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martes, 17 de julio de 2012

DE BORRACHERA

Cangrejo moro

Antonio no sabía qué hacer para dejar a Carmelo entretenido mientras aprovechaba la bajamar. Era un buen aguaje de chocos y había llevado a su prole de marea. El Pelma iba de pegote.
-Mira ese cangrejo moro, el que tiene las bocas abiertas. Cógelo y lo emborrachas mientras nosotros entramos a pinchar unos chocos.
Carmelo era ya un experto emborrachando cangrejos zapateros y coñetas; pero nunca lo había intentado con un moro de aquella envergadura. Le buscó la espalda y lo sacó del agua.
Los cangrejos moros se estiran y abren las pinzas como los miuras embalsamados o como si fuesen de plástico duro.
-Muy bien. Ahí te quedas. Si tienes algún problema, me llamas.
-Vale, papá. Lo voy a dejar borracho perdío.
Le sujetó las pinzas viendo cómo su padre daba alcance a los hermanos mayores un poco antes de perderse en la oscuridad. La playa parecía estar llena de luciérnagas.
Carmelo encajó los labios en la boca del cangrejo, tal y como le había enseñado su hermano Manolo; miró el ir y venir de las candilejas de carburo entre pasada y pasada de la ráfaga del faro y se relajó en exceso admirando la triple luz que le pareció un helicóptero.
El cangrejo aprovechó la laxitud del emborrachador de cangrejos y se agarró con la boca grande al labio superior del chiquillo. Un moro, por muy pequeño que sea, se agarra como un pitbull quizás con la idea de no caer al vacío.
El niño sintió el pellizco como si se hubiese pillado el labio en una cancela y soltó la boca pequeña con la intención de desprender, a dos manos, la boca grande del cangrejo que le machacaba el labio.
Al crustáceo le faltó el tiempo para trincar el dedo pulgar de una mano de Carmelo, logrando hacerle una llave de lucha libre que solo le permitía gritar y correr.
Carmelo metió la cara en el agua para que el moro sintiera la atracción de la libertad. Detrás de la cara iba el resto del niño, con el pulgar como avanzadilla. Mantuvo la respiración bajo el agua  todo lo que pudo. Deseó que el moro estuviese viendo, oliendo o adivinando que su casa estaba cerca; pero no.
El moro no se atrevía a soltar su presa y el pequeño de los Pastorino saltó del charco ayudado por el impulso de sus ágiles piernas y del turboalarido que trajo a su padre a la orilla montado en la luz blanca de la candileja.
Antonio alumbró la cara de Carmelo sin tener my claro cómo tenía que reaccionar ante el espectáculo insólito que obsevaban sus expertos ojos. Su hijo tiraba del cangrejo para que le soltase el labio y lo acercaba para aliviarse el dolor que los tirones añadían al pellizco del moro.
Era evidente que el moro aún no estaba borracho.
Llegaron Manolo y Lucas, guiados más por los gritos que por la luz del candil y añadieron más luz a la escena, con algunas risas que Antonio cortó de cuajo.
Manolo cogió la mano de su hermano, la que acercaba y alejaba como si tuviese un elástico mordido; acercó la boca al moro y masticó violentamente el cuerpo que mantenía unidos los dos alicates que atenazaban al niño. Escupió el caparazón sobre la arena y se alegró tanto como Carmelo de ver la mano libre de la boca y la boca alejándose de la mano.
El pequeño soportó durante unos minutos sus dos primeros pearcings y las risas de los de siempre.
-Papá, me duele la cabeza y estoy mareao.
-¡A ver si te has emborrachao tú en vez de emborrachar al cangrejo!

Carmelo se cargó una buena marea de chocos y sirvió de cachondeo durante una buena temporada.



