viernes, 28 de febrero de 2014

TROMPILLAS PARA EL CANUTO


Manolo Massip estuvo desde las ocho de la mañana esperando a Carmelo en la puerta del colegio. Parecía un centinela jugando al ping pong.
- Como lo coja se va a enterar- le dijo al menor de los hijos de Ángeles, la de El Monte.- ¡Cuidao cómo le ha puesto los ojos al niño!
- Cálmese usted, Manolo, que le daría sin querer.
- ¿Sin querer? ¡ Sin querer se da un trompillazo!¡Uno! ¿No lo ves?¿No ves cómo le ha puesto los dos ojos? ¡Vamos, hombre!¡Por Dios! ¡Como lo coja se va a tragar el canuto!


miércoles, 26 de febrero de 2014

EL AROMA DE LAS BRUJILLAS

Brujillas

En febrero olía la calle a alhucema. Las copas de cisco intentaban disimular el mal olor de los tizos con sahumerios de lavanda. Las gracias y los chistes relacionados con el tamaño de las cabrillas o con la proximidad de las mismas a las ingles eran por todos conocidos.
- Mueve la copa, niño, que se enfrían las cabrillas.
Carmelo abandonó la lotería por unos instantes,  alzó el paño de la mesa camilla y removió el cisco con la paleta.
Su tía le acercó la bolsita de granos de lavanda.
- Toma, gorrión, échale un puñaíto para que se quite el olor a viejas.
Carmelo volvió a levantar el paño, se arrodilló y se introdujo bajo la mesa para ofrecer el sacrificio por enésima vez. Sabía que, como de costumbre, no tardaría mucho en oír a alguna de las esnifadoras de tabaco en polvo aquel manido decir. Y no se equivocó.
- Alhucema, sahumerio de putas pobres.
- Oye, Pepa, ya están abriendo las brujillas. Llévate una macetita cuando te vayas.
- ¿Me estás echando?
- ¡Qué va, mujer!

Carmelo necesitaba, por encima de todo, cantar aunque fuese una línea para salir a gastarse las ganancias en el quiosco de Manolín.

sábado, 15 de febrero de 2014

EL ÁRBOL DE LOS ENCUENTROS





- Esta semana llevaremos al colegio los cañones, Pelma.

- ¿El mío también?

- El tuyo es el mejor. No lo vayas a dejar en casa. Y llévate también la pólvora que hicimos. Toda.

Lucas hablaba como si fuesen a reventar el recreo.

- Cuando sea más tarde vamos a ir al árbol que solo tiene flores y hablaremos con los demás. Avisa al valenciano chico. A ese le gusta la pólvora más que el comer. Dile que vamos a probar los cañones.

Bajo el árbol sin hojas afloraron cinco cañoncitos de plomo y tres papelones de pólvora casera. Todo un arsenal. Se habían corrido las voces y estaban bajo el árbol casi todos los de Oficialía y algunos de los pequeños.

- ¡Joé, qué montón de gente! Pelma, te dije al valenciano chico nada más.

- Y yo no he avisado a nadie más. No sé cómo se han enterado los demás. -mintió Carmelo.-¿Traes el mechero, Negra?-añadió para zanjar el tema.

Antonio sacó del bolsillo un mechero con medio metro de mecha perfectamente enrollada.

- ¡Nunca falla!- dijo augurando un éxito seguro.

- ¡Recargad los cañones! Hay que probar con los tres paquetes de pólvora para ver cuál es la mejor.

Cargaron los cañones con pólvora del primer papelón,  introdujeron un rodamiento de camión en cada uno de ellos y los ataron con alambre para fijarlos a su tablilla correspondiente.

Cuando estuvieron alineados, Miguel, El Valenciano Chico, pidió el mechero a Antonio y arrancó la primera discusión acalorada de la tarde. Antonio se ganó el derecho a encender el quinto cañón antes de ceder su artilugio. Por poco no le explotan las venas del cuello, pero lo logró.

Miguel encendió la mecha con un par de golpes conejeros sobre la ruedecilla. Dos chasquidos y varios soplidos fueron suficientes. Luego tiró de la mecha y la alargó unos quince centímetros. Siguió soplándola suavemente. No tuvo que decir nada. Todos retrocedieron un par de pasos y se colocaron por detrás del valenciano.

- Valencianito, el gordo lo dejas para el final.- le ordenó Lucas.

Todos asintieron compartiendo una sonrisita de complicidad. Antonio le puso letra a su sonrisa con un "eso, eso" emocionado.

Las tres tandas las ganó el gordo con los tres tipos de pólvora; pero, la mejor pólvora resultó la más rica en clorato: la del segundo papelón.

Fijaron el recreo del miércoles de la semana siguiente para experimentar con el cañoncito grande.





miércoles, 15 de enero de 2014

UN PAR DE HUEVOS FRITOS

- Un cundi.
Carmelo no entendía bien el resto de la frase. Así que se decantó por el cundi. "Dame pan y dime tonto", pensó antes de responder.
- Entonces los huevos fritos los dejamos, ¿no?- rió su abuelo.



- Sí, abuelo. Y la mujer caliente también la dejamos. Me quedo con el cundi.-añadió el niño sin llegar a comprender el motivo de las carcajadas de sus tías.
Carmelo no le veía la gracia a lo que había dicho cuando su abuelo aseguró que todo lo que un hombre necesitaba en la vida se reducía a un cundi, un par de huevos fritos y una mujer caliente.
Y siguió acompañando al abuelo mientras daban cuenta de unos espléndidos huevos fritos con cebolla.

domingo, 22 de diciembre de 2013

UNA VENDA EN LOS OJOS


- Ya ves lo que te pierdes por tener los ojos cerrados.

- No creas, tengo paisajes más hermosos en mi interior. Con el calorcito me basta.

- Pues acaba de entrar el invierno.

- Tampoco es el primero. No te preocupes. Ya pasará.

-¿Te traigo un té?

- U dos.



domingo, 15 de diciembre de 2013

SOLO EN LA SABINA


Las mañanas de mayo invitaban a pasear por la orilla de la playa. Carmelo ya conocía la ruta de la rabona. Había ido de cacería con sus hermanos a La Laguna, a La Mosca, a Los Llanos, a Lopina y a otros enclaves que estaban siempre abiertos. Para perderse en el de La Laguna, su favorito, le bastaba con acercarse a la orilla y sentir la brisa hasta el fortín de Camarón.

Escondió la maleta en uno de los lentiscos del cerro de Las Cancelas y buscó la playa al final de los eucaliptos de Villacañas. La marea estaba vacía, como a él le gustaba. El sol le acariciaba todo el costado izquierdo y la humedad del océano refrigeraba su perfil derecho. Se descalzó y llegó al fortín oliendo a seba.

En La Laguna buscó la sombra de una sabina y se emborrachó con el canto de los pájaros. Los cañaverales le pillaban lejos y La Mosca aún más lejos. Decidió echar allí la mañana. Solo.

En la escuela estarían machacando la tabla del siete y repasando la del seis hasta donde alcanzase la caña de bambú.
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