeados de juncos y de puros de aneas, poco antes de pasar por delante de la fábrica de ladrillos, en el último repecho del camino.
-Ya estamos en Sanlúcar. Vamos a bajar al río.¿Estás bien, Pelma?
-Sí.
Carmelo mintió. No sabía cómo ponerse. Le dolía todo el cuerpo; principalmente, las posaderas. Pero nunca había visto un río y no estaba dispuesto a desaprovechar aquella oportunidad.
Manolo detuvo la marcha apoyando un pie sobre el bordillo de la acera. Sudaba pero no estaba cansado a pesar de haber pedaleado a buen ritmo. Señaló un azulejo antes de echarse abajo por la empinada cuesta que los llevaría a la Plaza del Pradillo como si bajasen por un tobogán.
-Mira, Pelma, esta es la calle Juan Sebastián Elcano.¿Lo ves ahí arriba?
-Sí.
Y pasaron por El Pradillo como un cohete.
-Aquello es el río.¿Lo ves?
-No.
Llegaron a la arena seca. Carmelo no podía moverse del portamantas porque llevaba los pies dormidos. Su hermano le ayudó a bajar de la bicicleta y le ofreció la mano para que anduviese por la arena hasta que se le quitara la hormiguilla. Llegaron a la orilla. Manolo observó que Carmelo sangraba por un labio abierto en el pulgar de su pie izquierdo.
-¡Quillo!¿Dónde te has hecho ese corte?
-¿Qué corte?
-Ése;el del pie.¿No te duele?
-No.
Carmelo aún no había recobrado toda la sensibilidad por mor de la hormiguilla. Se había cortado con un cristal de una botella de cerveza enterrada en la arena y no se había dado cuenta. El dedo estaba lleno de arena blanca y parecía un pionono rosa. Se lavó la herida sangrante en el río. Al poco, empezó a sentir picor y luego se quejó del dolor.
-Mira, Pelma. Este es el río Guadalquivir. Por allí está Sevilla y por allí, Chipiona. El río viene de Sevilla y va hasta la playa. Esto es agua dulce, pero no se bebe porque casi todo es meao. Allí enfrente está Doñana.¿Ves los pinos? Ahí hay toda clase de animales.
Carmelo buscó la arena seca para volver a llenarse la herida.
-¿Adónde vas?No te lo llenes otra vez de arena.-le recriminó su hermano.
-¡Qué va!¡Si te parece me lo voy a dejar lleno de meao!
Manolo reía a carcajadas.
-Pelma, cuando te pregunte el maestro los ríos de España, le dices que has estado en la desembocadura del Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda.¿Te acordarás?
Carmelo y Manolo tuvieron que explicárselo a su padre antes que al maestro.
Llegaron a Chipiona ya de noche, guiados por la luz de la triste bombillita del farol.
-La dinamo es buenísima.-concluyó Manolo en cuanto que entró por El Punto, donde estaba la primera bombilla encendida del pueblo.
Sus padres, su tía Francisca, hermanos, vecinos y primos los estaban esperando en la puerta, junto con su tía Rocío y su abuela.
-Venimos de Sanlúcar. Yo creía que estaba más cerca, papá.-dijo Manolo.
-Ya me lo ha dicho la abuela.¿Estás bien?
-El niño se ha hecho un corte en el pie con un cristal.
-Pero no es ná. No me duele y ya no me sale sangre. Me lo he lavao con agua del río Guadalquivir. ¡Papá, hemos estado en el río!
Carmelo no podía contener la alegría. Todos estaban contentos, a pesar de la bronca que se suponía próxima. Su padre le limpió la herida y le dejó el dedo nuevo. Luego, durante la cena, vinieron los "pero a quien se le ocurre", los "habráse visto la ocurrencia", o el socorrido "para haber pasado algo". Se echó en falta el "para haberse vaciado un ojo", tan manido en tantísimas situaciones.
El colchón de muelles se alegró de recibirlo cansado.Aquella noche Carmelo soñó con el Coto de Doñana y aprovechó para introducir algunos elefantes, tigres y leones. Su mente se entretuvo jugando en la orilla del río volteando una cantinela: "¿Te acordarás?".
Bicicleta Orbea antigua

martes, 12 de octubre de 2010

MI XINITA EN LA LONGUERA


Las olas, empujadas por el viento,
dibujan en la arena de la playa
abanicos de corchos y palillos.
Las caracolas ruedan sin piquitos,
gastadas del vaivén de la marea.
A poniente flotan huevos de rayas
vigilados por un mar de gaviotas
y vuelan los veleros sobre el agua
en busca de las playas de Doñana.
Mi Xinita, dueña de la Longuera,
galopa de la mojada a la seca
y arruga con sus bailes la mañana.

(Paseo por la playa de la Longuera, en la mañana del  9 de febrero de 2010)


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