martes, 26 de octubre de 2010

EL SUAJE DEL CAPITÁN

Óleo de Alejandro Montalbán


Los zarzos esperaban debajo de la parra, cruzados de sarmientos. José María les había dado el visto bueno y Pepe ensanchó su caja torácica como si quisiera hacer estallar la camiseta. Sus primeros zarzos estaban listos para ser instalados y tenían muy buena pinta. Allí, recostados junto a la cristalera de colorines, tumbados al sol  de una parra recién podada, los zarzos bostezaban como si se hubiesen hecho a sí mismos. Y habían tenido un peluseo.
José María andaba delicado de salud y encargó a Pepe y a Manolo la elaboración de los filtros que controlarían la respiración del corral. Tenían que  reponer los tapamentos  que la mar se había llevado por la fuerza y renovar los que aún seguían en los caños, ya podridos. Era un trabajo rutinario  que  habían visto hacer a su padre muchas veces, pero nunca lo habían hecho solos.
Les llevó una semana de trabajo rematar los entramados de sarmientos de moscatel, los más duros y flexibles. Tuvieron que seleccionar las mejores varas en la viña recién podada, hacer las gavillas y transportarlas en el portamantas de la bicicleta. Ya en casa,  clasificaron los sarmientos  por su grosor y los fueron tejiendo con la misma trama del zarzo que habían retirado días antes del corral para usarlo como modelo. Y les salió fetén.
La marea iba de retirada; era menester moverse con celeridad. Los zarzos estaban listos y había porteadores de sobra para quitarlos del solárium y llevarlos en procesión hasta su destino.
-Ya os los podéis llevar para que os dé tiempo a colocar por lo menos tres.- animó José María sin poder ocultar que estaba satisfecho por el trabajo que habían hecho sus hijos.
-Lucas, Manolo, ¿vamos a llevar esto al corral?-invitó Pepe cogiendo uno de los zarzos.
-Venga. Ahora mismo.- contestó Manolo.
Los dos manolos, Lucas, Guillermo y Carmelo se pusieron en marcha ante la atenta mirada de Luis.
-Anda, Luis, ven tú también. Lleva tú el ceroncillo, que vamos cargados con los zarzos.-dijo Pepe a su hermano tratando de animarlo. Había tenido una de sus llantinas porque le había desaparecido uno de sus gatos; el más aficionado a los jilgueros del Maestro Palillos.
Antes de arrancar, José María volvió a explicar a su hijo Manolo cómo tenía que colocar en el caño cada uno de los entramados de sarmientos.
-Ya lo sé, papá, no te preocupes que lo haremos bien.-dijo Manolo para tranquilizar a su padre.
José María confiaba plenamente en él.


Exposición  de Alfredo Zarazaga en El Chusco (detalle)


Llegaron a la playa con los corrales ya descoronillados y se dirigieron al de Cabito con los zarzos a cuestas. Luis, Guillermo y Carmelo se turnaban con el ceroncillo mientras Manolo y Lucas  lo hacían con uno de los zarzos. Pepe y Manolo, los mayores, no querían ayuda y cargaban con un zarzo cada uno.
Carmelo se encontraba más seguro caminando por la pared del Trapito. Era más ancha y podía correr delcalzo hasta la punta. En cambio, por la del Cabito tenía que ir haciendo equilibrios como si fuese un funambulista. Entraron por la pared de levante que estaba más practicable que la de poniente, a pesar de que el recorrido iba a ser mayor. Se turnaron varias veces con el ceroncillo hasta llegar a la corona de poniente, casi en el enlace con el Nuevo. El corral ya estaba a menos de medio.
Los hermanos Pepe y Manolo, habían ido observando el interior del corral durante todo el trayecto. Dejaron los zarzos en la pared, sobre uno de los caños y continuaron escrutando la superficie para analizar el contenido de los cuartelillos. La cosa no se perfilaba muy boyante. Esperaron un poco más, hasta que fueron emergiendo las crestas más elevadas.
Los suajes* se hicieron entonces más perceptibles a sus ojos: Sus dedos dibujaban en el aire las líneas con que las capturas troquelaban la planicie en su ir y venir entre los piélagos. Los identificaban y los computaban por su velocidad, textura, amplitud de los trazados, grosor,…
-Dos capitanes y seis agujas. Puede que haya alguna jibia escarriá *.- mostró con descontento Pepe.
-Y tres zalemas. Uno de los capitanes es de los grandes.-remató su hermano Manolo.
-Será un teniente coronel.-apuntilló Lucas.
-¿Cómo pueden saber lo que hay?¿Yo no veo nada?-preguntó intrigado Carmelo.
-Por el suaje.-le contestó Guillermo.
-¿Ves las olitas y las rayas sobre el agua?-le señaló Lucas-Pues esos son suajes. Son las huellas que dejan los peces cuando se mueven.
-Mira, Pelma, aquél de allí es el de un capitán.-le mostró su hermano mayor.
-Ése es el teniente coronel.-rió a carcajadas Pepe.
Y todos le acompañaron con risas mezcladas con estertores de frío.
Los dos manolos se echaron abajo para taponar provisionalmente dos de los caños desprovistos de filtro. Dejaron los zarzos nuevos superpuestos mientras terminaba de aligerar el corral. Así evitarían fugas no deseadas.
Pepe Bajó con el ceroncillo para catar. Quería hacerlo antes de instalar definitivamente los zarzos.
Carmelo, Guillermo, Luis y Lucas se repartieron las embocaduras de otros caños con problemas de zarzos mientras duró la cata. Con su presencia cortaban la salida a los peces, agitando las piernas cuando se acercaba algún ejemplar en busca de una escapatoria.
Tres chocos, seis agujas, tres zalemas, dos capitanes y el teniente coronel.
-Regulín, regulán.- valoró Manolo.-venga, vamos a poner los zarzos y nos vamos, que hace frío.
Se quedaron los dos manolos, Lucas y Pepe.
Los más pequeños llevaron el ceroncillo hasta la orilla, donde jugaron con las ventosas de los chocos y filmaron en sus mentes la agonía de la dotación del cuartelillo; desde las zalemas rasas al orondo teniente coronel, pasando por las agujas distinguidas y los dos apuestos capitanes.

sábado, 23 de octubre de 2010

EL MURO DE LOS PIOJOS




Carmelo bajó a la playa henchido como un pavo. Llevaba el tiraíllo  nuevo con uno de los aparejos ya montado, listo para soltar el anzuelo y cebarlo. No se lo creía.
Fueron directos al Muro de los Piojos para surtirse de cebos vivos.
Manolo apoyó la caña sobre el rompeolas que hacía las veces de resbaladera cuando subía la marea  y sacó dos latas de leche condensada La Lechera. Una de ellas estaba casi repleta de muergos salados desde hacía un par de días; aunque, por el olor, cualquiera podría creer que llevaban tapados bajo el trapo más de un mes.  La otra estaba vacía, con el filo matado y con un trozo de trapo blanco dentro. Estaba acondicionada para llenarla de piojos de la mar.
-Lucas, esta para los piojos. Los muergos me los llevo yo.-organizó el mayor.
-Vale.
Cogió la lata vacía, le sacó el trapo y comenzó a coger piojos. Con la navaja en el bolsillo no estaba dispuesto a discutir. Estaba impaciente por comenzar a pescar; aunque tuviera que bregar con Carmelo todo el tiempo,  mientras Manolo pescaba con la caña sin  ningún mequetrefe que le molestase.
Había bajado al pozo y tenía su navaja y dos aparejos con tragaeritas. ¿Podía pedir más?
-Os echaré una mano cogiendo piojos, que el pescao ahora no pica. Hasta que el agua no venga parriba no hay nada que hacer.-dijo dándoselas de entendido.
Manolo destapó la lata para echar los piojos que iba atrapando y notó que el nivel de los muergos había descendido.
-Kiyo, ayer estaba la lata llena y mira por donde está hoy. Por la mitad.
-Eso es porque ha mermado con la sal. Los muergos encogen mucho.-apreció Lucas.
-¡Que si merman!
Carmelo no habló. Tampoco iban a creer que se había dado un festín de muergos salados la tarde anterior.
-Pelma, no cojas los grandes. Contra más chicos, mejor. Los grandes no les caben en la boca a las putitas.-advirtió Lucas a Carmelo.
-Si no pican con piojitos, probáis con ostiones.- informó Manolo-Los rompéis con una piedra y los encarnáis tapando la tragaerita entera.
La pared estaba a tope de piojos que corrían como liebres. Carmelo estaba dispuesto a cogerlos todos. Manolo cogía los más gordos y los echaba en su lata, según decía, por si los sargos no tenían ganas de muergos.
-Eso será si no se mueren de asco los piojos… y los sargos..-apuntilló Lucas.
Los veraneantes se paraban para mirar la cacería. Nunca habían visto nada parecido. Y no paraban de hacer preguntas para luego seguir caminando sin haber comprendido las respuestas.
-Chaval, ¿qué tienes en esa lata que apesta tanto?
-Muergos.-contestó Manolo sin dejar de perseguir piojos gordos.
-¿y para qué los tapas?
-Para que no se escapen.-se mofó sin perder la compostura.
-¿Están vivos?
-Claro. ¡No se van a escapar muertos!-contestó sin levantar la cabeza.
Lo de tener que explicar qué es una putita rayaba en lo esperpéntico. Esas explicaciones más sofisticadas se la dejaban a Carmelo, para reírse a gusto y que pareciese que se estaban riendo de él y no de quien lo hubiese preguntado.
-Pelma, explícalo tú, que te sale mejor que a mí.-decía Lucas.
-Una putita es un pescaíto ajín, -decía Carmelo cortando el dedo índice con el pulgar- de colorines, igual que una morena…de las de pescao; no de las mujeres, sino de la mar; que se come los piojitos chiquetitos de un bocao, con tragaerita  y tó. Ajín: ¡Jam! Y entonces jalamos del tiraíllo y la cogemos para  echársela al gato…bueno, al gato no porque se lo ha cargao mi hermano, que es éste…y éste también, que tiene una navaja muy grande en el bolsillo que ha cogío del pozo. Y un zapito de carne valiente no sé lo que es porque todavía no he visto ninguno; pero me lo va a enseñar hoy el Lucas, que ha hecho los tiraillos  pa cogerlos. Es otro pescaíto, pero no sé como es.
-Es como una cría de merluza, pero marroncita y con la cabeza como un zapo roncaó*, pero con las quijás más chiquetitas.-intentó definir Lucas.
Las mujeres decían “qué niño más mono” pero también seguían caminando sin comprender muy bien  qué era una putita…ni un sapito de carne valiente.
Manolo se colgó la talega en bandolera, echó en ella la lata de la carná*, bien tapada; cogió la caña y se encaminó a la punta del corral por el exterior. Se adentró hasta dejar el corral a su espalda y empezó con los primeros lanzamientos. Fue reculando hasta que el agua le alcanzó al pecho. Entonces siguió lanzando desde la mismísima punta, que era su verdadero objetivo.
Pescó cuatro mojarras negras y dos sargos burgo.
Lucas estuvo casi todo el  tiempo pinchando piojos en las tragaeritas de Carmelo porque éste se pinchaba los dedos cada vez que lo intentaba.
Así y todo sacó media docena de putitas y ocho o diez sapitos. Pero tenía necesidad de coger la navaja.
Abrió media docena de ostiones con la punta de la  navaja y los esparció por una de las primeras lagunas del corral. Ya estaba casi lleno.
Recogió las tragaeritas y dio la pesca seria por finalizada.
-Al menos no se ha pinchado ningún ojo, -pensó satisfecho.
Las putitas, los camarones y los sapitos de carne valiente llegaban de todas partes atraídos por los verdes manjares gelatinosos, casi sin dar tiempo a que se asentasen en el fondo.
-Lucas, ¡qué asco! Parecen mocos y gargajos.-observó Carmelo a punto de vomitar.
Lucas estuvo lanzando la navaja a los pececillos que se acercaban para degustar los frutos del mar.
-¿Ámono?-propuso Manolo poniendo cara a la Cruz del Mar.
-Amo.-asintió Lucas.
-¿Qué le ha pasao al Pelma hoy?
-Na, que se ha pinchao un montón de veces con las tragaeritas. Pero en las manos nada más.-dijo tranquilizadoramente Lucas.
-Mira, cuatro mojarras negras y dos sargos burgo.-exhibió Manolo abriendo la talega para que sus hermanos pudiesen admirar su pesca.
Lucas le enseñó su pesquera y la echó a la talega.
Manolo colgó la talega en el cuello de Carmelo para ir más cómodo y para darle el gustazo de llevarlo.
Los pupilos se interesaban por lo que habían pescado. Los más curiosos hasta salían de la sombrilla para mirar, y Carmelo abría la talega con orgullo para enseñar los trofeos.
-Mira, estos son los pescaos grandes y estas de colorines, las putitas. Y esto es un sapito de carne valiente. Comen mocos verdes.-explicaba Carmelo cogiéndolos por la cola.
Carmelo subió la escalera de la Cruz del Mar más inflado que la bajó.

viernes, 22 de octubre de 2010

PUTITAS Y SAPITOS DE CARNE VALIENTE



Lucas casi había terminado de dar forma a los dos tiraillos* que logró sacar de uno de los trozos de corcho que encontró entre las piedras de Las Canteras. Los labró primorosamente con una navaja nueva, imitando al más bonito de cuantos lucían en la tienda de Cesáreo. La navaja, como todas las anteriores, la había comprado a Manolo Ferreira, en El Colmado de toda la vida. Llevaba días echándole el ojo de tal manera que casi la sacaba de tanto mirarla a través del cristal de la mesita expositora. No era la primera navaja que compraba. Ni mucho menos. Tampoco sería la primera que su padre le tirase al pozo. Ni la última.
A ésta le tenía un aprecio especial. Le llevó mucho tiempo juntar el dinero y la dio por perdida al poco de comprarla, casi sin haberla usado. Se alegró mucho cuando la descubrió en manos de su hermano y le dolía ver cómo la usaba para levantar adoquines. Sabía que le costaría caro recuperarla, pero la volvía a tener a la vista.
Tuvo que ceder el mejor de sus corchos  y labrar el casco de un velero para poder decir que la navaja volvía a ser suya. Lo hizo sin rechistar. Después labró los tiraillos hasta que su padre le vio la navaja y se la tiró al pozo, sin mediar palabra, con un gesto automático.
Le entró una risita floja mezclada con un intento de llanto, pero lo aceptó.
Ya tenía pensado lo que haría para recuperarla.

-Pelma, ven conmigo a comprar tanza y anzuelos que a la tarde vamos a ir a pescar.-dijo Lucas a Camelo, como si la navaja nunca hubiese existido.
Carmelo no podía oponerse. Ni quería. Salir a la calle siempre caía bien.
Manolo se sumó. Sabía que su padre iba a soltar la mosca.
-Yo también tengo que comprar anzuelos bizcos y plomos. Hoy hay una marea buenecita y voy a ver si pesco unos sarguitos en la punta del corral.-dijo Manolo mirando a su padre.
-Tened cuidado con el niño no se vaya a clavar un anzuelo.-les dijo.
-¿En un ojo?- ironizó Carmelo.
-Tú riéte.-le recriminó su padre.
Y le dio una moneda a cada uno.
Cesáreo tenía de casi todos los tipos y tamaños de anzuelos, menos tragaeritas* bizcas, que se le habían terminado. Le compraron una tachuelita, un plomo, tres anzuelos bizcos “pamojarras”*, una braza de tanza fina para aparejos y cuatro brazas de tanza para la caña de Manolo.
Las tragaeritas fueron a comprarlas a Ceballos, que las tenía bizcas y pequeñísimas, como las quería Lucas. Compró “un puñao”* que le envolvió Julio en un papel de fumar. Le dio apuro de comprar aquella miseria y pidió otra corchuela pequeña. Pagó con el dinero de Carmelo y regresaron a casa para comer y montar los aparejos en los tiraíllos de corcho y en la caña que Manolo había hecho el día anterior.
Lucas recuperó la navaja en cuanto su padre se echó a la siesta. Estaba empatando anzuelos con Manolo y lo aplazaron para la pesca en agua dulce. Con la soga atada por debajo de los brazos se metió en el pozo y descendió agarrándose a las piedras de la caja, hasta que puso los pies en el suelo. El agua le llegaba a la cintura. Cogió su preciada navaja de piñón con las cachas de nácar y la guardó en un bolsillo. No buscó ninguna otra navaja y comenzó a subir mientras Manolo y Carmelo mantenían la soga tersa con gran esfuerzo. Volvieron a atar el cubo a la soga y siguieron empatando tragaeritas. Lucas se duchó y se puso el bañador seco para llevar el pantalón a la azotea. Lo exprimió y no sabía dónde esconder la navaja.
A las cinco ya estaba todo preparado. Lucas bajó de la azotea con el bañador en la mano y el pantalón encasquetado. Aún estaba húmedo, pero calentito del solano.
-Mamá, nos vamos palamarea*-dijo Lucas abriendo el portón.
-¿Palamarea paqué?*-preguntó su madre desde dentro.
-Para coger sapitos de carne valiente-respondió Lucas ufano, palpándose el bolsillo.
-Y putitas.-añadió Carmelo.
-No te vayas a mojar y ten cuidado con tu hermano, no se vaya a clavar un anzuelo en un ojo-dijo su madre-.Manolito, ten cuidado con esos dos y no te vayas muy lejos-añadió.
Dieron un portazo y se fueron para el corral de Ramoncito de la Bastida.
Putita

viernes, 15 de octubre de 2010

BOMBARDEO EN EL TRAPITO

Óleo de Juan Pedro Viruez


Manolo no atinaba a quitarse de encima al cromo.  Su madre se lo había dejado de pegote  y lo único que tenía claro era que se le iba a escojonciar* por la pared del corral, como en otras ocasiones.  Los corrales estaban a medios y los caños soltaban agua como torrentes salvajes. Invitó a su hermanillo a subir a hombros y se levantó la camiseta por encima del pecho, para no mojarse. El agua evacuaba con prisa, como si se le estuviese haciendo tarde para llegar a alguna cita. Las mareas siempre son puntuales.
Las olas aún golpeaban con fuerza en el muro y salpicaban de forma traicionera cuando el poniente las rompía estrellándolas en el ángulo de la rebalaera* grande.
Carmelo seguía con la mirada una pared de verdín infestada de piojos de la mar y salpicada de  zapaterillos timoratos cuando se le heló el cuerpo con un latigazo gélido que le corrió como un calambrazo de la cabeza a los riñones. Un oleón* los pilló de pleno por la retaguardia y puso pingando caballo y caballero. Manolo se estiraba como un caballo de Domeq, para que el agua en torrentera no le mojase otra vez el pantalón ya empapado. Y salió dando saltitos de puntillas con el agua a los tobillos.
Exprimió las dos camisetas y las puso a secar enganchadas en el alambre que usaban  las monjas para colgar el búcaro. Dejó al pelmazo de su hermano al cuidado del tendido y subió a grandes zancadas el bardo para volver al poco con un trozo de caña en una mano y una botella de cerveza en la otra. Rompió la botella sobre uno de los postes del sombrajo y se quedó con el gollete en la mano, como si fuese a iniciar una pelea callejera. Afinó la caña estrenando el puñal de cristal ante la atenta mirada de Carmelo.


Manolo miraba para el Trapito más que para la caña y se hizo un cortecillo en el dedo índice de la mano izquierda. Se llevó el dedo a la boca antes de que le saliese la primera gota de sangre y se levantó lanzando el gollete contra el muro.
-Esto ya está.
Cogió la caña y las dos camisetas con una mano y avanzó decidido hacia el corral, con la otra de chupete.
-Vente, que me vas a ayudar.
Cavó un hoyo en la orilla y le dijo al cromo que fuese echando en él coñetas y zapateros por si se quedaba sin carná.
-Tú te quedas por aquí hasta que yo vuelva. Los niños de las monjas bajarán dentro de un rato. Que te ayuden  o que te presten un cubo. No te vayas para casa que me tienes que ayudar a llevarnos los cangrejos. ¿Vale? Te estaré viendo desde allí lejos.
Y puso rumbo a la pared del corral. Caminó sobre ella hasta llegar a la punta y se echó abajo, desapareciendo de la vista de Carmelo. La bajamar ya estaba casi tocando su punto más bajo. Al poco lo volvió a ver por detrás del corral, avanzando hacia el horizonte. Y se sintió más tranquilo.
En poco tiempo ya tenía un par de docenas de coñetitas en el hoyo. Las cogía por la orilla del corral, de pared a pared. Carmelo disfrutaba con varias en la misma mano, de todos los tamaños. La mayoría, pequeñas.
En ello estaba cuando vio a Agustín haciendo bolas de fango y tirándolas al centro de una de las lagunas más profundas del corral.
-¡ BUUUUMMMMM ¡¡ BOINNNNNCHCHCH!- Exclamó el bombardero Agustín recreándose en el salpicón vertical de la bomba que acababa de lanzar al centro del charco.
Carmelo se acercó al centro de operaciones y le preguntó si podía jugar.
El bombardero le dijo que sí, que rebañara el fango de las piedras y que hiciera una bola gorda.
La costra de limo sobre las lajas del Trapito se amasaba aquella mañana con facilidad.
Pronto tuvieron un arsenal de bombas alineadas en el piélago para lanzarlas sobre el enemigo camuflado en las profundidades marinas. ¡Si hubiesen tenido una gorra ¡
-¡¡ÑIIIIIIOOOOOOOOOOOOOOOOO!!- La pareja de bombarderos despegó con las bodegas repletas de bombas hacia el objetivo.
Las bolas más gordas hacían un sonido espectacular al entrar en el agua, especialmente si se lanzaban bien altas para que cayesen a plomo. Luego estaba la onda expansiva, que alteraba el ritmo del oleaje en la laguna. Carmelo y Agustín se quedaron embobados mirando las olitas circulares que iban desde el punto de impacto hasta todos los recovecos de los piélagos que rodeaban la laguna. Tras el último lanzamiento dejaron el mundo fascinante de la aviación de combate para alistarse en el cuerpo de zapadores.
Carmelo se cansó de hacer bombas y empezó a taponar con fango los hilillos de agua corriente por los que se desangraban tanto la laguna grande como otras más pequeñitas.
Agustín se hizo zapador sin mediar palabra. Había faena de sobra para los dos.

Cangrejo zapatero macho
Un zapatero con un buen paquete de huevas llamó la atención de Carmelo en una lagunita . Lo cogió con un movimiento rápido y lo sacó tras darle un enjuague para quitarle la arena.
Agustín vio con los ojos desorbitados cómo Carmelo le arrancaba las huevas de un mordisco y devolvía el cangrejo al agua.
-¡¡ keka !!- exclamó Agustín separando los brazos al tiempo que flexionaba las rodillas con una expresión de jíbaro sanguinario.

Carmelo imitó el gesto y lo acompañó con el mismo grito de guerra.
-¡¡ keka !! ¡¡ keka !!
-¡¡ keka!! ¡¡ keka !! ¡¡ Akeka !!
Y se dieron un festín de huevas de cangrejillos y de camarones vivos; dando saltos y riendo a carcajadas.


Cangrejo, de Alfredo Zarazaga

Las coñetillas caían enteras, con huevas o sin ellas, al igual que los camarones. De los zapateros sólo aprovechaban las huevas, pues el cuerpo y las patas tenían un sabor amargo, como el abdomen de los cigarrones gordos.
Les subió la marea sorprendiéndolos en el frenesí del banquete; en plena mariscada.

Camarón, de Alfredo Zarazaga Jurado
Manolo llegó con las dos camisetas atadas, henchidas de cangrejos de pelos.
-Pelma, date un enjuague y vámonos. ¿has cogido muchos cangrejos?
-Se han escapado todos.
Los dos guerreros rompieron a reír.

(Dedicado a mi amigo Agustín, a quien otros llaman Tony)

lunes, 11 de octubre de 2010

ESPERANDO DEBAJO DE UN RESTAURANTE

Pepe estuvo de murciélago desde antes de que descoronillaran* los corrales hasta que bajó la marea. Cambiaba de posición haciendo aspavientos con los brazos y elevando el tono de su voz para que todos reparasen en su gesta.
-¡Que me caigo, que me caigo!, ¡ayudalme!- gritaba cada vez que decidía cambiar de posición.
Los más pequeños alucinaban viendo cómo pendía cabeza abajo, sujeto al palo sólo con los dedos de los pies. Le faltaban dos cuartas para tocar la arena con las manos. Era poni, pero recio. Permanecía así hasta que flexionaba el cuerpo para  agarrarse al palo descortezado y bruñido. Entonces soltaba los pies y se elevaba a pulso introduciendo las piernas entre los brazos hasta que se sujetaba de nuevo al palo con las corvas; soltaba las manos y volvía a una postura de murciélago más recogida que la anterior y bastante menos espectacular.
Guillermo y los dos manolos hacían un correpalos*.  Miraban de reojo al murciélago cuando gritaba, deseando que hubiese tocado el suelo y fracasara en su empresa.
-¡Socorro! ¡Billelmo, que me caigo!
Y no cayó sino que cambió de tercio para descansar.
Los dos manolos avanzaban por los palos exteriores como dos orangutanes sin rabo. Habían empezado  al pie de la escalera levadiza y volvían al mismo punto sin apenas descansar. Les costó resistirse a la tentación de apoyar los pies sobre el poyete que reforzaba los bajos de la resbaladiza pared del castillo, ya en el último tramo de su rodeo al palafito. Descansaron un poco mirándose las ampollas de las manos y  volvieron a dar otra vuelta después de alternar sus posiciones y de haberse escupido en las ampollas dos o tres veces. Tener las manos empedradas  de callos tenía un plus. Y arrancarse con los dientes los pellejos de las ampollas reventadas imponía respeto; especialmente, si se escupían contra los gruesos palos verticales que sostenían la estructura sobre la que se montaba el restaurante del castillo.
Un certero escupitajo con pellejos de tu propia mano estampado sobre un palo te habilitaba, como mínimo, para escoger como capitán uno de los equipos del partidillo de fútbol sobre la arena. La capitanía solía durar poco. Unas veces se perdía antes de terminar de escoger equipo; otras, se perdía al primer fallo o por falta de agresividad en el juego.  El capitán  terminaba de portero, sin galones y con las manos peladas. Toda una humillación para un guerrero.
Aquel sábado no se jugaría al fútbol porque había una buena marea de chocos.

Luis vigilaba el ceroncillo de esparto  con las fijas*, los francajos* y los cuchillos de marea de sus hermanos y de su primo Antonio. No le gustaba hacer el mono en los palos . Tampoco era muy amante de ir a la marea*.
Estuvo  jugando con Carmelo a enterrar los pies en la orilla. Un juego muy simple que terminó poco después de que el agua dejase de llegarles a los tobillos. Luis se quedó velando armas y Carmelo se unió a su hermano, que se entretenía con  Antonio en una distracción más atractiva.
-Kiyo, kiyo, que me mato.-Pepe volvió a llamar la atención cambiando de postura. Nadie miró.
Lucas trazó un choco sobre la arena con la punta del cuchillo de marea. Se esmeró en los detalles, describiéndolos al tiempo que los dibujaba. La cabeza de ojos grandes y saltones. Los rejos menores y  los dos más largos ondulados como látigos. La gallineta. El cuerpo con la puntita de la concha asomando como el cuello de una camisa. Las aletas laterales ondulantes como una medusa… Y Antonio le clavó la fija justo en el centro. Lucas se unió al festín de golpes de cuchillo y  estocadas con el tridente de la fija hasta que el choco se desdibujó en la arena.
-No importa. Da igual. Ahora dibujo una jibia*.- dijo Lucas elevando y encogiendo los hombros a ritmo de  carcajada.


Óleo de Alejandro Montalbán

Y fue dibujando jibias, chocos, agujas y capitanes que desaparecían en la arena antes de que se les presentase  alguna oportunidad de huida.
Carmelo  se unió a ellos pero fue ignorado.
-Tú te quedas con  Luis cogiendo coñetas*  y zapateros*. Cuando venga subiendo la marea los utilizaremos de carná* para coger cangrejos de pelos.- Le ordenó su hermano Manolo
No era la primera vez que Carmelo tenía que contentarse con semejante tarea. Era algo denigrante. De manera que se hizo a la idea de aprovechar lo que quedaba de tarde. Lo pensó rápido. Cogería un puñado de coñetas en la arena, que era mucho más fácil que atrapar zapateros en la pared del corral. Lo haría rápido para tener tiempo de sobra para comerse unos camarones vivos.
-Kiyo, ¿dónde está  Guillermo?- preguntó  el segundo de los manolos.
-¡Billelmo!- Gritó  Pepe. Soltó los pies para caer sobre la arena . Apoyó las manos para dar la vuelta del pino y se puso de pie.
-Voy. Estoy aquí arriba.- Contestó Guillermo desde  el interior del castillo.
Sabía que había hecho gracia y se exploró sobreactuando.Salió subiéndose los pantalones y bajó como los orangutanes de Gabón; o como las golondrinas cogen el fango, que es igual pero no es lo mismo. Ya en el suelo dio un trotecillo cochinero y se tiró al agua para asearse.
Los clínex eran cosa de americanos y ya era plena primavera.
Lucas trazó un par de docenas de chocos antes de dar por terminado el entrenamiento . La teoría había terminado. Los apuntes sobre la arena durarían poco más que los palos.
-Maricón el último a la rebalaera*.- dijo alguien.
Y todos galoparon hacia el corral de Ramoncito.
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